La reconocida artista japonesa Yayoi Kusama, considerada una de las figuras más destacadas del arte contemporáneo, falleció a los 97 años en un centro hospitalario de Tokio, según informó su propia compañía este jueves. Conocida como la “reina de los lunares”, su partida ocurrió el 14 de agosto, dejando un legado artístico marcado por puntos, redes, repeticiones y una profunda exploración del infinito.
A lo largo de varias décadas, Kusama desarrolló una obra que abarcó pintura, escultura, instalaciones, performance, narrativa y poesía. Su compañía emitió un comunicado donde destacó que tuvo una “vida extraordinaria dedicada por completo a la creación artística” y la calificó como una “artista vanguardista pionera” con proyección internacional.
“Siguió pintando hasta sus últimos días, sin soltar jamás el pincel, y continuó explorando el amor eterno y el alma eterna”, señaló el comunicado oficial.
Los orígenes de su estilo único
Nacida en 1929, Kusama fue la hija menor de una familia acomodada en Japón. Desde los 10 años comenzó a desarrollar el estilo que más tarde definiría gran parte de su carrera. Durante su infancia experimentó visiones y alucinaciones que trasladó fielmente a sus creaciones artísticas.
En su autobiografía recordó una de esas experiencias:
“Un día, tras ver un mantel con un estampado de flores rojas sobre un escritorio, vi el mismo estampado de flores rojas por todo el techo, las ventanas y las columnas. Llenó la habitación y me cubrió el cuerpo”.

Esas vivencias de la infancia se convirtieron en una fuente constante para sus dibujos de lunares y redes. Según la información de su página web, esas “visiones y alucinaciones” contribuyeron a forjar un lenguaje visual basado en la repetición y la proliferación de formas. Ella misma definió su filosofía artística como “autodestrucción”, sustentada en “motivos simples de repetición y proliferación obsesivas”.
Su salto a la escena internacional
Tras estudiar arte en Japón, Kusama se mudó a Estados Unidos a finales de la década de 1950 y se integró en la vanguardia neoyorquina. Allí ganó notoriedad con enormes pinturas y propuestas que desafiaron las normas artísticas de la época. También enfrentó discriminación por ser mujer y japonesa en el mundo del arte estadounidense.
Durante los años sesenta organizó provocadores “happenings”, donde utilizó pintura corporal y lunares como elementos centrales.

Su actividad no se limitó a galerías y museos. Creó una línea de moda, fundó una “Iglesia de la Autodestrucción” y se autoproclamó “Suma Sacerdotisa de los Lunares” para oficiar una boda entre dos personas del mismo sexo.
El regreso a Japón y el encierro voluntario
A principios de la década de 1970 volvió a Japón. Poco después ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde vivió el resto de su vida y desde donde continuó creando arte sin descanso.
Entre sus obras más emblemáticas destacan sus esculturas de calabazas, sus instalaciones inmersivas y las famosas “salas infinitas”, espacios que emplean espejos, luces y patrones repetitivos para generar una sensación de expansión visual. Una de sus calabazas se encuentra en Naoshima, una isla japonesa especializada en arte contemporáneo. Sus piezas alcanzaron valores de millones de dólares en el mercado internacional.
Kusama también construyó una imagen pública muy reconocible: su peluca roja brillante, sus prendas con lunares y los patrones repetitivos se volvieron inseparables de su identidad artística.

Tras conocerse su muerte, usuarios de redes sociales expresaron su reconocimiento y cariño hacia la artista. Un usuario japonés en X escribió:
“He tenido el privilegio de ver sus pinturas y tus obras varias veces. Audaces, delicadas, hermosas. Era un mundo que yo desconocía. Y para mí, ella también era una persona verdaderamente entrañable. Que descanses en paz”.
Fuente: Infobae