La escritora y crítica cultural Gabriela Borrelli Azara es una de las grandes divulgadoras de la poesía latinoamericana. Nació en Monte Grande, provincia de Buenos Aires, en 1980 y estudió Letras en la Facultad Nacional de Lomas de Zamora. A lo largo de su carrera condujo programas dedicados a la literatura en Radio Nacional, Radio del Plata, AM 750 y Futurock, y publicó artículos sobre poesía latinoamericana en medios gráficos de Argentina y Uruguay. Su obra incluye poesía, narrativa y ensayo:
- Océano
- Lecturas feministas I y II
- Vidrio
- Hamaca paraguaya
- Cartas a jóvenes poetas
- La pura calma
- Aquí, Argentina
Actualmente forma parte del canal de streaming Gelatina.
La editorial La Libre acaba de lanzar Montevideo 1938, El verano interminable, un ensayo que retoma una pesquisa asombrosa. En sus páginas, Borrelli reconstruye la génesis de un encuentro público poco conocido: en la capital uruguaya coincidieron las tres grandes poetas del Cono Sur de su tiempo, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou, pocos meses antes del suicidio de Alfonsina. Con gracia y talento para desandar la información, la autora guía al lector hacia una época, un evento y una manera de entender el vínculo entre literatura y política. Estas fueron sus principales reflexiones durante la grabación de un episodio del podcast Vidas prestadas.

Un libro pequeño que condensa obsesiones
Durante la charla, Borrelli reconoció que este ensayo funciona como una condensación de todos sus intereses: el feminismo, la poesía, la literatura y la pregunta por lo que la literatura hace en una vida. “Lo leíste mejor que mi psicoanalista”, dijo, y explicó que es su libro más chiquito, pero sus obsesiones están dispersas en todo lo que hace. Mencionó, por ejemplo, que Vidrio tiene otro clima, “más trash”, mientras que Lecturas feministas nació de la militancia y de la idea de que los libros nos unen aunque no nos conozcamos.
Para ella, se trata de la “cofradía de los lectores”, un espacio donde se comparte una emoción con alguien completamente distinto. También vinculó ese sentimiento con el momento político actual: frente a la constante preocupación por lo que piensa o siente el otro, la literatura y sobre todo la poesía ofrecen un camino. Además, el libro condensa su vida en la radio:
“todo empezó buscando archivos con la voz de Alfonsina”.
Durante veinte años, Borrelli se dedicó a buscar audios de escritores, poetas y cantantes. Esa búsqueda la conectó además con Rubén Darío y con aquel célebre verso de “Yo persigo una forma”. La poesía, afirmó, aparece de manera fantasmal en la lengua de una: un verso se queda y vuelve sin aviso.
En ese punto, contó una historia muy personal: Tom Lupo, con quien trabajó durante años y a quien consideró “todo”, sufrió un accidente automovilístico que le dejó un derrame cerebral. Con los problemas del habla que le quedaron, a veces soltaba un verso en medio de una conversación y seguía hablando. “Buscar no es un verbo, no indica acción”, repetía, y era Pizarnik. Esa imagen le sirve como metáfora de leer y escribir:
“Una no piensa que va a citar, pero de alguna manera es una cita constante”.

La conversación siguió por el lugar de la poesía en la narrativa. Borrelli señaló que el poema tiene la capacidad de impregnarse y quedarse pegado, y puso como ejemplo a Selva Almada, autora de Una casa sola y gran lectora de Estela Figueroa, una poeta que a ella también le gusta. En la obra de Almada, dice, hay algo “totalmente contaminado” por la poesía, igual que en la de Cabezón Cámara. También se detuvo en Amada Lesbia, la novela de Elvira Orphée rescatada por una editorial nueva, y la definió como “un poema que no termina”:
“Es como si Elvira Orphée estuviera tomada por un poema”.
La novela, dedicada a Catulo, le sirve en su taller para mostrar las diferentes formas que puede tomar el poema. Borrelli recordó que Osvaldo Lamborghini solía decir que “la forma de poema es una desgracia pasajera”, y aclaró que la frase pertenece a Osvaldo y no a Leónidas. Esa movilidad entre géneros es algo que le resulta cómodo.
El hallazgo de Elsa Tabernig
Al volver a Montevideo 1938, la autora contó que en el libro hay una escena previa en Colonia. Allí, Alfonsina Storni se entera de que Gabriela Mistral está en Montevideo y de que iba a estar acompañada por Juana de Ibarbourou, que oficiaba de anfitriona. En ese tramo aparece un personaje que Borrelli confesó que le fascina: la profesora Elsa Tabernig.

