Un joven regresaba a su hogar por un sendero polvoriento en las cercanías de Mbale, una aldea en Uganda, cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza. Pensó que era una piedra lanzada por alguien, pero jamás imaginó que aquella roca había viajado desde el espacio exterior. El objeto, de apenas tres gramos, no le causó una lesión grave porque su caída fue amortiguada por una hoja de banano antes de chocar contra su cabeza descubierta. Este suceso habría pasado desapercibido si no se tratara de un fragmento de meteorito. Al mediodía del 14 de agosto de 1992, cientos de pequeñas piedras cayeron sobre esa región de Uganda, fenómeno que fue bautizado como “la lluvia de meteoritos de Mbale” y que atrajo la atención de astrónomos y geólogos.
Los científicos determinaron que la masa original del meteorito rondaba los mil kilos, pero afortunadamente se desintegró a unos 25 kilómetros de altura, dispersando sus fragmentos en un área de 28 kilómetros cuadrados. La piedra más grande pesaba 27,4 kilos y, por suerte, no impactó a nadie. Las más pequeñas, de apenas un gramo, fueron las que causaron revuelo. Una de ellas, de las más diminutas, fue la que dio en la cabeza del niño de Mbale.
La historia del menor ugandés tuvo una efímera repercusión mediática, pues es noticia que un meteorito —por más pequeño que sea— caiga sobre una persona y que esta sobreviva para contarlo. De hecho, este es el segundo caso del que se tiene registro fehaciente de un ser humano golpeado por una roca espacial que resultó ileso.
En su libro Estrellas fugaces, una guía sobre meteoros y meteoritos, el astrónomo y divulgador Michael Reynolds estimó: “Existen más posibilidades de ser golpeado por un tornado, un rayo y un huracán, todo al mismo tiempo, que de ser impactado por un meteorito. Las chances de que un ser humano reciba el impacto de un meteorito son de uno en alrededor de 160 millones”. Este cálculo resulta tranquilizador, pues es una posibilidad ínfima, mucho menor que la de sufrir un accidente de tránsito, un choque de trenes o la caída de un avión. Sin embargo, ocurre porque cada día caen meteoritos sobre la Tierra sin provocar catástrofes, ya que son pequeñas rocas infinitamente más diminutas que la que extinguió a los dinosaurios o la que cayó en Siberia en 1908, liberando una energía equivalente a mil bombas atómicas.

Relatos y supersticiones
Desde la antigüedad circulan historias y leyendas sobre cuerpos celestes que han impactado sobre personas, aunque la mayoría son imposibles de verificar. Un trabajo relevante fue publicado en 1994 por tres científicos de la NASA, encabezados por Kevin Yau, quienes analizaron miles de documentos históricos chinos escritos entre el año 800 a.C. y 1920. En unos trescientos se mencionan meteoritos y en siete de ellos se registraron muertes causadas por estos.
Uno de esos documentos relata que el 14 de enero del año 616, una decena de soldados se encontraba en un campamento del rebelde Lu Ming-yueh cuando un meteorito derribó una de sus torres y los aplastó. Otro, de alrededor de 1341, menciona “una lluvia de hierro” que mató a personas y animales en la provincia de Yunnan. Un tercer registro indica que entre febrero y marzo de 1490 “cayeron piedras como lluvia” en el distrito de Ching-yang, provincia de Shansi, y mataron a más de diez mil personas, un dato que probablemente tiene más de mito que de realidad.
La Meteoritical Society también ha recopilado testimonios sobre posibles caídas de meteoritos que han impactado a seres humanos. Uno de estos documentos, escrito por un monje, narra un suceso ocurrido en 1667 en el monasterio de Santa María, en Milán (donde se encuentra el mural La última cena de Leonardo da Vinci), cuando una piedra caída del espacio golpeó a uno de los religiosos que vivían allí. El texto describe cómo un monje murió desangrado tras ser alcanzado en el muslo por lo que podría haber sido un meteorito: “Los demás monjes se apresuraron hasta el que había sido golpeado, tanto por curiosidad como por lástima (…). Todos ellos examinaron el cuerpo cuidadosamente para descubrir los efectos más secretos y decisivos del choque que había recibido; encontraron que había ocurrido en uno de sus muslos, donde percibieron una herida ennegrecida por la gangrena o por la acción del fuego. Impulsados por la curiosidad, agrandaron la apertura para examinar su interior; vieron que había penetrado el hueso, y les sorprendió mucho encontrar en el fondo de la herida la piedra redonda que la había provocado, y que había matado al monje de una manera igual de terrible e inesperada”.
La piedra de la discordia
Si bien constan en documentos antiguos, todos esos casos son imposibles de comprobar, a diferencia del del niño de Mbale, que es rigurosamente cierto y cuenta con pruebas tangibles: algunas de las piedras de esa “lluvia celeste” y un extenso registro fotográfico del fenómeno se exhiben aún hoy en el Museo Nacional Holandés de Historia Natural. Lo que se desconoce es el nombre del protagonista. Quizás por ocurrir en África, ninguna de las crónicas de los medios occidentales difundió la identidad del chico, como sí ocurrió con el primer caso de una persona que sobrevivió al impacto de un meteorito, ocurrido unos cuarenta años antes en Estados Unidos y que fue mucho más espectacular, tanto que fue estudiado por expertos de la Fuerza Aérea.

