Louvre burló a Hitler: evacuación secreta de sus tesoros

Durante siglos, el Louvre había sido el destino final de las obras de arte. Sin embargo, en agosto de 1939 ocurrió algo inédito: las salas empezaron a vaciarse, los cuadros fueron descolgados y las esculturas desmontadas o protegidas con sumo cuidado. Las vitrinas quedaron completamente vacías. Los empleados envolvían pinturas, preparaban cajones y anotaban códigos en las cajas. Afuera, una fila de camiones esperaba para cargar un tesoro que debía abandonar París antes de que estallara una guerra que aún no se había declarado.

Entre esas obras se encontraba La Gioconda, el famoso retrato de Leonardo da Vinci que ya era considerado una de las piezas más valiosas del patrimonio francés. El museo no cerraba para siempre, sino que literalmente desaparecía. Quien tomó esa decisión fue un funcionario que comprendió que el Louvre podía convertirse en uno de los objetivos principales del régimen nazi.

Su nombre era Jacques Jaujard. No era pintor, ni escultor, ni militar, sino el director de los Museos Nacionales de Francia. Y entendió antes que muchos que, si Adolf Hitler conquistaba París, las obras maestras corrían un peligro extremo. Por eso, cuando faltaban apenas días para el inicio de la Segunda Guerra Mundial, puso en marcha una de las mayores operaciones de rescate artístico de la historia. El objetivo era simple en teoría y casi imposible en práctica: sacar de la Ciudad Luz las obras más importantes del país antes de que llegaran los alemanes.

El hombre que se adelantó a Hitler

Jaujard había aprendido una lección que otros ignoraban. La guerra moderna no solo destruía ejércitos, sino también ciudades enteras. Y los museos, por más sólidos que parecieran, no eran fortalezas. En 1938, tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, comprendió que el conflicto podía alcanzar Francia. La experiencia de la Guerra Civil Española también demostró que las obras de arte podían quedar atrapadas en los bombardeos.

De hecho, él participó en la protección de las obras del Museo del Prado durante la guerra civil española, una experiencia que le permitió dimensionar la enorme dificultad logística de trasladar un patrimonio artístico en una emergencia. Había que actuar antes, no cuando comenzaran las bombas o los tanques alemanes estuvieran entrando.

La evacuación de la “Venus de Milo” en el Louvre requirió una operación quirúrgica debido a su fragilidad (Foto: Wikipedia)

Durante años se habían elaborado inventarios y estudiado posibles refugios para las colecciones francesas. El plan parecía exagerado mientras Europa aún gozaba de paz. En agosto de 1939 dejó de parecerlo. El 25 de agosto de 1939, el Louvre cerró sus puertas. Oficialmente, por trabajos de reparación. Pero no había tales tareas. Durante tres días y tres noches, empleados del museo, estudiantes de arte y trabajadores de otros establecimientos comenzaron a embalar todo. El movimiento debía realizarse con discreción. No podían anunciar que Francia estaba sacando sus tesoros de París, ni permitir que alguien supiera exactamente qué se trasladaba ni hacia dónde.

Cada pieza era preparada con esmero. Los cuadros se retiraban de sus marcos cuando era posible. Las esculturas, protegidas. Las obras especialmente delicadas requerían procedimientos distintos. Y el tiempo apremiaba: Europa estaba a punto de entrar en guerra.

La Mona Lisa, un paquete secreto

Uno de los mayores desafíos era proteger a La Gioconda. La pintura de Leonardo no podía tratarse como cualquier otra. Fue colocada en una caja especialmente preparada y recibió un sistema de identificación que permitía reconocerla sin escribir su nombre. Tenía tres círculos rojos, una clasificación usada para distinguir las obras de importancia excepcional. Para quienes participaban en el operativo, aquella pintura era simplemente un objeto que debía llegar a su destino.

Salió del Louvre el 28 de agosto de 1939, apenas unos días antes de que Francia y Gran Bretaña declararan la guerra a Alemania, e inició un recorrido que duraría años. La operación fue gigantesca. Durante los primeros días, 203 vehículos transportaron unas 1.862 cajas desde el Louvre hacia distintos refugios. No eran convoyes militares ni blindados que los protegieran. En muchos casos se usaron vehículos civiles requisados. La urgencia obligaba a improvisar.

