No hay duda de que los mutantes representan hoy el activo más valioso de Marvel. Tras el cansancio general del público con sus producciones recientes y años de litigios legales para recuperar los derechos adquiridos gracias a la compra de Fox, estos personajes ofrecen a Marvel un vasto repertorio de historias e interacciones que podrían revitalizar su universo, especialmente cuando se avecina una renovación de franquicias clave como los Vengadores, Capitán América o Iron Man. En este contexto, X-Men ‘97 ocupa un lugar central dentro del ecosistema de la casa de las ideas.
La segunda temporada de X-Men ‘97 ha concluido, conectando los cabos sueltos de su predecesora y cerrando algunas puertas recién abiertas. No obstante, el principal defecto de esta entrega es intentar abarcar demasiado sin otorgar suficiente peso a cada tema, lo que genera una sensación de vaguedad narrativa.

En estos tres episodios finales, que funcionan casi como una continuación directa de la primera temporada, presenciamos la concreción del plan de Apocalipsis para utilizar a Gambito y las repercusiones que esto tiene, no solo para el personaje, sino también para la percepción de Apocalipsis como villano y para cada uno de los X-Men.
Además, los X-Men finalmente se reúnen para ofrecer episodios conclusivos en grupo, después de haber estado divididos en distintas facciones durante toda la temporada. El equipo actual es mucho más numeroso que al inicio de la primera temporada, y la academia X-Men ha sido restaurada, lo que sugiere que en futuras entregas se integrarán aún más de estos queridos personajes.

El problema central de estos episodios, que se arrastra desde el inicio de la temporada, es la falta de un hilo conductor claro que unifique los acontecimientos. Los primeros tres episodios se enfocan en Apocalipsis, para luego dar paso a una serie de episodios individuales cuyas consecuencias poco tienen que ver con lo visto anteriormente. El tratamiento de Wolverine es deficiente, la secuencia de Polaris está sobre-desarrollada sin un propósito claro. Finalmente, tres episodios que son más una secuela de la primera temporada que una continuación del desarrollo actual.
Por supuesto, siempre se pueden sembrar semillas para cosechar después, y la tercera temporada podría aprovechar mucho de lo aquí planteado. Sin embargo, desde un punto de vista narrativo, esta temporada deja un sabor a poco en comparación con su potencial. Todas las premisas son interesantes: el dilema de Wolverine, la construcción familiar de Cyclops y Jean, el duelo del Profesor X, la nostalgia de Rogue. Pero ninguno de estos temas recibe suficiente tiempo en pantalla o una resolución que justifique su presentación.

Es cierto que el episodio final de la temporada impacta con fuerza, combinando acción y emoción en igual medida, y posiblemente represente el punto más alto de la temporada. Aun así, la consistencia general fue superior en el regreso de la serie que en esta profundización temática. Las bases que sienta esta segunda temporada son más sólidas para que la tercera tenga una libertad creativa mayor, a diferencia de este arco contra Apocalipsis que, literalmente, es una secuela.
Me quedo con la primera temporada de X-Men ‘97, que se sintió como una idea fresca alrededor de una historia ocurrida hace 30 años. Fue un all in directo a la nostalgia de uno de los mejores grupos de superhéroes audiovisuales, y la libertad creativa total con la que se manejó fue lo que la hizo conectar tanto.
En cambio, esta temporada parece no haber querido dar tiempo de desarrollo a ninguno de esos temas. No hay grandes arcos de personajes individuales, y los que intentan existir, como la relación entre Cable y sus padres o las consecuencias de lo que le sucede a Gambito para Rogue, terminan siendo tratados en minutos y con poco detalle. Comparada con la temporada anterior, donde cada capítulo era una aventura solitaria dentro de un recorrido mayor, todo se siente demasiado simple. Esperemos que la tercera temporada se asemeje más a la primera.
Fuente: Infobae