Una imagen se repite en innumerables hogares: un niño o adolescente con el teléfono en la mano. Le piden que lo suelte; se molesta, promete reducir el uso y al día siguiente la historia se repite.
La explicación más común apunta a la falta de autocontrol. Se dice que el joven debería gestionarse mejor; los padres, imponer normas; la escuela, enseñar un uso responsable de las pantallas. Todo esto es válido, pero ignora al protagonista más influyente: quien creó una tecnología diseñada precisamente para que sea difícil dejarla.
Este debate ha cobrado recientemente una relevancia jurídica sin precedentes. En agosto de 2026, un tribunal estatal de Nuevo México ordenó a Meta destinar 567 millones de dólares a un fondo de reparación por daños a la salud mental de menores. A esta cantidad se suman otros 375 millones impuestos en el mismo juicio, elevando el total a 942 millones. La sentencia también estableció, por un período de cinco años, medidas supervisadas judicialmente para Facebook e Instagram, como límites de uso para menores, restricciones a notificaciones nocturnas y controles más estrictos de edad y privacidad.
Este caso plantea una pregunta fundamental: ¿hasta qué punto es ético diseñar un sistema cuyo objetivo es maximizar el tiempo que el usuario pasa dentro de la plataforma?
Ya en los años 70, Herbert Simon señaló que la abundancia de información genera escasez de aquello que la consume: nuestra atención. Esta observación sobre la sociedad informacional se convirtió en un modelo económico donde la atención es un recurso que se captura, mide, predice y monetiza.
Por esto, una persona no solo encuentra contenidos en una pantalla, sino una arquitectura pensada para la interacción: reproducción automática, desplazamiento infinito, recomendaciones personalizadas, notificaciones, recompensas intermitentes y métricas sociales. Cada función por separado puede tener un uso legítimo, pero el problema surge cuando su combinación se optimiza para alargar la conexión o provocar respuestas impulsivas, sobre todo en niños y adolescentes.
Ante esto, la Unión Europea ha desplazado el foco del contenido hacia el diseño. El Digital Services Act prohíbe ciertas prácticas manipuladoras y obliga a las grandes plataformas a evaluar y mitigar riesgos sistémicos, incluidos los relacionados con el bienestar físico y mental. Además, exige que las plataformas accesibles para menores adopten medidas para proteger su privacidad, seguridad y bienestar. La Comisión Europea, a través de su DG CONNECT, desarrolló y publicó esta obligación en la Comunicación C/2025/5519. En febrero de 2026, emitió un dictamen contra TikTok por no evaluar ni mitigar adecuadamente los riesgos asociados a funciones como el desplazamiento infinito, la reproducción automática, las notificaciones y las recomendaciones personalizadas.
El cambio de perspectiva es notable. Durante años hemos discutido qué contenido muestran las redes. Ahora debemos preguntarnos qué hacen con nosotros mientras nos muestran algo, porque cuando la libertad comienza a ser diseñada, surge una cuestión ética.
La autonomía es uno de los grandes principios de la ética contemporánea. Respetar a una persona implica reconocerla como un agente capaz de decidir sobre su propia vida. Pero la autonomía no se limita a que alguien pueda presionar un botón voluntariamente.
Una decisión puede ser formalmente libre y, sin embargo, producirse en un entorno construido para influir persistentemente en la conducta. Las ciencias del comportamiento llevan décadas estudiando cómo la arquitectura de una decisión puede orientar elecciones sin prohibir alternativas. Richard Thaler y Cass Sunstein popularizaron esta idea con el concepto de nudge o empujón. La cuestión ética aparece cuando ese conocimiento deja de usarse para facilitar decisiones beneficiosas y se emplea para maximizar el tiempo de permanencia, la interacción o la rentabilidad.
