En la remota región del North Slope, en Alaska, la tundra ha permanecido durante siglos con una vegetación en miniatura, sin árboles que se eleven hacia el cielo. A simple vista, el paisaje puede parecer vacío, pero cerca del suelo crecen abedules enanos —arbustos que apenas alcanzan la rodilla— y rododendros bajos que forman un ecosistema vegetal de no más de 25 centímetros de altura. Sin embargo, el calentamiento global está impulsando a estas plantas a estirarse hacia arriba, y las consecuencias trascienden el plano local para afectar al clima de todo el planeta.
El Ártico se calienta cuatro veces más rápido que el resto del mundo, especialmente durante el invierno. En el North Slope, las temperaturas han aumentado aproximadamente 2,7 °C en los últimos 40 años, principalmente debido a la quema de carbón, petróleo y gas. Este cambio, que en el termómetro parece modesto, está alterando la composición, el color y el comportamiento de toda la cubierta vegetal ártica.
El verde que calienta

Con el alza de las temperaturas, las plantas que ya habitan la tundra se vuelven más altas. Al mismo tiempo, especies que antes no lograban sobrevivir al frío extremo comienzan a colonizar el territorio. Este fenómeno, denominado arbustificación, tiene un impacto directo sobre el clima: las copas de los arbustos, más altas y oscuras, sobresalen de la capa de nieve y absorben más energía solar que la nieve blanca, que refleja el calor.
“Sin duda es una señal clara de cambio que podemos ver”, afirmó Sarah Elmendorf, ecóloga de plantas de la Universidad de Colorado. La tundra más oscura, que capta más radiación, es “una de las principales razones de lo que llamamos amplificación ártica, que hace que el cambio climático se acelere”, según Duncan Menge, ecólogo de la Universidad de Columbia.
Los arbustos también atrapan más nieve en sus ramas. Esa acumulación calienta el suelo subyacente y permite que los microbios liberen más metano durante el invierno, un gas de efecto invernadero que atrapa el calor en la atmósfera. La vegetación adicional podría compensar parcialmente ese efecto al absorber más dióxido de carbono, aunque el balance aún está en estudio.
Una jungla que cambia ecosistemas
Los efectos no se limitan a la temperatura. Las masas de sauces en expansión generan más sombra sobre los arroyos y modifican la ecología de peces, insectos y aves. Chris Neill y Linda Deegan, del Centro de Investigación Climática Woodwell, lideran un estudio plurianual para determinar si el ecosistema no solo se adapta, sino que también evoluciona genéticamente para soportar el estrés del cambio climático.
“Pequeños cambios en una pequeña jungla marcan una gran diferencia”, señaló Jake Francis, profesor de la Universidad Atlántica de Florida, durante su primera visita al Ártico. La ecóloga Anne Bjorkman, de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), explicó que cualquier planta que sobresale por encima de la escasa capa de nieve “tiene más probabilidades de dañarse por el frío y el viento”, o de ser consumida por la fauna. El permafrost helado, además, impide que las raíces crezcan demasiado profundo. Con el suelo más cálido, esas barreras se debilitan.
La planta parásita que también coopera

En la estación de campo de Toolik, a 320 kilómetros al norte del círculo polar ártico, un grupo de investigadores analiza algo más específico: si las plantas de la tundra compiten entre sí o cooperan para sobrevivir. El equipo de Francis se centra en la pedicularia ártica, una planta parásita que se conecta a las raíces de sus vecinas para extraer nutrientes.
El investigador Jonathan Carcache sostiene que la pedicularia no solo obtiene recursos, sino que también atrae a los escasos abejorros de la zona gracias a su llamativa espiga de flores moradas. Al actuar como un imán para los polinizadores, todas las plantas cercanas se benefician.
Para verificar esa hipótesis, Carcache y su colega Adam Bloom replican manualmente el trabajo de los abejorros: retiran las partes masculinas de las flores, procesan el polen y lo depositan con un pincel sobre las partes femeninas de las plantas vecinas. El objetivo es determinar si las flores próximas a la pedicularia se polinizan más que las alejadas. Si los datos lo confirman, el parásito podría resultar más cooperador de lo que se pensaba.
Si los datos lo respaldan, el hallazgo podría cambiar la forma en que la ciencia entiende las relaciones entre especies en los ecosistemas árticos más frágiles, señaló Deegan.
Fuente: Infobae