Fallas «dormidas» que despiertan: la ciencia detrás de los sismos inesperados

En cuestión de días, los terremotos sacudieron Murcia y Granada en España, Perú y Colombia, dejando víctimas, daños materiales y miles de damnificados. Este escenario ha reactivado una pregunta recurrente: ¿Está temblando más que antes? La respuesta, construida por la ciencia en dos frentes, indica que la frecuencia global no ha aumentado, pero hay un hallazgo clave: existen fallas que parecen inactivas, pero no lo están.

El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), con registros instrumentales desde 1900, calcula que el planeta experimenta un promedio de 16 grandes terremotos al año, de los cuales aproximadamente 15 tienen magnitudes entre 7,0 y 7,9, y uno supera el 8. La cifra anual fluctúa: en 2010 se registraron 23, el máximo histórico, mientras que en 1989 fueron apenas seis. Esta variación no refleja un cambio real en la corteza terrestre, sino que obedece a la naturaleza aleatoria de estos eventos.

Hasta el 21 de agosto de 2026, el planeta acumula 11 terremotos de magnitud igual o mayor a 7,0, según el USGS. Entre los más recientes destacan los sismos en Colombia (7,4), Indonesia (7,7) y Perú (7,2). Esta cifra se mantiene dentro del promedio histórico para esa fecha: en 2025 se registraron 9 sismos de esa magnitud, y en 2023 la cifra llegó a 15.

La variación anual en la cantidad de terremotos, como los 23 de 2010 o los seis de 1989, no refleja un cambio real en la corteza terrestre (Imagen Ilustrativa Infobae)

La evidencia científica más sólida proviene de un estudio de 2012 publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), realizado por el sismólogo Peter Shearer de la Scripps Institution of Oceanography y el estadístico Philip Stark de la Universidad de California en Berkeley. Ambos analizaron todos los terremotos de magnitud igual o superior a 7 desde 1900, eliminaron réplicas y aplicaron tres pruebas estadísticas distintas. La conclusión fue que la secuencia global de grandes terremotos es indistinguible de un proceso aleatorio, similar a la distribución de llamadas en un servicio de emergencias. No encontraron ningún mecanismo físico que justificara un aumento real de la actividad, por lo que el riesgo global de grandes sismos no es hoy mayor que en el pasado.

Sin embargo, tres investigaciones recientes, publicadas entre 2025 y 2026 en Nature Communications, AGU Advances y el Geophysical Journal International, han revelado un matiz crucial: ciertas fallas consideradas geológicamente inactivas acumulan resistencia interna con el tiempo, volviéndose capaces de generar sismos cuando una perturbación externa las alcanza. La frecuencia global no cambió; lo que cambió es la comprensión de qué fallas pueden sumarse al recuento.

El fenómeno de las fallas sanadas en zonas estables

Una de las ideas más arraigadas en sismología es que las fallas geológicamente estables no generan terremotos por sí solas, ya que su fricción interna aumenta con el deslizamiento. Tres estudios recientes desafían esta certeza desde diferentes perspectivas.

El estudio de PNAS de Peter Shearer y Philip Stark analizó los terremotos de magnitud 7 o superior desde 1900 y excluyó las réplicas (Imagen Ilustrativa Infobae)

El primer estudio, publicado en octubre de 2025 en Nature Communications, utilizó modelos numéricos para demostrar que las fallas pueden acumular resistencia interna durante miles o millones de años de inactividad tectónica. Este proceso, conocido como endurecimiento friccional, eleva la fricción estática de la falla en hasta 0,25 unidades por encima de lo normal. Cuando una perturbación externa —como la extracción de gas o la inyección de fluidos— alcanza una falla así, esa resistencia acumulada se libera de golpe, desencadenando un terremoto incluso en una falla que la teoría clásica consideraría incapaz de romper.

El modelo fue calibrado con datos del campo de gas de Groningen, en los Países Bajos, donde terremotos de hasta magnitud 3,6 sacudieron una zona de baja sismicidad natural, causando daños materiales, evacuaciones forzadas y un conflicto social prolongado. Según el estudio, la inactividad tectónica de la región —sus fallas llevan entre 30 y 65 millones de años sin moverse— explica por qué la extracción de gas tardó unas tres décadas en producir el primer sismo: ese período corresponde al tiempo necesario para que la presión de poro supere la resistencia acumulada por el endurecimiento.

Los registros globales no muestran un aumento real de terremotos, aunque la investigación reciente reveló que ciertas fallas consideradas inactivas pueden acumular fuerza durante millones de años y ceder ante una perturbación mínima
(Imagen Ilustrativa Infobae)

El segundo estudio, publicado en mayo de 2026 en AGU Advances por la Universidad de Pensilvania y el Istituto Nazionale di Geofisica e Vulcanologia (INGV), añadió una variable clave: el agua. Los experimentos de laboratorio mostraron que la presencia de fluidos activa una reacción química que endurece la falla de forma mucho más rápida que el envejecimiento friccional en seco. La falla se comporta como un capacitor: gana cohesión durante el reposo y la pierde abruptamente en la ruptura, liberando más energía de la que predeciría un modelo puramente friccional.

