Todo comenzó con una frase en inglés que Jan Olsson había memorizado de una película estadounidense. La ocasión perfecta llegó cuando decidió asaltar el Kreditbanken en Estocolmo, Suecia. Disparó al techo con su ametralladora, mientras los vidrios y pedazos de cielorraso caían sobre clientes y empleados aterrorizados. “Señores, la fiesta recién está empezando”, dijo. Corría agosto de 1973.
Para evitar ser identificado, Olsson se tiñó el bigote y las cejas, pasando de ser un rubio casi pelirrojo a un aparente morocho. Se puso lentes oscuros, guantes y fingió un acento norteamericano al hablar en inglés. Su plan era un robo relámpago, pero terminó convertido en un secuestro de seis días dentro del banco. Desesperado, convenció a los negociadores de que dejaran ingresar a otro delincuente: Clark Olofsson, su excompañero de prisión y uno de los criminales más famosos de Escandinavia. Juntos protagonizaron el evento que el imaginario popular bautizó como “síndrome de Estocolmo”.

Aunque no es un trastorno reconocido por la psiquiatría oficial, más de medio siglo después se sigue discutiendo si realmente ocurrió lo que el término sugiere: que una persona secuestrada desarrolla complicidad y un vínculo afectivo con su captor. La ciencia lo cuestiona, pero el nombre persiste.
Un ladrón sin plan y cuatro rehenes
Era la mañana del 23 de agosto de 1973 en la plaza Norrmalmstorg, corazón de la capital sueca. Dentro del Kreditbanken, Olsson irrumpió con un arma y disparó. Un policía que pasaba por la cuadra entró al banco, pero Olsson lo encañonó y exigió que buscara a un superior para imponer condiciones. Lo que empezó como un robo se convirtió en una toma de rehenes.
El oficial salió y volvió con órdenes de rendición. Olsson se negó y mantuvo cautivas a cuatro personas: Birgitta Lundblad, Elisabeth Oldgren, Kristin Enmark y Sven Safstrom. Encendió una radio a transistores que había llevado consigo y sintonizó una emisora de rock. La policía rodeó el banco en minutos. Olsson había perdido el control: no sabía cómo escapar, cuánto dinero robaría ni cómo desarmar la situación que había creado.
La exigencia que nadie creyó
Con los rehenes retenidos, comenzaron las negociaciones. Olsson exigió tres millones de coronas suecas, un auto para escapar, salida libre de Suecia, comida, alcohol y la liberación de Clark Olofsson, quien debía ser trasladado al banco. Los negociadores pensaron que era una broma, pero Olsson insistió hasta estancar las conversaciones. Las autoridades decidieron entonces una jugada arriesgada: sacaron a Olofsson de la cárcel y lo llevaron al lugar, esperando que actuara como mediador. Olofsson aceptó la misión.

El criminal seductor
Clark Olofsson era el delincuente más célebre de Escandinavia. Había robado, maltratado, traficado drogas e intentado asesinar. Daba entrevistas a medios y el público lo admiraba. Al entrar al banco, ordenó desatar a las tres mujeres rehenes y les quitó las mordazas. Encontró a un joven escondido en el sótano y lo sumó al grupo de cautivos.

Olofsson se encargó de que todos comieran y fueran al baño cuando lo necesitaran. Cambiaba el dial de la radio para encontrar canciones que todos pudieran cantar, rehenes y captores juntos. Jugaban a las cartas. Kristin Enmark escribió años después: “Tenía 23 años y estaba aterrorizada. Pero Olofsson me prometió que no iba a pasarme nada y decidí creerle. Olsson me daba pavor, pero Clark no”. Mientras dentro del banco el ambiente se distendía, afuera la preocupación crecía. La policía, los negociadores y el primer ministro sueco Olof Palme no entendían por qué los rehenes no mostraban desesperación ni terror.
La llamada que cortó el primer ministro
Olof Palme intervino personalmente. A través de una línea controlada, llamó al banco para hablar con Kristin Enmark. La conversación fue grabada por la policía. Kristin le dijo al primer ministro que confiaba plenamente en Clark, que no tenía miedo y que los captores habían sido “muy amables”. Le pidió que aceptara las exigencias de Olsson y los dejara salir juntos. Palme respondió que no podía liberar sin represalias a quienes habían robado y disparado. Kristin replicó que la policía había disparado primero, repitió su confianza en los criminales y colgó el teléfono.