Elsa Tabernig de Pucciarelli —cuyo esposo era el filósofo Eugenio Pucciarelli— dejó un texto revelador. Borrelli sabía del encuentro por crónicas que mencionaban al Ministerio de Educación de Uruguay como organizador, pero fue Tabernig la que aportó el costado más íntimo. La reunión consistió en una serie de conferencias en el Instituto Acevedo, dependiente del Ministerio de Educación uruguayo, el 27 de enero de 1938. Era una época de fuerte formación de maestras, vinculada con la construcción del Estado Nación y con la escuela como institución central. Borrelli recordó, en ese marco, la importancia que Beatriz Sarlo daba a sus tías maestras.
El texto de Tabernig apareció en un libro “perdidísimo” que Borrelli encontró mientras buscaba datos sobre María Granata, la narradora y poeta que murió a los 105 años. Se trata de La mujer argentina, donde intervenían una arquitecta, una bióloga, una médica, una ama de casa y una profesora de literatura. Tabernig contaba allí el último verano de Alfonsina Storni. En enero de 1938 estaba en Colonia veraneando con su madre y creyó ver a Storni en la playa. Se acercó y le dijo:
“Soy la profesora Elsa Tabernig, me encanta tu poesía, me gusta Rilke, leo poesía”.
Así empezó una conversación playera que Borrelli califica de “cuchicheo” y “chismoseo” entre mujeres. Tabernig le contó que iba a ver a Mistral, y Storni reaccionó con una mezcla de sorpresa y teatro: “Ah, ¿está Mistral? Yo no sabía nada”. Luego soltó una frase clave para el relato: “Mándele mis saludos a Mistral”.

Borrelli imagina a Storni, que además era actriz, diciéndole con todo el aire dramático del caso: “¿Va a ver a Mistral? Dígale que Alfonsina Storni le manda saludos”. Y fue la propia Tabernig la que produjo el encuentro. Cuando Mistral terminó su conferencia, con Ibarbourou también presente, la profesora cumplió el encargo:
“Le manda saludos Storni, que está en Colonia”.
Mistral, entonces, la mandó a buscar.
Borrelli también reflexionó sobre el lugar de las escritoras en la época. Comparó a las tres poetas con la tríada de los sesenta formada por Martha Lynch, Silvina Bullrich y Beatriz Guido. En los años treinta, dijo, las mujeres no publicaban tantas novelas; no porque no las escribieran, sino porque no se las publicaban. El espacio que les daban era la poesía. En ese sentido, ninguna de las tres fue una poeta invisibilizada: los hombres de la época fomentaban que ellas escribieran poesía, y ellas aprovecharon esa plataforma.
En los sesenta, la literatura de Bullrich y Guido se explica, a su juicio, por la proscripción del peronismo. Era un caldo de cultivo, marcado por la censura y por esa sensación de escribir con una palabra prohibida. Y en los treinta, a las tres poetas se les dio un lugar que ellas también construyeron con ficciones: a Storni, según Sarlo, se la leía como a una novela de la tarde; Mistral también construía ficciones, por ejemplo al hablar del hijo o de Dios, e Ibarbourou exploraba el erotismo. De hecho, el primer poema de Lengua de diamante, de Juana de Ibarbourou, es para Borrelli un orgasmo.

