La muerte arribó sin hacer ruido, envuelta en una niebla blanca y espesa que cubrió las aldeas mientras la mayoría dormía. Algunos testigos recuerdan haber escuchado una explosión apagada; otros, nada. Al amanecer del día siguiente, más de 1.700 cuerpos yacían sin vida, la mayoría en sus propias camas. Los cadáveres presentaban un tono verdoso extraño. En los campos, miles de animales —vacas, perros, gatos, aves— habían muerto también. Ni siquiera se oía el canto de los pájaros; hasta las moscas habían perecido.
Todo ocurrió la noche del 21 de agosto de 1986, hace 40 años, en las comunidades cercanas al lago volcánico Nyos, al noroeste de Camerún, cerca de la frontera con Nigeria. Mónica Lom Ngong despertó aturdida y lo primero que notó fue el silencio absoluto: ni un sonido en su casa ni en la calle, siempre tan bulliciosa. Miró a su alrededor y se encontró con la muerte.
“Estaba rodeada de gente muerta, adentro de la casa, otros afuera, otros detrás de las casas… y los animales en todas partes: vacas, perros, todo yacía en el suelo y yo estaba tan confundida. Toda la familia. Éramos 56 pero 53 murieron”, relató a la BBC.
En la aldea de Subum, Joseph Nkwain aún estaba despierto cuando la nube llegó. Alcanzó a darse cuenta de que algo anormal sucedía, pero fue en vano.
“No podía hablar. Me estaba poniendo inconsciente. Oí a mi hija roncar de una manera horrible, muy anormal… Cuando crucé a su cama colapsé y caí. Estuve allí hasta las nueve en punto por la mañana, hasta que un amigo llegó a mi casa. Yo quería hablar, pero mi respiración no salía. Mi hija ya estaba muerta. Fui a la cama de mi hija, creyendo que todavía dormía. Me dormí hasta las 4:30 de la tarde. Era incapaz de caminar, mi cuerpo estaba completamente débil. Entonces, como pude, me subí a mi motocicleta para alejarme, me fui a Wum (la ciudad más cercana), en el camino no vi rastro de ningún ser vivo. Personas y animales estaban muertos”, contó al diario Cameroon Tribune.
Nadie entendía qué había provocado una mortandad tan silenciosa. No hubo inundaciones, lluvias torrenciales ni terremotos. Las chozas seguían intactas, sin señales de violencia. Todo en su lugar, pero casi todos los habitantes habían fallecido. Las explicaciones populares apuntaban a maldiciones ancestrales, al escape de una planta química secreta o incluso a pruebas con armas biológicas.
Las autoridades camerunesas, encabezadas por el presidente Paul Biya, solicitaron ayuda internacional. Poco después llegaron científicos de Estados Unidos y Europa. Peter Baxter, uno de los investigadores, recordó que los locales pensaban que países extranjeros habían detonado una bomba secreta.
“Los locales comenzaron a decir que países extranjeros habían utilizado la zona para probar una bomba secreta, por ejemplo, que ellos, de alguna forma, eran parte de una conspiración de científicos internacionales. De hecho, eran ideas bastante fantásticas, sin ninguna credibilidad”, declaró Baxter.
Los expertos también estaban desconcertados hasta que el científico Haraldur Sigurdsson propuso una hipótesis clave: el lago Nyos, ubicado dentro de un antiguo cráter volcánico, podría ser el origen de la nube mortal. A simple vista parecía un lago común, pero bajo su superficie se acumulaba una enorme cantidad de dióxido de carbono que, al liberarse, se convertía en un gas letal.

Una “erupción límnica”
El dióxido de carbono es un gas natural, esencial para la fotosíntesis. Sin embargo, cuando se acumula en grandes cantidades desplaza al oxígeno y provoca asfixia silenciosa. Al no tener olor, los pobladores nunca detectaron el peligro.
La zona noroeste de Camerún es parte de una región volcánica activa que, aunque no entraba en erupción, liberaba gases a través de fisuras en las rocas. Allí, el dióxido de carbono se disolvió en las profundidades del lago Nyos. Durante años quedó atrapado, pero un cambio brusco de presión lo liberó a la atmósfera. Cuatro décadas después, aún se debate la causa exacta: algunos apuntan a un pequeño deslizamiento de tierra; otros, a corrientes de agua fría que hicieron ascender el gas.
Este fenómeno se conoce como erupción límnica: la liberación repentina de gases atrapados en aguas profundas. El dióxido de carbono, más pesado que el aire, se expandió desde la superficie del lago y descendió por las laderas sin ser percibido. Quienes lo inhalaron no tuvieron tiempo de reaccionar. Perdieron el conocimiento o se durmieron lentamente, al igual que los animales, sin violencia ni daños materiales.
“El gas provoca la inconsciencia rápidamente. Los que sobrevivieron sintieron que estuvieron inconscientes durante mucho tiempo, diez horas o más, antes de estar nuevamente conscientes, literalmente hasta que el gas, que estaba suspendido en el aire, se elevó cuando comenzaba el día y el sol calentó la tierra”, explicó el doctor Baxter.

“El desastre natural más extraño”
La liberación de dióxido de carbono en el lago Nyos fue un suceso tan insólito que Haraldur Sigurdsson lo calificó como “el desastre natural más extraño del siglo XX”. Sin embargo, podría repetirse, pues hay muchos lagos volcánicos en el mundo. La combinación de origen volcánico, aguas profundas y aporte subterráneo de gases los convierte en bombas naturales de difícil predicción.
Existen medidas preventivas. En 2001 se instaló la primera tubería permanente de desgasificación en el lago Nyos, a la que luego se sumaron otras. Estas cañerías extraen el agua profunda cargada de dióxido de carbono. Cuando el agua asciende, los cambios de presión hacen que el gas se libere de forma controlada, sin riesgo de intoxicación. Es una especie de válvula de seguridad que podría replicarse en otros lagos volcánicos del planeta.
A pesar de las explicaciones científicas, cuatro décadas después, la tragedia del lago Nyos sigue perturbando. A diferencia de terremotos, erupciones o tsunamis, demuestra que hasta los paisajes más apacibles pueden ocultar un peligro mortal que ataca sin aviso y en absoluto silencio.
Fuente: Infobae