Horas después, Kristin habló en una radio de Estocolmo. Insultó a la policía y defendió a sus captores. Su madre, furiosa, pidió que la comunicaran con su hija para retarla por haber dicho malas palabras en público. Tras la primera noche, un grupo de élite policial perforó el techo del banco, lanzó gases y disparó. Los dos criminales neutralizaron el ataque, y los rehenes los vieron como sus defensores.
Diez años de silencio
Olsson quiso demostrar que llevaría el secuestro hasta las últimas consecuencias. Decidió dispararle a Sven en la pierna. Le avisó al joven, intentó calmarlo asegurando que no dañaría ningún hueso. Sven se aterrorizó, y Kristin le gritó: “¡Pero Sven, es sólo la pierna!”. Kristin tardó diez años en contar esa frase. Estaba avergonzada de haber pensado que Sven era un cobarde. Después de la liberación, el joven declaró que sentía gratitud hacia sus captores y que debía esforzarse para recordar que eran delincuentes violentos, no amigos.
El desenlace
En las primeras horas del sexto día, la policía volvió a perforar el edificio, hizo un agujero en la bóveda y lanzó gas lacrimógeno. Media hora después, Olsson y Olofsson se rindieron.

La policía ordenó que los rehenes salieran primero; los ladrones se negaron, temiendo ser golpeados. Los rehenes también se negaron: o salían todos juntos o nada. Se despidieron con abrazos. En el juicio, los cuatro rehenes guardaron absoluto silencio. Olsson fue condenado a diez años de cárcel; Clark recibió seis años adicionales. Su defensa argumentó que no había sido consultado antes de ser trasladado y que solo protegió a los cautivos. Clark se fugó después, recorrió Europa, planeó otro robo, fue condenado por tráfico de drogas y siempre presumió de que su crimen había “inventado” un supuesto síndrome. Murió en 2025, a los 78 años.
El síndrome y la ciencia
El síndrome de Estocolmo es un término popular, pero no aparece en los manuales clínicos oficiales. No está en el DSM-5 (Manual Diagnóstico de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría) ni en el CIE-11 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS). No hay criterios diagnósticos aceptados, ni estudios de prevalencia, ni protocolos de tratamiento.
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Fue el psiquiatra Nils Bejerot, asesor de la policía durante el secuestro, quien acuñó el nombre. Bejerot observó desde afuera, sin entrar al banco, y describió la conducta de los rehenes —especialmente la de Kristin— como una patología: un vínculo irracional que los llevaba a identificarse con sus captores y a temer más a las autoridades. Lo llamó síndrome y le puso el nombre de la ciudad. El psiquiatra estadounidense Frank Ochberg lo definió después para el FBI y Scotland Yard, comparándolo con una regresión a emociones infantiles donde el captor da la vida como una madre.
El concepto se difundió masivamente un año después, cuando Patty Hearst, hija de un magnate estadounidense, fue secuestrada por un grupo extremista y se unió a ellos en un robo. Sus abogados usaron el síndrome como defensa. Sin embargo, lo que realmente existe en las clasificaciones formales son conceptos como trastorno de estrés postraumático, trauma complejo, vínculo traumático y control coercitivo. Estos permiten analizar la situación sin sugerir que la víctima siente atracción por su agresor. La respuesta de Kristin fue una estrategia de supervivencia, no un trastorno.
El sesgo olvidado
La profesora Cecilia Ase, de la Universidad de Estocolmo, señaló que no hay evidencia de que los rehenes tuvieran problemas psiquiátricos. El síndrome de Estocolmo se construyó para explicar algo que no necesitaba explicación: que las mujeres actuaron racionalmente en una situación extrema. El psicólogo Allan Wade indicó que Bejerot desestimó lo que Kristin hizo para resistir, preservar su dignidad y proteger a los demás. Habaron sobre ella, sin ella, sin darle voz. El supuesto síndrome refuerza la idea de que la responsabilidad se desplaza de quien ejerce la violencia hacia quien la padece, especialmente cuando la víctima es mujer. En su momento, los medios sexualizaron las declaraciones de las rehenes, sugiriendo amor en lugar de instinto de supervivencia.
La voz de Kristin
Kristin Enmark nunca aceptó la interpretación de Bejerot. Lo dijo en entrevistas, en su libro y cada vez que le preguntaron. No hubo atracción sexual. No hubo amor. No hubo síndrome. Hubo seis días de encierro en una cámara acorazada, con sogas alrededor del cuello y la certeza de que si la policía entraba disparando, nadie saldría vivo. “Solo éramos dos personas tranquilizándonos mutuamente”, dijo sobre su relación con Clark. La confianza fue la única moneda con valor dentro del banco.
Fuente: Infobae