La autora fue contundente al diferenciarlas: Ibarbourou era femenina, pero no feminista. Recordó la frase de la época: “Yo no soy feminista, soy femenina”. Su poesía fue criticada por la manera en que exploraba su sexualidad, pero no hay en ella una crítica a los hombres, como sí la hay sobre todo en Storni. Mistral, en cambio, no se quedaba con esa etiqueta y prefería reconocerse feminista. En lo personal, las tres eran muy distintas: Mistral tuvo parejas mujeres; Storni fue abandonada por el hombre del que se enamoró; Juana de Ibarbourou, casada con un coronel, fue la única que llevó el apellido del marido.

Apellidos y feminismo
Borrelli contó que su madre, “una feminista sin marco teórico”, los inscribió a sus hijos con los dos apellidos en los años 80. Por eso ella es Gabriela Borrelli Azara. A diferencia de sus hermanos varones, que tienen dos nombres y dos apellidos, ella no tiene segundo nombre, pero sí dos apellidos. En esa época era una decisión inusual, casi reservada a la clase alta, aunque ese no era su caso. Su madre habría preferido ponerles solo su apellido, pero hizo “hasta lo que le permitió la ley”.
Ese origen explica, en parte, su propia militancia. La madre de Borrelli es abogada, fue profesora universitaria en la Facultad de Derecho de Lomas y es una gran lectora, aunque también una crítica de ciertas posturas feministas actuales. “Yo sí, pero en otro sentido”, dijo la escritora, y agregó que su madre practicó siempre un feminismo sin marco teórico, sin estar atenta a la mirada de los varones.
Con otro marco, más literario, Mistral y Storni también pueden leerse dentro de esa tradición. Mistral es la más radical: pensaba en el lugar de la mujer en la sociedad y en la función que debía tener, también desde su papel de docente.

Storni, en cambio, era una militante feminista y anarquista. Su primer viaje a Uruguay la convocó el diario anarquista La idea, donde Juana de Ibarbourou estaba a cargo de la sección literaria. Fue Ibarbourou quien la invitó a hablar de Delmira Agustini, otra poeta uruguaya, anterior a las tres, maldita y víctima de un femicidio, que también exploró el deseo sexual femenino.
Borrelli destacó que Storni fue una feminista declarada. Tuvo un hijo sola, pero no por abandono: creía en el amor libre y decidió tenerlo. Sabía que estaba con un hombre casado, no quiso ninguna ayuda y no quiso que llevara el apellido del padre. “No es que el tipo la rechazó”, aclaró, y la comparó con autoras de la época como Salvadora Medina Onrubia, la mujer de Botana, también de Rosario, para quien criar un hijo sola era parte de la militancia feminista. Así lo entendió también Alfonsina. Por eso, como dice María Moreno, “nadie más queer que Alfonsina”: llamaba “hermano” a su hijo por una decisión política. Su poesía, además, funcionaba como novela romántica, como pedía la época, pero a la vez invertía los géneros: aparecía una mujer deseante.
La poesía de las tres
Entre las tres, Borrelli se queda con Alfonsina Storni. Contó que volvió a un poema llamado Inútil, donde la poeta dice “soy una inútil, soy torpe, pesada, odio el invierno”. Esa escritura, dijo, podría ser de Giaganti, aunque la primera parte de la obra storniana es muy rubendariana. Los últimos poemas de Mundo de siete pozos le siguen resultando reveladores.
De Mistral, en cambio, rescató una ternura especial y recordó Todas íbamos a ser reinas, un poema donde la autora vuelve a su pueblo y piensa en sus compañeritas y vecinitas, como Ifigenia. “Todas íbamos a ser reinas e íbamos a llegar al mar”, escribió, desde aquel pueblito en la cordillera. Pero, sin dudar, la poesía que más la conmueve y no para de leer es la de Storni.
La conversación giró también hacia la relación entre literatura y derechos. Para Borrelli, las tres poetas escribieron pensando en las mujeres que iban a venir. Eso la emociona: le gusta que las poetas jóvenes sepan que estaban pensadas en ellas. En la conferencia de 1938, Storni dedicó esas palabras a las muertas y a las que vendrán. Esa idea atravesó después las marchas del Ni Una Menos y la discusión por el aborto legal: siempre aparece la noción de “para las que van a venir”. La militancia, afirmó, es un acto humano no individual: no se hace para una, sino para otras.
“Le quiero dedicar estas conferencias a nuestras muertas, a las que ya no están, y a las que vendrán”.
En ese sentido, las tres tenían conciencia de futuro, aunque con matices. Storni era la más radical; Mistral, en cambio, estaba obsesionada con sentar un precedente de adónde podía llegar una mujer: una Premio Nobel, una diplomática, una mujer que hablara de política y humanismo. Borrelli recordó que acaban de publicarse conferencias suyas sobre humanismo.

