La historia de Noemí “La Tana” Alan es un viaje vertiginoso desde la pobreza de un conventillo en La Boca hasta el estrellato televisivo en los años 80, y luego un derrumbe brutal por una foto que nunca debió ser pública. En una entrevista íntima con Luis Novaresio para el programa La vida después, la actriz repasa sin filtros su infancia violenta, el ascenso meteórico, la adicción a la cocaína, el ostracismo mediático y la dura reconstrucción personal.
Alan recuerda su niñez en un barrio humilde de la Costanera Sur, con un padre alcohólico y golpeador. “De chica la pasé muy mal”, confiesa. La separación de sus padres cuando ella tenía diez años fue un alivio. Su timidez la llevó al teatro, consiguiendo una beca con Carlos Gandolfo y luego formándose con Lito Cruz y Carlitos Moreno. Un día, unas amigas la llevaron a conocer a Porcel, quien le dijo: “Mañana debutás en la revista”. Ella se negó a mostrar el cuerpo, así que la derivaron con Juan Carlos Calabró, el humor blanco. Allí hizo un casting y quedó para una película, y luego trabajó cuatro años sin contrato fijo en su programa.

El éxito llegó con las frases icónicas “¿Facciamo il reportaggio?” y “La tanguita, la próxima semanita”. La fama fue arrolladora: la gente lloraba al verla, las salidas de teatros y canales eran un bullicio. Aceptó algunas propuestas indecentes, como la de un multimillonario casado que la sacó de Villa del Parque y la llevó a vivir a Palermo, comprándole un piso en Libertador. Ese dinero le permitió darle un departamento a su madre.
Pero el brillo tenía sombras. Alan confiesa que empezó a consumir cocaína en el éxito. “Nunca compré, me la regalaban… Era una forma de tenerme agarrada”, explica. Lo que comenzó como diversión terminó en un horror que la llevó a internarse dos veces. Dejó la droga un año antes de quedar embarazada de su hija, hace más de 38 años.

El golpe más duro llegó cuando, en un acto benéfico para excombatientes de Malvinas, se tomó una foto grupal. Sin saberlo, junto a ella estaba Jorge “El Tigre” Acosta, un represor de la dictadura. La imagen fue publicada recortada, mostrándola solo a ella con la gorra de Acosta. La revista Fontevecchia la usó para perjudicar al productor Gerardo Sofovich. “Me pusieron a mí como para cagarlo, pero me cagaron a mí”, denuncia. A partir de ahí, recibió amenazas, le prohibieron la entrada a canales y ningún medio le permitió explicar la verdad.
“Pasé unos momentos horribles. Me prohibieron en todos lados, ningún canal me dejaba explicar la realidad: de dónde venía esa foto o cómo había sido”.
Ninguno de sus compañeros que estaban en la foto la respaldó públicamente. Su imagen quedó destruida en el ambiente y perdió el trabajo. Tuvo que vivir de ahorros, pero logró rehacerse haciendo papeles dramáticos en novelas.

En lo personal, Alan también enfrentó tragedias. Su hermano murió incendiado dentro de su departamento, y ella nunca supo la verdad. Ese hecho ocurrió el día de su cumpleaños, por lo que dejó de celebrarlo. “Siento que él está bien, que está tranquilo ya”, dice. También se reencontró con su padre alcohólico y abusivo, a quien ayudó en sus últimos años, aunque sin llegar a abrazarlo. “Nunca lo perdoné del todo, pero mi conciencia quedó tranquila de que los últimos años de su vida la pasó bien”, relata.
Hoy, con 68 años, Noemí Alan mira hacia atrás y asegura que sigue rearmándose. Su historia es un recordatorio de cómo el éxito puede desvanecerse por una injusticia, y de cómo la resiliencia permite reconstruirse desde el silencio.

Fuente: Infobae