Madre Teresa de Calcuta: la mística que marcó a la humanidad

Un 5 de septiembre de 1997, a las 17:00 hora de la India y con 87 años, se apagó la existencia de una mujer que no necesitó una gran estatura para agrandarse ante el mundo. Con poco más de un metro cuarenta, la espalda encorvada por el sufrimiento ajeno y las manos endurecidas de tanto tocar heridas, aquella figura menuda caminó por los callejones más indignos de la India y terminó modificando para siempre la noción de la caridad cristiana.

Una vocación nacida en el dolor y la fe

Su nombre secular fue Agnes Gonxha Bojaxhiu. Llegó al mundo el 26 de agosto de 1910 en Uskub, ciudad que hoy se llama Skopie, en Macedonia del Norte, y que entonces formaba parte del Imperio Otomano. Creció en una familia albanesa, católica y acomodada, vinculada al negocio de la construcción. Su padre, Nikollë, de intensa participación cívica, murió de forma repentina cuando la pequeña Agnes tenía nueve años, lo que hundió a la familia en una etapa de dificultades económicas. Su madre, Dranafile, con una fe inquebrantable, le enseñó que la mesa del hogar debía permanecer abierta para los desamparados.

A los doce años, durante sus visitas al santuario de la Virgen del Buen Consejo en Letnice, sintió por primera vez la vocación religiosa. Las cartas de los jesuitas sobre las misiones en Bengala, leídas en la parroquia, encendieron en ella una llama misionera que no se apagaría jamás. A los dieciocho años dejó su casa con la certeza de que nunca volvería a ver a su familia. Viajó a Irlanda, ingresó a las Hermanas de Loreto y adoptó el nombre de Teresa en honor a Santa Teresa de Lisieux, la joven carmelita patrona de las misiones.

Poco después llegó a Calcuta, la inmensa ciudad donde la opulencia victoriana convivía con la miseria de las castas más vulnerables. Allí trabajó en el colegio Saint Mary, un centro educativo para niñas de familias adineradas, donde dictó clases de geografía e historia durante casi veinte años y llegó a ser directora. Durante ese tiempo, la vida en el convento parecía tranquila, pero algo se estaba gestando en su interior.

Su nombre secular era Agnes Gonxha Bojaxhiu, y había nacido el 26 de agosto de 1910 en Uskub, un enclave de la actual Skopie, en Macedonia del Norte, que por aquel entonces formaba parte de las postrimerías del convulso Imperio Otomano

La llamada dentro de la llamada

El 10 de septiembre de 1946, mientras viajaba en tren hacia Darjeeling para sus ejercicios espirituales anuales, la hermana Teresa vivió una experiencia mística que luego definiría como “llamada dentro de la llamada”. En un vagón de tercera clase, con calor sofocante y pasajeros descalzos, escuchó en su interior la súplica de Cristo en la cruz:

“Tengo sed”

No se trataba de agua material, sino de la sed de amor por los más abandonados, esos que morían como desechos en la vía pública.

La orden fue clara: abandonar la seguridad del claustro, dejar el hábito tradicional y meterse en los tugurios para servir a Dios en los pobres, los enfermos y los moribundos. Con la autorización del Papa Pío XII, en 1948 vistió por primera vez un sari blanco de algodón con tres franjas azules en el borde y salió a las calles con cinco rupias. Fundó una escuela al aire libre para niños pobres y empezó a visitar a los enfermos. En 1950, la Santa Sede aprobó la congregación de las Misioneras de la Caridad, y poco después se estableció el célebre refugio Nirmal Hriday para acoger a quienes agonizaban en el abandono.

Una anécdota de diciembre de 1964 refleja su desprecio por el protocolo. Durante la visita del papa Pablo VI a la India, se organizó una recepción oficial. Mientras la comitiva papal avanzaba, la Madre Teresa estaba arrodillada en un oscuro callejón limpiando las llagas infectadas de un hombre moribundo. Al preguntarle por qué no había ido a saludar al pontífice, respondió que Cristo la necesitaba más en aquel indigente. El papa, conmovido, le regaló el automóvil Lincoln Continental que le habían obsequiado. Ella lo rifó para financiar una colonia para enfermos de lepra.