Por supuesto, no toda persuasión es manipulación, ni todo uso prolongado es adicción. Hay que diferenciar entre una influencia visible y reversible, y un diseño opaco que explota vulnerabilidades previsibles y dificulta alejarse de la pantalla. Esto ocurre porque la rentabilidad depende de la atención y actividad del usuario; por tanto, existe un incentivo estructural para que no se vaya. Esto no demuestra una conducta ilegal, pero justifica examinar los diseños y sus efectos previsibles sobre los menores.
Surge entonces una asimetría difícil de ignorar. Empresas con enormes volúmenes de datos, especialistas y capacidad de análisis, frente a un niño de doce años a quien le pedimos autocontrol, como si el límite debiera recaer sobre quien tiene menos información y poder.
Y aunque lo sabemos, solemos situar el límite en el usuario vulnerable. Al adolescente le decimos “contrólate”; a la familia, “vigilá”; a la escuela, “educá”. Pero rara vez nos preguntamos cuál es el deber de quien posee la mayor capacidad de influir.
Esta cuestión se conecta directamente con lo que he desarrollado desde hace años como “Ética del Límite”. El límite ético no es simplemente una prohibición, sino la capacidad de reconocer que poder hacer algo no equivale a estar legitimado para hacerlo.
Una tecnología podría lograr que permanezcamos más tiempo conectados y un algoritmo podría conocernos mejor. La pregunta ética es cuánto debería usarse ese poder para influir sobre nosotros. El límite comienza donde la capacidad encuentra una responsabilidad.
Esto no implica prohibicionismo ni ingenuidad tecnológica. Las redes sociales permiten comunicarnos, acceder a información, construir comunidades, trabajar, aprender y participar en el debate público. Una política pública sensata no puede partir de la nostalgia de un mundo anterior a Internet.
Padres, educadores y usuarios tenemos deberes. Pero reconocerlos no permite ignorar la responsabilidad empresarial ni dejar a las familias como única barrera frente a sistemas diseñados por organizaciones con recursos muy superiores.
En Argentina, este año se presentó un proyecto de Ley de Protección y Uso Responsable de Redes Sociales en Niños, Niñas y Adolescentes, que propone prohibir, como regla general, la habilitación de cuentas a menores de 13 años, con excepciones basadas en el interés superior del niño, y exigir el consentimiento de sus responsables parentales para adolescentes entre 14 y 16 años. Aunque su aplicación plantea dudas sobre verificación etaria, privacidad, proporcionalidad y paternalismo estatal, reducir el debate a “prohibir o no prohibir las redes sociales” es insuficiente. El desafío regulatorio consiste en articular límites etarios con obligaciones de seguridad y privacidad desde el diseño, para que las características de las plataformas sean compatibles con los derechos y la especial vulnerabilidad de los menores.
La bioética ha protegido principalmente el cuerpo mediante el consentimiento informado, protocolos para investigación médica, etc. La revolución digital obliga a ampliar ese mapa, protegiendo también las condiciones de la autonomía, entre ellas la capacidad de dirigir la atención, ya que quien la controla puede influir sobre nuestros deseos, preferencias, emociones, consumo y percepción del mundo. Shoshana Zuboff describió este fenómeno como capitalismo de vigilancia, donde la experiencia humana se convierte en materia prima para anticipar y modificar conductas.
Quizás ha llegado el momento de hablar de una bioética de la atención. Una ética que no considere la atención un recurso infinitamente apropiable. Que no confunda persuasión tecnológica con consentimiento. Que reconozca la diferencia entre influir sobre un adulto o sobre una personalidad en formación. En resumen: cuanto mayor es el poder de intervenir en la conducta del otro, mayor debería ser el deber de autolimitarse.
Ese principio vale para un Estado, un médico, una empresa y también un algoritmo. El debate no se limita a preguntarnos cuánto tiempo deberían pasar nuestros hijos frente a una pantalla, sino cuánto poder estamos dispuestos a permitir que una plataforma ejerza para que no puedan apartarse de ella.
Durante años hemos pedido a los usuarios que pongan el límite. Tal vez haya llegado el momento de exigírselo también a quienes diseñan aquello que resulta tan difícil dejar.
Fuente: Infobae