Corría el año 2009 cuando Leonel Videtta y Matías Pulido se conocieron en una reunión de teatro. En aquella época, las redes sociales recién despertaban: Facebook comenzaba a popularizarse y el MSN Messenger era el canal de comunicación por excelencia. Matías recuerda que Leo estaba con un esguince en el pie, y él, con un toque de humor, se hizo el médico para acercarse. Esa simple estrategia conquistó a Leo, quien lo agregó en Facebook y luego lo llamó al teléfono fijo. “¡Qué viejo!”, bromea hoy Leo sobre aquellos métodos.
La relación fue tomando forma poco a poco. Matías confiesa que ya lo “venía fichando” y que Leo lo hizo “remar un poco”. Durante un mes se conocieron, yendo al cine y cuidando los mensajes para no pasarse del límite de caracteres. Leo, que siempre había querido formar una familia, todavía no había revelado su orientación sexual a su familia. “En ese entonces, imagínate, no había matrimonio igualitario… era otro momento de la sociedad argentina”, explica. Finalmente, se animó a contarle a su madre mediante un correo electrónico con letra invisible: “Ma, si querés saber la verdad tenés que subrayar todo”. Ella lo hizo.
Tras doce años de noviazgo y varios de convivencia, la pareja sintió que era momento de formalizar su unión. Se casaron en 2021. “Al año y medio nos fuimos a convivir y ahí empezó la aventura también de ir superando un montón de cosas”, señala Matías. La idea de tener hijos comenzó a rondar en 2019 o 2020, en plena pandemia. Leo siempre tuvo más presente ese deseo, pero ambos sabían que debían trabajar en su propia aceptación. “¿Cómo puedo criar a una persona si todavía no estoy orgulloso de mí?”, reflexiona Matías sobre lo que Leo le decía. Ese proceso de autoconocimiento y superación de prejuicios fue clave para sentirse seguros.

Al principio, la adopción parecía el camino lógico. Sin embargo, se toparon con una realidad donde el prejuicio hacia las parejas homosexuales aún persiste, y con la incertidumbre de esperar años sin certezas. Fue entonces cuando decidieron explorar la gestación solidaria. Leo investigó y encontró un grupo llamado “Gestación Solidaria en Argentina” y a dos padres hablando en televisión. “¿Por qué no? ¿Por qué no empezar a ver qué existe en Argentina?”, se preguntaron. Descubrieron que existía un decreto en la Ciudad de Buenos Aires que permitía la gestación solidaria con personas del vínculo afectivo. Para ellos, era fundamental que la gestante fuera alguien cercano.
Matías confiesa que al principio la adopción le generaba dudas por los tiempos y el desgaste, mientras que la subrogación de vientre solidario, hecha con alguien del círculo íntimo, les resultaba más viable. Así que comenzaron a abrir su corazón con amigos y familiares. La respuesta fue abrumadora: encontraron una red de contención inmediata. Una amiga, Ceci, armó un grupo de WhatsApp llamado “pancita” y les dijo: “Chicos, yo quiero ser la gestante de su hijo o su hija”. Luego añadió: “Yo quiero ser la panza, quiero llevar a su hijito adentro de mi panza. Ustedes son mi familia”. Sin embargo, a Ceci le salió mal un estudio dentro de los protocolos y la pareja decidió no arriesgar la salud de nadie. El decreto de CABA establece que “le da el apellido a quienes tienen intención de ser papá y mamá”, explican.
Matías reflexiona que si Ceci no lo hubiera propuesto, quizás ellos no se lo habrían pedido, porque estaban perdidos. “Cuéntenlo en el círculo más íntimo que tengan, porque siempre hay alguien dispuesto por un acto de amor y los va a sorprender”, era el consejo que habían recibido.