“Eran tres atrevidas, cada una con sus limitaciones”, resumió. Storni y Mistral, al no tener marido, tenían más espacio. Juana de Ibarbourou fue, para varias generaciones, una lectura escolar: La mancha de humedad, del libro Chico Carlo, quedó en la memoria de millones de chicos. Borrelli no ocultó su admiración: “Es espectacular”, dijo, y contó que su madre era fanática de ese libro de la editorial Kapelusz.
Ibarbourou fue la que más vivió. En 1938, Storni dio su conferencia en enero y se suicidó en octubre; ese mismo año Mistral publicó Tala, que la hizo mundialmente famosa. Juana de Ibarbourou vivió hasta los 70 años, aunque su figura se fue apagando. Con Mistral como confidente, habló pestes del marido después de que él muriera: contó que estaba enferma, que él no la quería y que le decía “puta” por ser poeta; todo está en la correspondencia.
Mistral, en cambio, nunca olvidó a Storni. Murió en 1954 y todavía en 1952, en Roma, dio una conferencia sobre Alfonsina. Allí habló también del suicidio de su propio hijo. Para Borrelli, esa relación intensa entre las tres es parte de lo que la emociona.
Un ensayo con aire radiofónico
La autora contó que eligió para este ensayo un tono muy cercano al de la radio. Ya lo había intentado en Cartas a jóvenes poetas, cartas dirigidas a sus alumnas del taller, y en Aquí, Argentina, libro que nació de la transposición de los programas de stream que hacía con Pedro Rosenblat. En Montevideo 1938 quiso contar la historia como si la estuviera narrando en la radio, con anuncios y adelantos al lector:
“Bueno, ustedes van a descubrir hoy por qué…”
“Después van a entender por qué…”
Para ella, el libro funciona como un “programita de radio”, una suerte de especial sobre Montevideo 1938. Aquí, Argentina ya había tenido ese recorrido: fue programa de stream, libro y cabaret en vivo. Ahora quiere hacer algo similar con Montevideo, esta vez de manera presencial, contando la historia y leyendo los poemas.
En ese proyecto aparece otra figura clave: Berta Singerman, que estuvo en el encuentro de 1938 y era muy amiga de Mistral y de Storni. En 1952 viajó a Roma para recitar los poemas de Alfonsina. Borrelli quiere hacer un espectáculo presencial recitando los poemas de las tres, porque Storni, además, era una gran recitadora.

Al hablar de la experiencia de escuchar la voz de Storni, la escritora se emocionó: “No me imaginaba que ella hablaba así”. Y destacó el humor de las tres, una cualidad que considera parte de su genio. Mistral tituló una crónica sobre Alfonsina con un chiste: “Me habían dicho que Alfonsina era fea”. Storni también tenía mucho humor y muchos de sus poemas, dijo, son grandes chistes.
Finalmente, al preguntarle qué le dejó Montevideo 1938, Borrelli respondió que encontró un lugar donde se reúnen todas sus obsesiones. “Es una manera de conocerse”, dijo, “y de llegar a casa”. Disfruta ese momento, sobre todo al compartirlo con alguien que conoció a Elsa Tabernig, esa profesora que en la facultad era conocida como Elsa T. de Pucciarelli y cuyo apellido original no era entonces el más mencionado. Las obsesiones, dijo, a veces se vuelven enemigas y otras veces amigas. Lo importante, cerró, es encontrarse con ellas “jocosamente, felizmente”.
Fuente: Infobae