Sequía en Roma revive la lucha de Frontino contra el robo de agua en el Imperio

Esta semana, la sequía ha reducido nuevamente el nivel del Tíber hasta dejar al descubierto los bloques de piedra del conocido como Puente de Nerón, una estructura de casi 2.000 años que normalmente permanece sumergida cerca de la Basílica de San Pedro. El caudal del río ha caído por debajo de los 80 metros cúbicos por segundo, es decir, la mitad del promedio histórico para este mes de julio. Giovanni Giganti, coordinador del servicio de protección civil de Roma, calificó la situación como “una crisis hídrica grave”. Lo que muchos turistas que hoy fotografían las ruinas ignoran es que Roma enfrenta este mismo problema desde hace más de dos milenios.

El primer acueducto de la urbe, el Aqua Appia, se construyó en el año 312 a.C. precisamente porque el Tíber ya no abastecía a una ciudad en expansión. Sus aguas, contaminadas por los desagües de una ciudad que crecía sin control, se volvieron imbebibles. La respuesta romana fue monumental: a lo largo de los siglos siguientes se edificaron once acueductos que, según estimaciones modernas basadas en los cálculos del ingeniero Sexto Julio Frontino, suministraban entre 520.000 y un millón de metros cúbicos de agua al día para una población de aproximadamente un millón de habitantes.

El problema no era técnico, sino humano

En el año 97 d.C., el emperador Nerva nombró a Frontino comisario de aguas, cargo equivalente al de un ministro de infraestructuras hidráulicas en la actualidad. Lo que Frontino descubrió al asumir el puesto quedó registrado en su tratado De Aquaeductu Urbis Romae, el documento técnico más antiguo sobre gestión del agua que se conserva. El panorama era desolador.

Las ruinas del antiguo Puente de Nerón en el Río Tíber en Roma, el 13 de agosto del 2026. (AP foto/Gregorio Borgia)

“Los propietarios de tierras por cuyos campos discurren los acueductos perforan los canales, de modo que los cursos de agua públicos quedan paralizados por ciudadanos privados, para regar sus jardines”

, escribió Frontino. El robo de agua era tan sistemático que el comisario describió una práctica que él mismo denominó “punción”: tuberías clandestinas instaladas bajo los adoquines de las calles que desviaban el agua hacia negocios y viviendas particulares a lo largo de toda la red.

“He descubierto que estas tuberías suministraban agua mediante ramificaciones especiales a todos los que se dedicaban al comercio en las zonas por las que pasaban”

, anotó Frontino en su informe al Senado.

El Acueducto de Almuñécar, en Granada (Adobe Stock).

La corrupción involucraba incluso a los propios funcionarios. Los aquarii, aguadores del Estado, vendían el agua sobrante de los depósitos de distribución en lugar de devolverla a la red. Cuando un derecho de agua cambiaba de titular, los empleados dejaban la tubería antigua conectada y cobraban por ella de forma clandestina mientras instalaban una nueva. Frontino calculó que una parte sustancial del agua que ingresaba a Roma nunca llegaba a sus destinatarios legales, aunque la medición exacta era imposible porque el sistema romano medía el suministro por la sección transversal de la tubería, no por el volumen real de flujo, un fallo de diseño que facilitaba el fraude estructuralmente.

Veranos críticos y agua turbia

Las consecuencias se sentían con mayor dureza en los meses de calor. Los acueductos que captaban agua directamente de ríos, como el Anio Novus, llegaban a Roma con el agua turbia y de color marrón tras las lluvias torrenciales del verano mediterráneo. El Aqua Claudia, uno de los más valorados por la calidad de su agua, “falló en varias ocasiones” a lo largo de su historia. En los barrios más alejados de los grandes castella (depósitos elevados que regulaban la presión), el suministro podía interrumpirse por completo durante días.

El río Tíber en Roma se ilumina con los últimos rayos del sol al caer la tarde, ofreciendo una vista tranquila y pintoresca durante un viaje memorable.

El Tíber, al que los romanos habían abandonado como fuente de agua potable precisamente por su contaminación, no era una alternativa. Las cloacas de la ciudad, incluida la Cloaca Máxima, desembocaban directamente en el río. Un estudio publicado en 2014 en las actas de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos midió la concentración de plomo en los sedimentos del lecho del Tíber y del puerto imperial de Ostia, y concluyó que el agua de la red de distribución romana contenía hasta 100 veces más plomo que el agua de los manantiales naturales que abastecían los acueductos, debido a la extensa red de tuberías de ese metal.

Para combatir estos abusos, Frontino impuso multas de 100.000 sestercios a quien contaminara los canales o permitiera que sus esclavos lo hicieran, y de 10.000 sestercios por dejar crecer árboles lo bastante cerca de un acueducto como para que sus raíces dañaran la estructura. Ordenó inspecciones regulares de los nueve acueductos entonces operativos, midió personalmente las discrepancias entre el agua captada y el agua entregada, y publicó sus conclusiones con nombres y métodos. La transparencia era, en su concepción, la principal herramienta contra el fraude.

La arqueóloga Antonella Bonini señaló que la estructura expuesta por la sequía de 2026 data probablemente del reinado del emperador Calígula, hacia el año 39 d.C., aunque el nombre popular de “Puente de Nerón” se ha impuesto en la tradición local. Los restos son visibles por última vez desde 2022, cuando una sequía similar dejó el río en niveles igualmente bajos. La última vez que el Tíber registró un caudal semejante fue, precisamente, aquel verano.

Fuente: Infobae

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