Con el título original Tip Toe y adaptada al español como De puntillas, la producción hace alusión a la manera en que las personas de la comunidad LGTBIQ+ han tenido que desplazarse tanto en tiempos pasados como en el presente, cuando la homofobia resurge impulsada por el crecimiento de los extremismos.
Esta obra es el nuevo proyecto de Russell T. Davies, uno de los creadores más importantes del audiovisual contemporáneo, reconocido por series como Years and Years, It’s a Sin y Queer as Folk. Llegó a HBO Max (sin ser una producción original de la plataforma) casi tan silenciosamente como su propio nombre indica, a pesar de que se trata de la mejor ficción, la más sugerente y la que explora con mayor profundidad la naturaleza sombría de nuestra época en lo que va del año.
Compuesta por apenas cinco episodios, la historia comienza con una imagen impactante: un personaje aparece ahorcado en plena calle. Desde ahí, la trama retrocede diez días para mostrar cómo se llegó a ese punto, en un drama que coloca en el centro el miedo, la homofobia y la vida queer en el Reino Unido actual.
Vecino gay frente a vecino ultraconservador
La narrativa se desarrolla en torno a dos ejes. Por un lado, Leo, interpretado por un enorme Alan Cumming, dueño del bar Spit & Polish en Canal Street, Mánchester, y un activista histórico por los derechos homosexuales. Por el otro, Clive, un electricista de ideas conservadoras encarnado por David Morrissey, casado con Marie y padre de dos hijos: George, de 16 años, y Saul, de 25, quien lo ayuda cuando hay trabajo. Dos vecinos, dos visiones del mundo opuestas. Sin embargo, la serie evita caer en simplismos.
El primer encuentro entre ambos ocurre diez días antes del desenlace inicial. Leo queda fuera de su casa sin pantalones mientras persigue a un hombre con quien había pasado la noche y que le había robado su computadora portátil. Clive, su vecino, accede a regañadientes a dejarlo entrar para que llame a Stephanie, amiga de Leo y depositaria de las llaves.
A partir de ese momento, la serie despliega una cadena de conflictos estrechamente vinculada a la polarización ideológica que atravesamos hoy. Por un lado, el rechazo hacia los refugiados y la homofobia arraigada en los sectores más retrógrados; por otro, la identidad trans y los derechos LGTBI. Desde el primer episodio se acumulan asuntos de máxima actualidad que están incrustados en el subconsciente colectivo y que aparecen en los diálogos de forma tan precisa como reveladora.
Entre esos elementos encontramos a Stephanie, trabajadora de cuidados, que expone un discurso sobre un refugiado que se hace pasar por menor y al que el sistema de acogida prioriza; Zee, empleada trans del bar de Leo, amenazada por sus compañeros de piso polacos; y un artista drag que evita salir a actuar cuando aparece un alumno del colegio donde da clases.
Una obra sobre el odio hacia lo diferente
Asimismo, aparece Melba, amigo de Leo, que pronuncia uno de los parlamentos más duros acerca del retroceso de los derechos gays y la propagación del odio mediante las redes sociales. En ese mismo bloque, la serie introduce acusaciones vertidas en reseñas de internet contra Leo y conecta ese ambiente con una mayor legitimación de los ataques homófobos.
En Clive se concentra otra línea principal. Se presenta como un hombre que le pide trabajo a Leo mientras lo desprecia, sin saber que su hijo Saul mantiene una cuenta de OnlyFans dirigida a mujeres, pero abierta a cualquier suscriptor que pague, ni que George es gay y teme contárselo a sus padres por las represalias que podría sufrir.

No obstante, a pesar del modélico guion, nada de eso funcionaría sin las dos majestuosas interpretaciones de David Morrissey y Alan Cumming, quienes firman sendos trabajos de un nivel extraordinario en enfrentamientos cada vez más tensos. Mientras Peter Hoar (a cargo de la dirección), colaborador habitual de Davies en Nolly, It’s A Sin y Doctor Who, dirige la escalada dramática hacia un clímax difícil de soportar.
Y es que el temor que transmite la serie no pertenece al terreno de la ficción exagerada, sino a una experiencia reconocible para muchas personas queer en la sociedad contemporánea. Ese malestar se condensa en una frase de Melba:
“Antes entraba en una habitación y decía: ‘¡Tachán!’. Ahora voy de puntillas, por si acaso”.
Esa línea resume la idea de una obra que denuncia de forma frontal violencias y conversaciones públicas que siguen sin ocupar suficiente espacio.
Fuente: Infobae