En la apacible localidad de Henley-on-Thames, donde la vida privada solía convertirse en rumor público, la muerte de Francis Blandy comenzó atribuyéndose a una enfermedad. Era el verano de 1751 y este respetado abogado, quien había sido funcionario municipal, padecía intensos dolores de estómago, vómitos y un deterioro físico alarmante. Sin embargo, en su propio hogar algo no encajaba: los síntomas se repetían y las sospechas apuntaban a la comida que llegaba a su mesa. La respuesta apareció en forma de un polvo blanco: arsénico. Y detrás de esa sustancia estaba la persona menos esperada: Mary Blandy, su única hija.
Ella confesó haberle administrado el polvo a su padre, aunque sostuvo que creía que era una poción para cambiar la opinión de Francis sobre el hombre que amaba. Ese hombre, William Henry Cranstoun, era un oficial escocés casado. El caso terminó con Francis muerto, Mary condenada por asesinato y una ejecución pública que se convirtió en uno de los grandes escándalos criminales de la Inglaterra del siglo XVIII.

Una historia marcada por el amor prohibido
Mary Blandy nació en 1720, hija única de Francis Blandy y Mary Stevens. Su padre gozaba de una posición respetable en Henley-on-Thames; no era aristócrata, pero tenía solvencia económica y prestigio social. Mary creció en un hogar confortable y recibió una educación inusual para las mujeres de su época. Era considerada inteligente y culta, y su padre depositó grandes expectativas en ella. Francis deseaba verla casada convenientemente, pero Mary no se interesaba en cualquier matrimonio: quería casarse con William Henry Cranstoun. Y Francis se opuso rotundamente. La razón no era solo que el hombre fuera escocés, sino algo más grave: Cranstoun ya estaba casado.
Mary conoció a Cranstoun hacia 1746. Él era oficial del Ejército, pertenecía a una familia de cierta importancia y era hijo de William Cranstoun, quinto Lord Cranstoun. Para Mary, la relación se volvió algo más que un romance pasajero, y Cranstoun comenzó a frecuentar la casa de los Blandy. Durante un tiempo, incluso Francis pareció aceptar la posibilidad del matrimonio. La madre de Mary fue más comprensiva con los deseos de su hija. En 1749, cuando la salud de la señora Blandy se deterioró, madre e hija viajaron a Londres para consultar médicos. Allí Cranstoun continuó visitándolas hasta que la madre falleció el 30 de septiembre de 1749.
La situación se complicó con la aparición de Anne Murray, la esposa legítima del militar, con quien se había casado en 1745. La existencia de esta mujer convirtió el romance en un problema serio. Cranstoun intentó resolverlo pidiéndole a su esposa que aceptara la separación y renunciara a sus derechos matrimoniales, pero ella se negó. El asunto trascendió el ámbito privado. El padre le prohibió a Mary mantener la relación, pero ella continuó viendo a Cranstoun a escondidas. Y en algún momento apareció el veneno, el polvo blanco.
La versión de Mary fue clave para el caso: sostuvo que Cranstoun le había enviado la sustancia y le hizo creer que era una poción capaz de hacer que su padre cambiara de opinión y aceptara el matrimonio. Admitió haber puesto dicha sustancia en alimentos y bebidas destinados a Francis, pero negó comprender que administraba un veneno mortal. La explicación era difícil de sostener: el arsénico se administró en pequeñas cantidades durante un período prolongado, y Francis comenzó a enfermar con dolores cada vez más intensos. Algunos sirvientes que consumieron restos de alimentos también sufrieron problemas, aunque se recuperaron.
Las coincidencias generaron sospechas. La casa de los Blandy se convirtió en el escenario de una posible intoxicación. Cuando el estado de Francis empeoró, Mary recurrió al médico Anthony Addington, quien observó los síntomas y sospechó un envenenamiento. Addington examinó sustancias halladas en la casa, y Mary intentó deshacerse de parte del polvo. Ese gesto fue crucial: una persona que trabajaba en la casa conservó una muestra. El análisis reveló arsénico. En aquella época la toxicología era rudimentaria, pero el arsénico provocaba síntomas compatibles con enfermedades gastrointestinales graves y, administrado en pequeñas dosis, mataba lentamente.