Había que sacar las obras del museo, cargarlas, trasladarlas por caminos franceses y llevarlas hasta castillos, abadías y otros edificios considerados suficientemente seguros. Uno de los primeros grandes destinos fue el castillo de Chambord, en el valle del Loira. Allí comenzaron a llegar camiones cargados con algunas de las obras más importantes de la historia del arte.

Era una escena casi absurda. Mientras Europa se preparaba para una guerra de dimensiones desconocidas, camiones transportaban pinturas de Leonardo, Géricault, Delacroix y otros grandes maestros. Así, el Louvre se mudaba, pero no a otro museo sino a la clandestinidad.

La obra que casi deja a Versalles sin luz

Uno de los episodios más insólitos de aquella evacuación tuvo como protagonista a La balsa de la Medusa, de Théodore Géricault. El cuadro era enorme. No podía transportarse como una pintura convencional. Fue colocado en un vehículo abierto que solía usarse para trasladar grandes decorados de la Comédie-Française y protegido de manera especial.

La balsa de la Medusa provocó un cortocircuito en Versalles durante su traslado, un incidente que expuso los riesgos logísticos de evacuar el arte del museo francés

Pero el viaje tuvo un imprevisto. Cuando el convoy pasó por Versalles, entró en contacto con un cable del tranvía y provocó un cortocircuito. La electricidad de una parte de la ciudad quedó interrumpida. La operación de salvamento del patrimonio francés acababa de causar, paradójicamente, un pequeño apagón. Pero siguió su camino.

Aquello también sirvió como advertencia. Las rutas debían estudiarse con mayor cuidado. No bastaba con proteger las obras dentro de los vehículos. Había que hacerlo durante todo el recorrido. No todo podía viajar de la misma manera. Algunas piezas podían enrollarse. Pero ciertas esculturas exigían una operación casi quirúrgica. La Victoria de Samotracia, una de las piezas más emblemáticas del Louvre, debía retirarse de su ubicación.

La gran escultura, instalada en lo alto de la monumental escalera Daru, tuvo que ser desmontada y bajada con extrema precaución. El Louvre recuerda aquel traslado como uno de los más complejos. La Venus de Milo también representaba un problema. Su fragilidad obligaba a extremar las precauciones. No se trataba simplemente de levantar una estatua y ponerla en un camión. Cada movimiento podía causar un daño irreversible.

El Louvre comenzó a vaciarse

La magnitud del operativo resulta difícil de imaginar. Más de 4.000 obras maestras fueron evacuadas del museo y trasladadas a distintos puntos de Francia durante la guerra. No existía un único escondite. Habría sido demasiado peligroso. Si los alemanes descubrían un lugar, podían apoderarse de todo. Por eso fueron distribuidas. Algunos lugares estaban cuidadosamente elegidos por su distancia de objetivos militares y por sus condiciones de seguridad.

La Mona Lisa, por ejemplo, pasó por distintos refugios durante la guerra antes de terminar en el castillo de Montal. La estrategia era agotadora, pero funcionó. Y mientras tanto, Hitler avanzaba. El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. Dos días después, Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Alemania. La Segunda Guerra Mundial había comenzado.

En París, sin embargo, la gran operación de evacuación ya estaba en marcha. Los convoyes continuaban saliendo. El personal del museo trabajaba contra reloj. Y nadie podía saber cuánto duraría aquella guerra. El 3 de septiembre, cuando vencía el ultimátum francés a Alemania, salió del Louvre una de las últimas piezas importantes que permanecían allí: la Victoria de Samotracia. El museo que durante generaciones había acumulado algunos de los mayores tesoros de la cultura occidental estaba prácticamente vacío.

En junio de 1940, las tropas alemanas ocuparon París. La imagen que esperaba Hitler era la de un Louvre repleto de obras maestras. Pero cuando los alemanes llegaron, descubrieron que gran parte de aquellas piezas ya no estaba. El museo había sido vaciado antes de que ellos pudieran apoderarse de sus tesoros.