El proyecto se detuvo temporalmente, pero el deseo de ser padres seguía latente. Entonces, durante la pandemia, Bárbara, la hermana de Matías, los sorprendió con una videollamada. “Chicos, ¿ustedes todavía quieren ser papás? ¿Están en ese proceso?”, preguntó. Y luego soltó: “Si ustedes quieren, a mí me encantaría”. Matías recuerda que su hermana y él no son muy expresivos, y que ella lo llamara era algo inusual. “Que ella me llamara particularmente era algo que no sucedía siempre”, dice. Estaban en la cama mirando televisión cuando recibieron la “noticia bomba”. A partir de ahí, comenzaron a evacuar dudas, porque mucha gente se preguntaba cómo sería que la hermana gestara al hijo.
El ofrecimiento de Bárbara marcó el inicio de nueve meses de cuidado y contención. Durante todo el embarazo, los límites estuvieron claros. Leo enfatiza: “Ella no iba a ningún proceso sola, no iba a ningún estudio sola”. Los resultados de los estudios llegaban a la pareja; Bárbara no los abría. Incluso cuando en los centros de salud no dejaban pasar a dos personas, ella insistía: “Tienen que pasar los papás, no yo”. Matías agrega que su hermana “nos dio la seguridad también que nosotros necesitábamos”, sobre todo ante los “fantasmas” que pueden aparecer al ver crecer la pancita. “Ella siempre estuvo segurísima de lo que estaba haciendo, de que era un acto de amor para nosotros y de la voluntad procreacional, que ella no la tenía”, destaca.
Cuando llegó el resultado positivo del embarazo, Leo sintió que “se me despertaron todos los miedos que pueden existir en el mundo”. Desde la tos hasta la fiebre, todo se convertía en una preocupación. “Es un proceso que hay que trabajar para preocuparse, pero más que nada ocuparse”, dice entre risas.
La pareja también enfrentó desafíos institucionales. Leo reflexiona sobre los prejuicios sociales que asocian el instinto maternal solo a las mujeres. “Te regalan hasta el bolso maternal; vas al jardín, el jardín maternal; el plan de nuestra obra social, el plan maternal, que es hermoso pero no nos incluye”. Se dieron cuenta de que “faltaba un montón todavía”.
Hoy, Bastián ya está escolarizado. “Es totalmente integrado como cualquier otro niño”, dice Matías con orgullo. La pareja se lleva bien con todas las familias del jardín. “A veces es por desconocimiento de la sociedad, a veces es por ciertos comentarios malintencionados”, señala. Quieren proteger a su hijo, pero también saben que debe enfrentar el mundo. Por eso, le cuentan todo sobre su historia. Cuando le preguntan dónde estuvo, Bastián responde: “En la panza de la madrina Bárbara”.

Matías explica que muchos de los miedos son propios. Bastián tiene una mejor amiga con dos mamás, y ellos como familia diversa se aseguran de que conozca “todos los tipos de familia: de dos mamás, dos papás, de mamá y papá, de abuelo, de tía”. Incluso juegan con los juguetes representando diferentes configuraciones familiares. “Jugamos un montón con eso porque él tiene que saber los diferentes tipos de familia que existen”, afirma Leo.
Para cerrar, la pareja hace un balance optimista. Matías cree que hay avances en la sociedad, pero que “cuando uno logra esos avances es porque alguien visibiliza”. Ellos visibilizan con gusto, y reciben mensajes de otras familias que los alientan a seguir adelante. “La única manera es: ‘Hola, acá estoy’, porque si no se ve, no se conoce, y si no se conoce, no existe”.
Leo comparte una anécdota reciente: en un hotel, cuando pidieron la habitación, el recepcionista les dijo que colocaría la cuna para el bebé en su habitación, pero miró a la pareja heterosexual que estaba con ellos, asumiendo que el niño era de ellos. “Entendemos que sigue el cambio y que hay que seguir avanzando”, dice Leo, sin rencor, pero con la certeza de que falta trabajo.
Finalmente, Matías concluye: “Que las familias diversas existimos, estamos, trabajamos, tenemos las mismas falencias, los mismos errores y los mismos aciertos que cualquier otro tipo de familia y que Basti es un niño feliz y que no le falta nada”. Y añade: “Él es completamente feliz y lo amamos”.
Fuente: Infobae