Un hombre de 39 años circulaba por una carretera en Alemania cuando atropelló a un corzo. El animal, que previamente había sido golpeado por otro vehículo en sentido contrario, impactó contra el parabrisas del automóvil. El conductor resultó herido por los fragmentos de vidrio y por el propio cuerpo del animal.
Lo más llamativo del caso no fueron los cortes en su rostro, sino la enfermedad que se manifestó una semana después del accidente. El paciente desarrolló fiebre, una lesión alrededor del ojo izquierdo y un bulto en el cuello que fue creciendo progresivamente. Una ecografía mostró inflamación en los ganglios linfáticos, por lo que le recetaron antibióticos, pero la hinchazón empeoró.
Un mes más tarde, el hombre se sometió a nuevas pruebas que revelaron múltiples abscesos en la cara que requirieron drenaje quirúrgico. Al analizar el líquido extraído, el equipo médico identificó la causa: fiebre del conejo, una grave infección bacteriana.

¿Qué es la fiebre del conejo?
La tularemia, conocida como fiebre del conejo, es provocada por la bacteria Francisella tularensis. Afecta principalmente a animales y roedores salvajes, pero los humanos pueden contagiarse por picaduras de garrapatas, tábanos o mosquitos, al inhalar tierra o material vegetal infectado, o por contacto directo de una herida con un animal infectado o su cadáver.
En el caso del alemán, sus heridas se contaminaron con sangre animal, fluidos corporales de órganos eviscerados y tierra, según recoge el equipo médico en la revista The Lancet Infectious Diseases.
De acuerdo con MedlinePlus, la enfermedad es más frecuente en América del Norte y algunas regiones de Europa y Asia. Los síntomas suelen aparecer entre 3 y 5 días después de la exposición e incluyen fiebre, escalofríos, sudoración, dolor de cabeza, dolores musculares y articulares, y lesiones en la piel. En casos de inhalación de material contaminado, puede provocar neumonía.
Diagnóstico, tratamiento y prevención
El diagnóstico de la tularemia se realiza mediante análisis de sangre, cultivos, pruebas de anticuerpos, radiografías de tórax y pruebas de reacción en cadena de la polimerasa (RCP). El tratamiento busca eliminar la infección con antibióticos como estreptomicina, tetraciclina o gentamicina.
Sin tratamiento, la enfermedad puede ser mortal en aproximadamente el 10 % de los casos, mientras que con tratamiento la mortalidad es inferior al 1 %. Entre las complicaciones posibles están la neumonía, meningitis, pericarditis y osteomielitis. Para prevenirla, se recomienda usar guantes al manipular animales salvajes y evitar el contacto con animales enfermos o muertos.
El corzo estaba infectado
Una vez confirmado el diagnóstico, el paciente recibió ciprofloxacina y su estado de salud mejoró rápidamente. A los tres meses del siniestro, los abscesos habían disminuido, aunque aún presentaba una ligera tensión facial.
Los médicos concluyeron que el corzo estaba infectado con la bacteria y que el contacto con su sangre al traspasar el parabrisas fue la vía de contagio. En 2025, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) publicaron un informe alertando sobre el aumento de la incidencia en Estados Unidos. No obstante, sigue siendo una enfermedad poco común: se documentaron menos de 2.500 casos en el país entre 2011 y 2022.
Fuente: Infobae