La congregación creció hasta llegar a los cinco continentes, con casas para enfermos de SIDA, huérfanos y víctimas de catástrofes. En 1979, el Comité Noruego le concedió el Premio Nobel de la Paz. Fiel a su rechazo de las vanidades, suspendió el banquete de gala y pidió que los fondos se destinaran a alimentar a miles de hambrientos. Al recibir la medalla, denunció el egoísmo de las sociedades opulentas, calificó el aborto como la mayor amenaza para la paz mundial y aseguró que el amor verdadero empieza en el hogar cada día.

El 10 de septiembre de 1946, mientras viajaba en tren hacia Darjeeling, vivió una experiencia mística: un mandato divino que la instaba a abandonar la seguridad del claustro y sumergirse en los tugurios para servir a Dios en la persona de los desheredados, enfermos y moribundos (AFP)

  • 1948: comienza su trabajo en las calles de Calcuta.
  • 1950: se aprueban las Misioneras de la Caridad.
  • 1979: recibe el Premio Nobel de la Paz.
  • 2003: es beatificada por Juan Pablo II.
  • 2016: el papa Francisco la canoniza en la Plaza de San Pedro.

Argentina, amistades y el futuro papa Francisco

Argentina también recibió su huella. En septiembre de 1979, invitada oficialmente, la Madre Teresa pisó por primera vez suelo argentino. Visitó la diócesis de Zárate-Campana y promovió las primeras comunidades en San Francisco Solano y en la villa miseria de La Cava, en San Isidro. Años después regresó con su andar cansino pero incansable, conversó con obispos y rezó con los fieles. Quienes la conocieron recordaban su mirada intensa y su espíritu de oración silenciosa.

Su vida estuvo unida a dos figuras emblemáticas. Con Juan Pablo II compartió un mismo celo apostólico; el pontífice la veía como una confidente espiritual. Con la princesa Diana de Gales mantuvo una amistad entrañable y mediática; Diana veía en la monja una guía moral. El destino las unió hasta el final: Diana murió el 31 de agosto de 1997, apenas cinco días antes de que Teresa partiera hacia la eternidad en Calcuta el 5 de septiembre de ese año.

También coincidió con el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio, futuro papa Francisco, en un Sínodo de Obispos en 1994. Bergoglio, sentado a su lado, notó la firmeza con la que la religiosa decía la verdad sin rodeos. Con su característico humor, años después comentó que le habría dado mucho miedo tenerla como superiora por su determinación implacable.

Muerte, beatificación y canonización

La muerte de la Madre Teresa a los 87 años conmocionó al planeta. El Gobierno de la India le ofreció un funeral de Estado con honores militares y su féretro fue transportado en la misma cureña usada para Gandhi y Nehru. Cientos de miles de personas llenaron las calles de Calcuta para despedir a la “Santa de las Alcantarillas”. Juan Pablo II prescindió del plazo de cinco años para su beatificación y la proclamó beata en octubre de 2003 ante más de 300.000 peregrinos. El 4 de septiembre de 2016, el papa Francisco la canonizó como Santa Teresa de Calcuta en la Plaza de San Pedro.

La Madre Teresa murió a los 87 años y el Gobierno de la India le otorgó un funeral de Estado transportando su féretro en la misma cureña utilizada para Gandhi y Nehru. El papa Juan Pablo II la proclamó beata en octubre de 2003 y el 4 de septiembre de 2016 el papa Francisco la canonizó oficialmente como Santa Teresa de Calcuta (AFP)

Un legado que sigue vivo

Hoy, las Misioneras de la Caridad continúan su trabajo en cientos de casas repartidas en más de 130 países, manteniendo el carisma de aquella mujer menuda que desafió la indiferencia del siglo XX con el amor en acción. En sus paredes, junto a los crucifijos de madera, permanecen grabadas las dos palabras que cambiaron la historia de la caridad: “Tengo sed”.

Ese clamor nacido en el tren a Darjeeling sigue inspirando a personas de todas las culturas a servir a los desamparados. Santa Teresa de Calcuta enseñó a ver a Cristo en el sufrimiento ajeno y a transformar el dolor en dignidad. Su testimonio de fe, humildad y entrega permanece como un faro frente a la indiferencia.

En una época que mide el éxito por el poder y las riquezas, esta pequeña religiosa albanesa dejó claro que la verdadera gloria está en el amor sin cálculos. Su luz sigue guiando a quienes buscan un mundo más humano, solidario y fraterno.

Fuente: Infobae

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