El recorrido conocido como Picos de los Balcanes se afianza como una de las grandes expediciones de montaña en Europa, con un trazado de 193 kilómetros que atraviesa Albania, Kosovo y Montenegro por escenarios de cumbres calizas, lagos glaciares, bosques y praderas apartadas.
Según reportes de medios internacionales, el sendero atrae a viajeros de diversas naciones por su mezcla de reto físico, soledad y calidez de los pobladores, en una zona que durante décadas estuvo marcada por fronteras cerradas y tensiones políticas.
La travesía cruza las denominadas Montañas Malditas, una cadena donde los excursionistas pueden desayunar en un país y terminar la jornada en otro, sin controles fronterizos visibles en gran parte del camino. El circuito total demanda 10 días y acumula un desnivel de casi 10.670 metros, cifra que evidencia su exigencia, aunque no requiere técnicas de escalada.
Los reportes resaltan el contraste entre la belleza del entorno y la dureza física: las subidas son largas en verano y los descensos requieren cuidado por el terreno irregular. El sendero brinda vistas amplias, silencio casi absoluto y paradas como el lago Hrid, en Montenegro, a más de 1.600 metros de altitud.
Una travesía exigente en una de las zonas más aisladas del continente
El recorrido sigue antiguas rutas comerciales que estuvieron bloqueadas durante gran parte del siglo XX por causas geopolíticas. La región fue fuertemente vigilada en la Guerra Fría, especialmente en Albania, donde aún se ven búnkeres del régimen de Enver Hoxha. Por más de 40 años, los albaneses no podían salir libremente del país debido a políticas de aislamiento.
Ese legado aún se siente en el camino. Albania, Kosovo y Montenegro vivieron el colapso del bloque soviético, la desintegración de Yugoslavia y las guerras de los años 90 y principios del siglo XXI. En la ruta quedan pocos vestigios, excepto estructuras abandonadas o algún vehículo militar antiguo. Los lugareños a veces evitan debates políticos o nacionalistas en estas montañas.
La ruta se inauguró en 2006 con el nombre de “sendero de la paz” para mejorar la imagen internacional de los Balcanes. Dušan Dragosavljević, guía de montaña de ACE Adventure, comentó al medio que gran parte del mundo todavía asocia la región con guerras y conflictos, y que este trazado ayuda a modificar esa percepción.
Dragosavljević recorrió el sendero por primera vez en 2017. Al inicio, el circuito atraía a guías, montañistas y senderistas experimentados del norte de Europa. El interés creció tras la flexibilización de restricciones por la pandemia de covid-19, aunque el turismo masivo aún no llega a la zona.

Turismo de aventura y economías locales en transformación
El senderismo transformó la economía de comunidades de montaña: agricultores y ganaderos obtienen ingresos por alojamiento, gastronomía y servicios para excursionistas. Varios testimonios recogidos por los reportes dan cuenta de ese cambio.
Adis Balić, propietario de Grlja en Vusanje, Montenegro, señaló que la vida local cambió tras la apertura del sendero; antes los excursionistas eran escasos y ahora recibe más visitantes en temporada alta.
Grlja, abierto hace siete años y nombrado por una cascada cercana, ofrece 15 camas en cuatro habitaciones, aunque muchos viajeros acampan. El establecimiento empezó con unos 400 campistas al año y ahora supera los 3.400. El incremento refleja el impacto turístico en pueblos del macizo balcánico.
La gastronomía atrae a los viajeros: Grlja sirve platos tradicionales con carnes asadas, ensaladas, quesos caseros y ajvar; muchas verduras se cosechan por la mañana y se sirven esa misma noche, según Balić.
Al principio llegaban turistas de Alemania, Bélgica y Países Bajos, pero ahora también llegan visitantes de otros continentes y montenegrinos residentes en Estados Unidos o Europa occidental que regresan en verano.
“No hay nacionalidades que no vengan”
, afirmó Balić.

Hospitalidad, refugios de montaña y una temporada corta
En Cerem, Albania, Kujtim Gocaj administra una casa de huéspedes familiar desde hace 14 años. También es policía y explicó al medio que abrió el hospedaje por motivos económicos. Al principio operaba en un solo edificio; en 2019 sumó una estructura de pino con terraza panorámica.
El alojamiento recibe hasta 36 personas en dormitorios compartidos y habitaciones privadas con baño. Gocaj indicó que el negocio trajo beneficios económicos, sociales y culturales, y que el contacto diario con visitantes extranjeros representa una forma de aprendizaje para su familia.
La red de hospedajes y paradas caseras asiste a quienes recorren una ruta con señalización limitada. Por eso, guías como Dušan Dragosavljević recomiendan contratar acompañantes, sobre todo a quienes desconocen la zona. Hay puestos sencillos que venden baklava, tortas, yogur con miel y bebidas frías para senderistas.
La temporada principal va de junio a septiembre; mayo y octubre tienen menos servicios y riesgo de nieve. Fuera de ese período, las condiciones se complican. Balić comentó que en invierno puede caer un metro de nieve y producirse cierres; antes, muchos alojamientos eran cabañas de pastores adaptadas para turistas.
Aunque la demanda aumentó, la ruta sigue fuera del turismo masivo. El circuito amplía su proyección internacional y las comunidades buscan mantener la actividad después del verano con proyectos de deportes de invierno.
Fuente: Infobae