El descubrimiento de la verdad
El caso se transformó en una investigación criminal. Francis, en su lecho de muerte, comprendió que quizá no moría de una enfermedad. La tensión entre él y su hija llegó al límite. Los relatos de aquellos últimos momentos difieren en detalles, pero hay un elemento recurrente: Francis sospechó que Mary lo había envenenado. Aun así, no reaccionó con condena, sino que expresó preocupación por el destino de su hija, intentando evitar que se destruyera con sus actos.
El viernes 14 de agosto de 1751, Francis Blandy murió. Había sufrido durante meses. La causa fue envenenamiento con arsénico. Mary quedó bajo sospecha. El romance con Cranstoun salió a la luz; las cartas entre ambos alcanzaron enorme importancia. El pueblo de Henley-on-Thames descubrió que detrás de aquella muerte se escondía una historia de amor, dinero, engaños y veneno. Cranstoun, temiendo quedar involucrado, huyó. La relación que había llevado a Mary a enfrentarse con su padre se desmoronó justo cuando ella más necesitaba a su amante.
Tras la muerte de Francis, se realizó una investigación. Los testimonios de los empleados de la casa fueron decisivos: habían visto comportamientos extraños y sustancias sospechosas, y algunos enfermaron tras consumir alimentos allí. Existían restos del polvo identificado como arsénico. Mary fue detenida y trasladada a Oxford Castle. Su caso adquirió enorme repercusión: no era una criminal cualquiera, sino una mujer joven, de buena familia y hasta entonces considerada respetable. Además, una circunstancia convertía el caso en material perfecto para la prensa: la acusada sostenía que había amado a un hombre y ese amor la llevó a participar en la muerte de su propio padre.
En el siglo XVIII, los juicios criminales solían transformarse en espectáculos públicos. El de Mary Blandy no fue la excepción. El proceso se desarrolló en Oxford Assizes, en marzo de 1752. El 2 de marzo, el gran jurado formuló la acusación; al día siguiente comenzó el debate. Los jueces fueron Heneage Legge y Sir Sydney Stafford Smythe, barones del Tribunal de Hacienda. La acusación presentó elementos que buscaban demostrar que Mary había administrado deliberadamente arsénico a su padre.

El testimonio del médico y el juicio
Uno de los testimonios más importantes fue el del médico Anthony Addington, quien explicó los síntomas observados y vinculó la enfermedad con el envenenamiento. También se presentaron las sustancias sospechosas y testimonios de personas que habían presenciado lo ocurrido en la casa. El caso fue especialmente llamativo porque fue una de las primeras grandes causas inglesas donde las evidencias médicas relacionadas con un envenenamiento tuvieron un papel tan relevante.
Para el tribunal, la suma de evidencias resultó suficiente. Uno de los grandes interrogantes fue si Mary realmente creyó que suministraba una poción de amor, como argumentó. Ella insistió en que recibió de Cranstoun una sustancia destinada a conseguir la aprobación de su padre. Pero la acusación sostenía una interpretación más oscura: Cranstoun tenía un interés evidente en que Francis desapareciera. Si Mary heredaba la fortuna familiar, el matrimonio podía ser económicamente beneficioso. El padre había hablado de una dote considerable, aunque la fortuna real era menor de lo que se decía. El oficial no solo tenía esposa, sino que enfrentaba problemas económicos. La desaparición de Francis podía solucionar varios obstáculos de una sola vez.

Condena y ejecución
La pregunta que circulaba era si Mary había sido engañada o si sabía perfectamente lo que hacía. El jurado no tuvo dudas y la declaró culpable de asesinato. La sentencia fue la prevista para ese crimen en la Inglaterra del siglo XVIII: muerte en la horca. Mary no logró escapar de la condena.
Mientras esperaba la ejecución, Cranstoun ya estaba fuera de Inglaterra. Había escapado. La acusación contra él no desapareció; las autoridades querían localizarlo por su posible participación en el envenenamiento, pero nunca enfrentó un juicio comparable al de Mary. El hombre por quien ella había puesto en marcha aquella cadena de acontecimientos la abandonó cuando comprendió que el caso podía costarle la libertad. Cranstoun murió en Francia en diciembre de 1752, pocos meses después de la ejecución de Mary, en circunstancias de pobreza. La historia tuvo una ironía final: el romance por el que Mary desafió a su padre no terminó en matrimonio, sino con ella en la horca y con él huyendo al extranjero.
El 6 de abril de 1752, Mary Blandy fue conducida al lugar de ejecución en Oxford. Tenía 30 años. La multitud se reunió para presenciar la muerte de la mujer que había conmocionado a Inglaterra. Pero el caso no desapareció: continuó alimentando libros y relatos durante generaciones, quedando instalado en la memoria criminal británica para siempre.
Fuente: Infobae