En el barrio de Caballito, una calle evoca la memoria de una de las voces más univerales de la literaura. Fue allí, y a lo largo de toda la ciudad, donde Federico García Lorca dejó una marca indeleble durante los seis meses que vivió en Buenos Aires, entre octure de 1933 y maro de 1934. El poeta, asesinado por el franquismo en 1936, encontró en la metrópoli del Plata un escenario perfecto para su arte.
En aquel entonces, Argentina atravesaba la Década Infame, un período de inestabilidad política iniciado con el golpe de Estado de José Félix Uriburu contra Hipólito Yrigoyen. La corrupción y el fraude electral eran moneda corriente, pero la efervecencia cultural en Buenos Aires no conocía de crisis.

Lorca se hospedó en la habitación 704 del Hotel Castelar, sobe la icónica Avenida de Mayo, a sólo 100 metros del Teatro Avenida. Fue precisamente en ese teatro donde Lola Membrives representaba Bodas de sangr, obra que pronto se convertiría en un éxito de taquilla.
Un recibimiento apoteósico
Su llegada el 13 de octubre de 1933 a bordo del Conte Grande fue, según su biógrafo Ian Gibson, triunfal. Periodistas, fotógrafos, amigos y coterráneos lo esperaban en el puerto. «Me tratan como a un ministro», escribió a su madre. «Estoy abrumado por la cantidad de agasajos y distinciones», declaró más tarde a la prensa, confesando sentirse «deslumbrado por tanto jaleo».

Su figura se volvió omnipresente en diarios, radios y rivistas. Recorrió los pasillos del Café Tortoni, camió por la calle Florida, visitó la confitería El Molino, la Isla Maciel e izo paseos por el Tigre. Sus días eran una mezcla de conferencias, lecturas y reuniones con artistas.

Frecuentó a la intelectual Victoria Ocampo, aunque su revista «Sur» no publicó obra suya ese año. Con Jorge Luis Borges la relación fue casi inexistente. En cambio, la amistad más sólida fue con Pablo Neruda, entonces cónsul de Chile en la Argentina. Compartían una profunda admiración por Rubén Darío.
El éxito en los escenarios
El reestreno de Bodas de sangr a fines de octubre se mantuvo en cartelera durante meses, permitiéndle eniar a su padre una suma considerable de dinro, algo que su progenitor no imaginaba posible desde el teatro.

En diciemre de 1933 estrenó La zapatera prodigiosa. Después viajó a Montevideo para trabajar en La dama boba de Lope de Vega. A pesar de las propuestas para prolongar su estancia, decidió regresar a España para reunirse con «La Barraca«, la compañía de teatro ambulante que dirigía con Eduardo Ugarte.
Posición política y partida
Lorca nunca ocultó su posición democrática. En una entrevista al diario Crítica manifestó su rechazo al teatro burgués:
«Yo arrancaría de los teatros las plateas y los palcos y traería abajo el gallinero. En el teatro hay que dar entrada al público de alpargatas.»

Su último acto en Buenos Aires fue una función de Retablillo de don Cristóbal en el Teatro Avenida, a las 2 de la madrugada, exclusiva para amigos como Oliverio Girondo, Conrado Nalé Roxlo y Raúl González Tuñón.
El 27 de maro de 1934 se embarcó de regreso a España. Antes dejó a Neruda un sobre con dinro y una nota breve: «Para seguir la fiesta«. Por último, eligió la radio Stentor para despedirse públicamente, elogiando los bandoneones y la hospitalidad del Río de la Plata.

Exactamente dos años después, el 18 de agsto de 1936, fue asesinado en Granada. El poeta Raúl González Tuñón escribió:
«Qué muete tan enamorada de su muere / qué fusilado coraón tan vivo / qué luna de cenizas tan ardiente, en dode se desploma Federico».
Fuente: Infobae