Dos meses después, el conde Franz von Wolff-Metternich, responsable alemán de supervisar las colecciones de arte francesas, llegó a París. Y aunque sabía lo que había ocurrido, no actuó para impedirlo. Así las cosas, Jaujard había ganado una de las batallas más importantes sin disparar un solo tiro. Pero la historia todavía no había terminado. Porque los nazis tenían otro objetivo: no solo querían apoderarse de las obras francesas, sino también localizar y confiscar las colecciones pertenecientes a familias judías perseguidas por el régimen.

Cuando los alemanes ocuparon París en junio de 1940, encontraron un Louvre casi vacío porque más de 4.000 obras ya habían sido dispersadas por Francia (United States National Archives and Records Administration)

Y entonces el Louvre terminaría siendo utilizado también para almacenar obras robadas. La paradoja fue brutal. El museo había logrado proteger sus creaciones. Pero durante la ocupación nazi, algunas salas fueron usadas como depósito de piezas confiscadas a propietarios judíos. El régimen nazi había convertido el robo de arte en una verdadera política de Estado. Algunas serían destinadas a colecciones privadas de jerarcas nazis. Otras terminarían vinculadas al gigantesco proyecto de Hitler de crear un museo en Linz.

La Mona Lisa fue cambiando de escondite. Chambord fue solo el comienzo. Luego pasó por otros puntos, entre ellos Louvigny, la abadía de Loc-Dieu, el museo de Montauban y finalmente Montal. La obra que hoy millones de turistas contemplan detrás de un cristal antibalas pasó durante la guerra de un refugio a otro. Cada traslado era una nueva posibilidad de accidente. Cada camino podía estar bloqueado.

El regreso

Los Monuments, Fine Arts, and Archives program, conocidos popularmente como Monuments Men, fueron creados por los Aliados durante la guerra, especialmente a partir de 1943, para proteger monumentos y obras de arte y, posteriormente, localizar y recuperar patrimonio saqueado por los nazis. Su tarea sería enorme. Cuando los Aliados avanzaron por Europa, encontraron depósitos secretos llenos de pinturas, esculturas y objetos robados. Pero la primera gran batalla ya había sido librada en Francia. Y empezó en el Louvre, antes de que comenzara la guerra.

Cuando París fue liberada en agosto de 1944, las obras todavía estaban dispersas. Habían sobrevivido a la ocupación, a los bombardeos y a los desplazamientos. Pero todavía faltaba regresarlas a la ciudad. La Mona Lisa volvió en junio de 1945. La caja que la protegía fue trasladada en el automóvil particular del conservador René Huyghe, destacado historiador y crítico de arte francés. Pasaron casi seis años desde que salió del museo.

Jacques Jaujard ordenó vaciar el museo en agosto de 1939 para proteger las obras antes de que fuera demasiado tarde (REUTERS/Yara Nardi)

Cuando volvió, Europa era otra. Millones de personas habían muerto y ciudades enteras terminaron destruidas. Alemania estaba derrotada. Y el Louvre podía volver a mostrar sus tesoros. Jacques Jaujard murió en 1967. Durante mucho tiempo, su nombre no tuvo la popularidad de los grandes artistas cuyas obras había protegido. Pero el Louvre lo considera hoy una figura fundamental de su historia.

La razón es sencilla. Él comprendió que, en una guerra, el patrimonio también podía convertirse en una víctima. Y decidió actuar antes de que fuera demasiado tarde. No salvó solamente pinturas, sino esculturas, documentos valiosos, objetos arqueológicos, colecciones enteras. Una parte esencial de la memoria cultural francesa. Su operación fue meticulosa y silenciosa. No hubo discursos ni fotografías heroicas. Sí camiones, inventarios, rutas secretas y cientos de personas trabajando durante noches enteras.

Aquel 29 de agosto de 1939, la evacuación ya estaba en pleno desarrollo. Hitler quería las obras maestras del Louvre. Jaujard se las había quitado de las manos antes de que pudiera tocarlas. Mientras Europa se preparaba para incendiarse, alguien entendió que también había que salvar aquello que una guerra no podía permitirse perder: la memoria de la humanidad.

Fuente: Infobae

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