La tarde del 30 de noviembre de 1954, la señora Ann Hodges, entonces de 34 años, dormitaba la siesta en un sillón del living de su casa en Sylacauga, un pequeño pueblo rural de Alabama, cuando una piedra extraterrestre del tamaño de un pomelo cayó del cielo, rompió el techo de la vivienda y le dio directamente en la panza. La crónica publicada al día siguiente por el diario regional Decatur Daily News relata que la tarde anterior los vecinos de Sylacauga observaron un extraño espectáculo en el cielo, “una luz rojiza brillante, como una vela romana que deja una estela de humo”, y muchos creyeron que asistían a la caída de un avión incendiado. Otros describieron “una bola de fuego” y relataron que se escuchó una tremenda explosión, seguida de una nube marrón.
El avistamiento causó alarma entre los pobladores, pero Ann Hodges no se enteró de nada porque en ese momento dormía su habitual siesta. El reloj marcaba las 16:46 cuando el meteorito se estrelló contra el techo de la casa donde la mujer vivía con su madre y su marido. “El meteorito bajó por el techo de la sala de estar y rebotó en una radio de consola de pie que estaba en la habitación y aterrizó en su cadera”, precisa la crónica, y agrega: “Ann Hodges estaba durmiendo la siesta en el sofá de su salón y estaba debajo de una manta, lo que probablemente le salvó la vida en cierto modo”.

Al sentir el impacto de la piedra, la durmiente Ann se despertó sobresaltada y vio que la sala estaba llena de humo y escombros. Gritó y fue socorrida por su madre, que estaba despierta en otra habitación y se había llevado el susto de su vida al escuchar el golpe contra el techo. Lo primero que vio al entrar al salón fue un agujero en el techo, la radio destrozada y a Ann todavía en el sofá, tomándose el vientre. También vio algo extraño junto al sofá: una piedra negra del tamaño de un pomelo. La madre llamó a una ambulancia que llevó a Ann al hospital, donde le sacaron la foto que la inmortalizó cuando fue publicada por la revista Time. Allí se ve a Ann en la cama, con el vientre semi descubierto, donde se observa el enorme hematoma que le provocó el impacto del meteorito.
La Fuerza Aérea estadounidense estudió el objeto y descartó de inmediato que se tratara de algún proyectil desconocido. Lo que había caído del cielo era el fragmento de un meteorito de 3,8 kilos, compuesto mayormente de hierro y níquel y con una antigüedad estimada en 4.500 millones de años. Después de realizarle todas las pruebas posibles, se lo devolvieron a Ann. “Siento que el meteorito es mío. Creo que Dios quería que fuera para mí. Al fin y al cabo, ¡fue a mí a quien golpeó!”, dijo ella cuando lo recibió.

La ansiada piedra, sin embargo, en lugar de proporcionarle alegrías acabó con su matrimonio, porque Eugene, el marido de Ann, insistió en venderla para hacerse de dinero aprovechando la publicidad del caso. Ella se negó y la pareja terminó separándose en 1956 por culpa de esa roca caída del cielo, que se convirtió para ellos en la piedra de la discordia.
Los casos más recientes
Más acá en el tiempo, en los archivos de los medios se encuentran crónicas o pequeñas noticias sobre meteoritos que estuvieron a punto de caer sobre alguien y “fallaron” por cuestión de centímetros o pocos metros. Una de esas crónicas cuenta que, al anochecer del 31 de agosto de 1991, dos niños llamados Brodie Spaulding, de 13 años, y Brian Kinzie, de 9, acababan de dejar sus bicicletas después de haber paseado por su pueblo, Noblesville, en Indiana, cuando escucharon un silbido y un objeto caído del cielo impactó a unos tres metros y medio de donde estaban.
Otro artículo relata que el 9 de octubre de 1992 una roca espacial de 12 kilos cayó sobre el baúl del Chevrolet Malibú rojo de Michelle Knapp, una chica de 18 años de Peekskill, una pequeña ciudad al noreste de Estados Unidos, cuando la chica acababa de bajarse del auto. También hay noticias en varios diarios neozelandeses sobre un meteorito que el 12 de junio de 2004 perforó el techo de la vivienda de la familia Archer, en las afueras de Auckland, y rebotó contra el piso del living, a pocos metros de la dueña de casa.
Son apenas unos casos y no todos comprobables. Lo cierto es que se calcula que entre mil y diez mil toneladas de material extraterrestre llegan cada día a la Tierra desde el espacio y que la mayor parte son pequeñas rocas de algunos centímetros que se desintegran al chocar con la atmósfera. La mayoría cae en los océanos y muy pocas en centros poblados. Hasta hoy, los casos del niño de Mbale y de Ann Hodges son los únicos comprobados de manera fehaciente de personas que han sido golpeadas por el fragmento de un meteorito y vivieron para contarlo.
Fuente: Infobae