El USS George Washington se va de Asia: impacto en la disuasión

Un portaaviones puede cumplir una función estratégica sin disparar un solo tiro. Su sola presencia ya envía una advertencia al adversario. Sin embargo, la ausencia de ese mismo buque también comunica un mensaje poderoso.

Hace pocos días, el USS George Washington, único portaviones estadounidense con base permanente en Asia, partió del Pacífico occidental y navega actualmente en el mar Arábigo. Su destino es reemplazar al USS Abraham Lincoln, que había estado desplegado en apoyo a operaciones contra Irán por más de 250 días consecutivos.

Casi en simultáneo, el presidente Donald Trump dispuso una reducción significativa de los ejercicios militares conjuntos entre Estados Unidos y Corea del Sur.

La coincidencia de estas decisiones no implica que Estados Unidos haya dado la espalda a Asia. Sin embargo, envía una señal que puede leerse de múltiples formas. En la política internacional, los hechos son importantes, pero las percepciones lo son igualmente. No importa solo lo que una potencia puede hacer, sino lo que los demás creen que está dispuesta a hacer.

Un reajuste de prioridades

En mayo de 2025, durante el Diálogo Shangri-La en Singapur, el secretario de Defensa Pete Hegseth calificó al Indo-Pacífico como el ‘teatro prioritario’ de Estados Unidos. El mensaje era claro: Washington debía concentrar allí sus recursos para contener a China y evitar que otros conflictos prolongados lo distrajeran.

No obstante, meses más tarde, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 presentó un orden distinto: el hemisferio occidental (con Venezuela y el Caribe) pasó al primer lugar, seguido de Asia, Europa y Oriente Medio. El informe también subrayó la necesidad de ajustar el despliegue militar global para atender las amenazas más apremiantes dentro del propio hemisferio.

Esto no significa que Asia haya perdido relevancia, sino que las prioridades han cambiado. El USS Gerald R. Ford fue desplegado en el Caribe en el marco de la presión sobre Venezuela; el USS Abraham Lincoln sostuvo la campaña contra Irán por meses; y ahora el George Washington debió dejar el Pacífico para relevarlo.

La paradoja es clara: mientras Washington insiste en que el Indo-Pacífico es el escenario clave de su competencia con China, sus principales buques de guerra terminan atendiendo crisis en el hemisferio occidental y en Oriente Medio.

¿Renunció Estados Unidos a contener a China? No. ¿Dejará de proteger a Corea del Sur y Japón? Probablemente no. Pero lo que sí revela es la enorme dificultad de Washington para concentrar fuerzas en una región sin descuidar las crisis en otras partes del globo.

Asia no queda sola

El Pacífico no queda desierto de presencia estadounidense. Washington conserva bases en Japón, despliegues aéreos rotativos, bombarderos con base en Guam, redes de vigilancia y submarinos de ataque. Además, cuenta con el respaldo militar de sus aliados regionales como Japón, Corea del Sur y Australia.

No obstante, un portaaviones tiene un valor único. El George Washington no es únicamente una plataforma de combate; es un instrumento de proyección inmediata de poder, que puede desplazarse sin depender de infraestructura fija y concentrar numerosas aeronaves en un solo lugar. También actúa como un indicador político visible del grado de compromiso estadounidense.

Aquí entra la disuasión. No solo cuenta la capacidad militar, sino la percepción. Hacer creíble que el uso de la fuerza es una opción real. Para ello no basta con tener los medios; el adversario debe creer que se emplearán si hace falta.

Como ya señalaba Sun Tzu, la mejor victoria es aquella que se logra sin combatir. En términos actuales, la fuerza funciona cuando no se necesita usar, pero se cree que puede serlo.

