En una era donde la vida afectiva parece reducirse a consejos, etiquetas y recetas infalibles, la psicoanalista y escritora Alexandra Kohan invita a sospechar de las respuestas demasiado simples. Para ella, el amor no es un dispositivo que se pueda aprender a operar ni una vivencia que pueda preverse. “Vos podés buscar pareja, podés buscar un proyecto, pero el amor es un hallazgo. Te agarra desprevenido”, afirmó en el programa Infobae a la Tarde.
Kohan encontró una expresión de esa idea en un tema de Fito Páez: “Yo no buscaba a nadie y te vi”. Según explicó, esa frase condensa algo fundamental de la experiencia amorosa: es posible buscar una pareja, pero no se puede salir a buscar el amor como si fuera un objetivo concreto. Hay una dimensión del encuentro que escapa a cualquier planificación.
Esa imprevisibilidad contrasta con la forma en que hoy se habla de las relaciones. En redes sociales abundan especialistas que ofrecen pautas para identificar ciertos comportamientos, construir vínculos saludables, evitar relaciones tóxicas o aprender a manejar las emociones. Para Kohan, ese exceso de respuestas puede terminar alimentando justamente lo que pretende solucionar.
“Hay muchos gurúes digitales… son pequeños estafadores”, sostuvo. Y añadió que el terreno afectivo es particularmente propicio para estos discursos porque se trata de experiencias que generan incertidumbre. “Es muy fácil empezar a dar consejos sobre estas cosas que justamente generan inquietud”, señaló.
La cuestión no se limita a la calidad de esos consejos, sino a la promesa que los sostiene: la posibilidad de encontrar una fórmula que permita evitar el conflicto, controlar el deseo o garantizar que una relación funcione. Frente a esa expectativa, Kohan es tajante: “El amor no tiene atajos y no hay forma de anticiparse. Hay que entrar en esa travesía y vamos viendo”.
El amor bajo la lógica del rendimiento
La necesidad de clasificar las relaciones forma parte, según Kohan, de una transformación más amplia en la manera de pensar la vida cotidiana. Términos como “amor sano” o “amor tóxico” se volvieron comunes y permiten nombrar situaciones concretas, pero también pueden reducir una experiencia compleja a una etiqueta.
“Adjetivar el amor lleva a clasificar, etiquetar y segregar”, afirmó. En esa tendencia observa la influencia de una lógica que trasciende las relaciones de pareja y que está presente en otros ámbitos: la búsqueda constante de eficiencia, rendimiento y optimización.
“Es un discurso muy individualista y mercantilista, como la eficiencia y el rendimiento aplicados al amor”, planteó.
Desde el psicoanálisis, esa mirada choca con una dimensión del deseo que no puede ser completamente administrada. El vínculo amoroso introduce una cuota de incertidumbre y de falta que no encaja fácilmente en una lógica basada en resultados. “El capitalismo deja afuera las cosas del amor. Justamente el amor te hace trastabillar, es una falta. No tiene nada que ver con la productividad ni la gestión”, explicó, retomando una idea de Lacan.
La misma dificultad aparece cuando se intenta convertir la felicidad en una meta permanente. También allí abundan las recetas: hábitos, métodos, rutinas y estrategias para alcanzar un estado que, paradójicamente, podría perder su sentido si se lo transforma en una obligación.

“La felicidad es un encuentro, no se puede diseñar”, afirmó Kohan. No se trata, según aclaró, de negar la posibilidad de ser feliz, sino de cuestionar la idea de que pueda conocerse de antemano qué condiciones deben cumplirse para lograrlo.
Durante la entrevista recordó el ensayo general de la obra que está por estrenar. Después de trabajar durante meses en el espectáculo, hubo un momento en que simplemente pudo disfrutarlo. “Ayer fui feliz porque dije: ‘Ah, lo disfruté’”, contó.
“No tengo un concepto previo de lo que es la felicidad. Es algo que te sorprende. No se puede anticipar”, agregó.
Una obra para hablar del amor sin solemnidad
Las ideas sobre el deseo, el amor y la neurosis que Kohan desarrolla en su trabajo también llegan al escenario en Qué gran invento es el amor: música y neurosis, el espectáculo que protagoniza junto al actor y cantante James Cowan y el pianista Pablo Viotti.
La propuesta recorre canciones del rock nacional vinculadas con distintas experiencias amorosas y las combina con música en vivo, humor y psicoanálisis. La dramaturgia está a cargo de Gadiel Sztryk y Andrés Caminos.
“No es una obra de teatro tradicional, es un espectáculo con canciones en vivo y una trama que combina música, psicoanálisis y comedia”, explicó Kohan. El humor ocupa un lugar central y permite abordar las contradicciones de los vínculos sin solemnidad. “La palabra neurosis está ahí como clave cómica, porque la neurosis es cómica. Somos cómicos los neuróticos”, sostuvo.

Para la psicoanalista, el proyecto también significó salir del ámbito del consultorio y enfrentarse a una experiencia colectiva. “Solemos trabajar muy solos en el consultorio. Esta experiencia de trabajar con otros fue lindísima”, contó.
El desafío implicó, además, animarse a ocupar un lugar nuevo sin buscar garantías. “No hay lugares seguros ni me interesa tenerlos. ¿Por qué no haría esto que estoy haciendo en el teatro?”, planteó.
Qué gran invento es el amor: música y neurosis se presenta los jueves de septiembre y octubre, a las 20, en Dumont 4040. A través del rock nacional y el humor, la propuesta vuelve sobre aquello que atraviesa toda la conversación de Kohan: el amor como una experiencia que no admite fórmulas y que, justamente por eso, siempre conserva algo de imprevisible.
Fuente: Infobae