La pugna tecnológica entre Estados Unidos y China tiene como epicentro los chips de última generación, piezas fundamentales para entrenar modelos de inteligencia artificial, gestionar centros de datos y mantener en pie la economía digital. Este enfrentamiento adquiere una dimensión geopolítica clave debido al rol de Taiwán, donde se produce la mayor parte de los aceleradores de inteligencia artificial más avanzados. Mientras Washington endurece las restricciones para que Pekín no acceda a tecnología sensible, el gigante asiático destina miles de millones de dólares a construir su propia cadena de semiconductores y reducir la dependencia de proveedores occidentales.
En una entrevista concedida a The Washington Post, el historiador Chris Miller, autor de “La guerra de los chips”, afirmó que China sigue necesitando en gran medida tecnología diseñada y fabricada en Estados Unidos, Europa, Taiwán, Corea del Sur y otras naciones aliadas. Para Miller, la posición de salida favorece a Washington, aunque las restricciones a la exportación y el avance industrial chino mantienen la competencia abierta.

La inteligencia artificial elevó el valor estratégico de los chips
El auge de la inteligencia artificial transformó el mercado de semiconductores. Entrenar y ejecutar modelos avanzados exige enormes capacidades de cómputo, con chips especializados que procesan datos a gran velocidad. Nvidia domina gran parte de ese segmento, mientras que empresas como Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), Samsung e Intel compiten por fabricar componentes cada vez más complejos.
China lleva más de una década invirtiendo recursos públicos y privados para fortalecer su industria local. Compañías como Huawei y Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC) son parte de esa estrategia. El objetivo es diseñar procesadores, fabricar chips y desarrollar maquinaria propia para reducir la exposición a controles externos.
Pese a esos esfuerzos, Miller considera que la producción china de chips de alta gama todavía enfrenta obstáculos para escalar. SMIC ha logrado algunos avances, pero no alcanza la capacidad tecnológica ni el volumen de TSMC en los procesos más avanzados. La fabricación de semiconductores no depende solo del dinero: requiere materiales, herramientas, patentes, técnicos especializados y años de pruebas.

Los controles de exportación tienen vacíos
Estados Unidos impuso restricciones a la venta de chips y equipos avanzados a empresas chinas. La medida busca impedir que Pekín acceda a hardware útil para aplicaciones militares o para entrenar sistemas de inteligencia artificial a gran escala.
El efecto de esas normas genera debate. Algunas voces de la industria, entre ellas Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia, sostienen que cerrar el mercado chino puede acelerar la creación de alternativas locales. Miller matiza esa visión: el Gobierno chino ya defendía la autosuficiencia tecnológica antes de los controles estadounidenses.
El problema está en la aplicación de las restricciones. Reportes sobre contrabando de chips y uso de servicios de computación en la nube fuera de China revelan que algunas empresas aún pueden acceder a tecnología estadounidense. Un control que no se aplica de forma efectiva reduce su impacto y crea ventajas para intermediarios y redes informales.
La fabricación de chips depende de máquinas de litografía, capaces de grabar patrones microscópicos sobre obleas de silicio. La empresa neerlandesa ASML domina las herramientas más avanzadas del mercado, en especial las de litografía ultravioleta extrema.

China trabaja en máquinas propias de litografía DUV, una tecnología anterior pero todavía relevante. El historiador durante la entrevista resaltó que la producción de unas pocas unidades no equivale a dominar una industria que ASML perfeccionó durante décadas.
La dificultad está en llevar esas herramientas a un nivel de rendimiento estable, con bajos márgenes de error y producción masiva. Ese proceso requiere aprendizaje industrial acumulado, proveedores especializados y una cadena internacional que todavía favorece a Occidente y sus aliados.
Taiwán refuerza su defensa mientras protege su autonomía
Taiwán conserva un papel central en la rivalidad tecnológica. Miller calcula que más del 90% de los aceleradores de IA se fabricará en la isla durante 2026, una concentración que convierte a TSMC en un actor decisivo para empresas estadounidenses y para la economía digital global.
La producción empieza a diversificarse. TSMC ya opera una planta en Arizona y prevé ampliar su presencia en Estados Unidos durante la próxima década. Samsung e Intel también reciben pedidos vinculados al auge de la IA. Aun así, la dependencia de Taiwán seguirá vigente durante años.
En paralelo, Taipéi propuso destinar 36.000 millones de dólares taiwaneses, cerca de 1.130 millones de dólares, al programa Strong Bow, una versión mejorada de su defensa aérea capaz de interceptar misiles balísticos tácticos. La iniciativa forma parte de un presupuesto de defensa para 2027 que supera los 35.000 millones de dólares y busca fortalecer la soberanía de la isla frente a la presión militar de China.
La carrera por los chips muestra que la competencia entre Estados Unidos y China no se resolverá con un solo avance industrial ni con una restricción comercial aislada. La capacidad para producir semiconductores avanzados depende de cadenas de suministro extensas, conocimiento técnico y una infraestructura que tarda años en consolidarse.
Fuente: Infobae