El tercero, publicado en el Geophysical Journal International en diciembre de 2025 por el Korea Institute of Geoscience and Mineral Resources (KIGAM), documentó un caso real en la península de Corea, una región estable a unos 700 kilómetros del límite entre placas. Tras un terremoto de magnitud 3,56 en Gyeryongsan en 2008, los autores identificaron una familia de sismos repetidos que surgió dos años después y persistió hasta 2019. El dato más revelador fue la variación de la tensión liberada por las fallas vecinas: partió de entre 0,3 y 0,9 megapascales justo después del sismo y escaló hasta 8,6 megapascales en 2021, indicando un período de recuperación de resistencia mucho más largo que en zonas de borde de placa. En regiones intraplaca, el endurecimiento puede durar décadas, no los dos o tres años típicos de zonas sísmicamente activas.

La diferencia entre riesgo geológico y registro histórico

Los tres estudios apuntan a una distinción clave que el debate público suele pasar por alto: la diferencia entre riesgo geológico y registro histórico. Una zona puede tener un historial de sismos escaso o nulo y, aun así, albergar fallas que acumularon resistencia durante millones de años de quietud tectónica. Que no figure en los catálogos no significa que sea inofensiva; significa que sus fallas no han tenido todavía la perturbación que las haga romper.

El agrupamiento de terremotos en pocos días, como en Colombia y Granada, puede ocurrir de forma natural y no implica una conexión entre eventos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esta distinción tiene consecuencias prácticas directas. La mayor parte de la infraestructura en regiones consideradas estables —como la Europa central, el interior de Australia o amplias zonas de Norteamérica alejadas del Cinturón de Fuego del Pacífico— se diseñó asumiendo que el pasado sísmico del lugar predice su futuro. Los estudios de Utrecht, Pensilvania y Corea sugieren que esa equivalencia puede fallar en zonas donde la inactividad fue muy prolongada y donde la actividad humana en el subsuelo introduce las perturbaciones que las fallas necesitaban para ceder.

El USGS y otros organismos reconocen desde hace años que la sismicidad inducida —provocada por actividades como la extracción de hidrocarburos, la inyección de aguas residuales o el almacenamiento de dióxido de carbono— ha elevado el número de terremotos en zonas históricamente tranquilas de Estados Unidos, particularmente en Oklahoma y Texas. Lo que la nueva generación de estudios aporta es un mecanismo físico que explica por qué esas perturbaciones, relativamente pequeñas, pueden desencadenar sismos de magnitud inesperada: las fallas ya venían cargadas.

El riesgo, zona por zona

Nada de lo anterior implica que el riesgo sísmico sea uniforme. Colombia se asienta sobre una de las zonas más activas del mundo: frente a su costa Pacífica, la placa de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana, generando terremotos profundos y de gran magnitud como el del 10 de agosto, que dejó más de 300 muertos, 4.600 heridos y cerca de 120.000 familias damnificadas en 15 departamentos. Granada y Murcia, por su parte, se ubican sobre el sistema de fallas Béticas, la cicatriz geológica de la colisión, todavía activa, entre las placas Africana y Euroasiática. Su sismicidad es moderada, pero real y recurrente.

La pregunta ante una tanda de terremotos en los titulares no es si el mundo tiembla más, sino dos más concretas: si se vive en una zona con riesgo sísmico conocido y, en ese caso, si existe preparación real para enfrentarlo. Esa preparación es, en última instancia, lo que determina cuántas vidas se pierden cuando la tierra se mueve.

El riesgo sísmico depende de la geología local, como la subducción de la placa de Nazca en Colombia y las fallas Béticas en Granada y Murcia (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por qué parece que hay más terremotos

Existen cuatro factores que explican la percepción de una escalada sísmica sin que el fenómeno geológico haya cambiado, y que conviven con las conclusiones de la ciencia reciente sobre fallas que sí estaban cargadas.

El primero es un sesgo de detección: catálogos como el ComCat del USGS registran cada año más sismos, no porque ocurran más, sino porque la red mundial de estaciones sismológicas se ha ampliado, captando réplicas y microsismos que antes pasaban desapercibidos. Un terremoto de magnitud 3 en pleno océano hace 50 años simplemente no quedaba registrado.

El segundo factor es la expansión demográfica. Más población vive en zonas sísmicamente activas, por lo que un mismo terremoto lo siente y lo reporta un número mucho mayor de personas que hace medio siglo.

El tercero es la hiperconexión mediática: un sismo de magnitud 4 en Murcia genera alertas en el teléfono, hilos en redes sociales y cobertura en directo en minutos. El sistema de alertas sísmicas de Android ya opera en 98 países; incluso los teléfonos llevan acelerómetros integrados que funcionan como sismógrafos.

El cuarto es el más contraintuitivo: el efecto de agrupamiento. Un proceso aleatorio, precisamente por serlo, no distribuye los eventos de forma uniforme en el tiempo; genera rachas, huecos y coincidencias que el cerebro humano tiende a interpretar como patrones. Que Colombia y Granada temblaran con pocos días de diferencia —con el saldo humano y material que eso implicó en cada lugar— no implica conexión geológica ni anuncia una escalada global; es el tipo de agrupamiento temporal que cualquier proceso aleatorio produce de forma natural, aunque sus consecuencias para quienes los vivieron sean todo menos abstractas.

Fuente: Infobae

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