Cuando una alianza empieza a dudar

La partida del portaaviones coincidió con la reducción del ejercicio Ulchi Freedom Shield, que Estados Unidos y Corea del Sur realizan para preparar una respuesta conjunta ante un posible ataque norcoreano. Las maniobras, que comenzaron el 17 de agosto y debían terminar el 27, se acortaron de once a cinco días. Algunos entrenamientos en terreno fueron cancelados o reemplazados por simulaciones; la segunda fase, enfocada en contraataques, fue suspendida. El Pentágono afirmó que los objetivos esenciales de preparación militar se mantendrían.

Sin embargo, el asunto no se limita a la reducción de días. La medida tomó por sorpresa incluso a funcionarios surcoreanos y estadounidenses.

Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Una alianza militar no se mantiene solo con tratados y declaraciones; requiere consultas, coordinación y previsibilidad. Cuando un aliado se entera de una decisión que afecta su seguridad después de que esta fue anunciada, surgen dudas sobre su verdadera participación en la alianza.

Si además esa decisión se vincula con otros desacuerdos —como el costo de los ejercicios, las negociaciones comerciales o la negativa de Corea del Sur a participar en la guerra contra Irán—, la desconfianza se profundiza. Así, la seguridad empieza a verse como una negociación.

Este panorama podría llevar a Corea del Sur a reforzar sus propias fuerzas, buscar mayor autonomía o incluso reabrir el debate sobre armas nucleares. No porque crea que Estados Unidos ha dejado de ser su aliado, sino porque podría preguntarse si, ante otra crisis, la potencia que debe protegerla tendrá la atención y los recursos suficientes para enfrentar un nuevo frente.

El límite del poder real

Los adversarios también observan estas decisiones. Si una observadora externa puede notarlo, también pueden hacerlo los enemigos o competidores de Estados Unidos.

Corea del Norte podría interpretar la reducción de los ejercicios como una oportunidad para reanudar el diálogo. China, por su lado, podría aprovechar la menor presencia estadounidense para incrementar sus patrullajes, intensificar maniobras cerca de Taiwán o probar la capacidad de reacción de Japón y Filipinas.

Esto no quiere decir que Pekín esté planeando una invasión. Las oportunidades estratégicas no siempre se usan para desatar una guerra. Con frecuencia sirven para avanzar de forma gradual, mover los límites y normalizar lo que antes se consideraba una provocación.

Y aunque la falta de un recurso estratégico sea inevitable —después de todo, la omnipresencia es divina—, en seguridad internacional cada movimiento en el tablero puede ofrecer nuevas oportunidades al rival.

La opinión pública también juega un papel. Las sociedades no evalúan la disuasión estudiando documentos militares, sino a través de las imágenes, noticias y señales de sus líderes. Ver un portaaviones que se va, ejercicios que se acortan y un gobierno aliado que admite su sorpresa puede erosionar la credibilidad de las promesas de compromisos ‘inquebrantables’.

Estados Unidos tiene una capacidad militar sin igual, pero no es infinita. Un portaaviones enviado a Oriente Medio no puede estar al mismo tiempo frente a China. Una tripulación desplegada por meses no puede mantener indefinidamente el mismo nivel de disponibilidad. Un sistema militar constantemente sometido a crisis debe, tarde o temprano, elegir dónde concentrar sus recursos.

Entonces, cabe preguntarse: ¿cuántas regiones pueden ser prioritarias a la vez? ¿Cuántos conflictos puede sostener una potencia sin debilitar la disuasión en otros frentes? ¿Y qué ocurre cuando sus aliados empiezan a sospechar que, ante una crisis, alguno deberá esperar?

Es posible que el George Washington regrese al Pacífico y que la presencia estadounidense se restablezca rápidamente. Los barcos pueden cambiar de rumbo, las tropas pueden movilizarse y los ejercicios pueden ampliarse de nuevo. La confianza, sin embargo, no se mueve con la misma facilidad. La disuasión no empieza a fallar cuando una potencia pierde todas sus armas; empieza a fallar cuando el otro deja de creer que llegarán a tiempo.

Fuente: Infobae

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