El juego: su rol fundamental en la infancia y cómo fomentarlo en casa

*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.

Una simple caja puede transformarse en una nave espacial. Una almohada, en una montaña. Dos muñecos pueden ser los protagonistas de una historia que se reinventa constantemente. Para un niño, jugar parece un acto sencillo y natural. Sin embargo, mientras se divierte, su cerebro está llevando a cabo una actividad mucho más sofisticada de lo que aparenta.

Durante el juego, los pequeños imaginan, organizan, toman determinaciones, solucionan inconvenientes, acuerdan normas, practican diversos papeles y aprenden a gestionar sus emociones. Gran parte de las habilidades cognitivas, sociales y afectivas que requerirán en su vida adulta empiezan a entrenarse precisamente en esos instantes de juego.

Mientras juegan los niños ejercitan habilidades cognitivas, sociales y emocionales esenciales para su desarrollo futuro (Imagen Ilustrativa Infobae)

En una niñez cada vez más marcada por horarios estructurados, actividades extracurriculares y dispositivos electrónicos, rescatar la importancia del juego, sobre todo aquel que nace de manera libre y no dirigida, es reconocerlo como un pilar esencial del crecimiento.

“Jugar no es meramente una forma de diversión. Es una de las vías principales que tienen los niños para interactuar con el entorno, explorar sus capacidades y desarrollar habilidades cognitivas, emocionales y sociales. Mientras juegan, están aprendiendo de forma constante, aunque ese aprendizaje no tenga el formato que normalmente asociamos con una tarea educativa”, señala la doctora Andrea Abadi, Directora del Departamento Infanto Juvenil de INECO.

¿Qué sucede en el cerebro infantil durante el juego?

Construir una torre o inventar una historia desarrolla memoria, atención, lenguaje y autocontrol en los chicos (Imagen Ilustrativa Infobae)

El juego activa múltiples procesos cerebrales de forma simultánea. Para crear una narrativa, acatar las normas de un juego o armar una estructura con piezas, un niño requiere retener datos en la memoria, planificar sus pasos, ajustarse cuando algo se modifica y dominar sus impulsos.

Gran parte de estas capacidades pertenecen a las denominadas funciones ejecutivas, un grupo de destrezas fundamentales para estructurar la conducta y lograr metas.

No obstante, el juego no ejercita únicamente facultades intelectuales. Al jugar con otros, también es preciso respetar turnos, leer intenciones ajenas, comunicar ideas, negociar, aceptar la derrota y hallar alternativas ante los conflictos.

La libertad de jugar sin sentirse evaluado convierte al juego en una experiencia enriquecedora para el crecimiento (Imagen Ilustrativa Infobae)

“En una dinámica de juego aparecen retos de forma continua. Los chicos deben tomar decisiones, solucionar problemas y ajustar sus tácticas cuando algo no sale según lo previsto. Todo esto activa mecanismos vinculados con la flexibilidad cognitiva, la planificación, la autorregulación y la resolución de problemas”, indica la doctora Juliana Nieva, médica psiquiatra y miembro del Departamento Infantojuvenil de INECO.

De esta manera, el juego se transforma en una especie de laboratorio diario donde los niños pueden experimentar, fallar, reiniciar y extraer enseñanzas de la práctica en un contexto seguro.

Seis sugerencias para devolverle al juego su protagonismo

La idea no es agregar una nueva responsabilidad al horario infantil ni convertir el juego en una actividad más. Se trata de crear el ambiente propicio para que los niños puedan jugar, indagar y crear con mayor independencia.

En horarios repletos de escuela, actividades extraescolares y compromisos familiares, es crucial que también existan espacios sin un plan previo fijo. El juego libre permite que sean los propios niños quienes elijan qué hacer, inventen normas, construyan relatos y cambien sus ideas sobre la marcha. En ese proceso, entrenan la creatividad, la organización, la toma de decisiones y la autonomía.

Para divertirse no se necesitan juguetes complejos. Bloques, lápices, cajas, telas, disfraces o elementos de uso diario pueden volverse escenarios, personajes y objetos totalmente distintos. Mientras menos definido sea el uso de un elemento, más amplias serán las oportunidades de imaginar, modificar y crear. El valor no reside tanto en el juguete, sino en lo que el niño logra hacer con él.

El juego en grupo ofrece un ámbito ideal para cultivar habilidades sociales. Jugar con hermanos, amigos o compañeros implica aprender a oír, aguardar turnos, intercambiar ideas, acordar reglas y solucionar diferencias.

“El juego compartido brinda oportunidades muy significativas para aprender a vincularse con los demás. Esperar turnos, acatar normas, negociar o enfrentar una decepción son lecciones que se forjan en vivencias concretas y que luego pueden aplicarse en otras áreas de la existencia”, detalla la doctora Andrea Abadi.

Cuando una torre se derrumba, alguien pierde una partida o dos niños no logran ponerse de acuerdo, la reacción de los adultos suele ser intervenir para arreglar el asunto de inmediato. Sin embargo, siempre que sea factible, permitirles tiempo para hallar sus propias soluciones también es parte del aprendizaje. Resolver conflictos pequeños, ajustar una estrategia o intentarlo de nuevo activa la flexibilidad cognitiva, la tolerancia a la frustración y la capacidad de solucionar problemas.

Participar en el juego puede ser una experiencia muy enriquecedora, pero acompañar no implica necesariamente escoger la actividad, imponer todas las normas o señalar cuál es la forma “correcta” de jugar. Seguir la iniciativa del menor, mostrar interés por lo que plantea y dejar que él lidere la actividad fomenta su independencia y le ofrece un espacio para explorar sus propias ideas.

“Cuando un niño juega por voluntad propia puede indagar en sus intereses, probar soluciones y equivocarse sin sentir que está siendo juzgado. Esa libertad es parte de lo que hace del juego una experiencia tan valiosa para el desarrollo”, menciona la doctora Juliana Nieva.

Durante mucho tiempo se ha instalado la noción de que primero hay que cumplir con los deberes y que el juego empieza cuando termina el aprendizaje. No obstante, durante la niñez, jugar es también una manera de aprender.

Armar una torre permite descubrir relaciones espaciales; inventar un cuento estimula el lenguaje y la creatividad; un juego de reglas demanda memoria, concentración y autocontrol; y jugar con otros requiere comunicarse, negociar y comprender perspectivas diversas.

Darle al juego un espacio diario no implica restarle tiempo al aprendizaje. Al contrario, significa reconocer una de las formas más naturales que posee el cerebro infantil para aprender, desarrollarse y entender el entorno.

Más horas de juego no son menos horas de aprendizaje

El juego compartido enseña a escuchar, negociar reglas y resolver desacuerdos, habilidades clave para la vida social (Imagen Ilustrativa Infobae)

En una rutina cada vez más planificada, el reto quizás no sea encontrar nuevas actividades para los niños, sino preservar aquellos instantes que carecen de un objetivo productivo inmediato.

No todos los momentos de la infancia deben convertirse en una oportunidad de rendimiento. El juego posee valor justamente porque permite explorar sin la presión de hacerlo bien, alcanzar una meta o generar un resultado.

“Cuando un niño juega por iniciativa propia puede explorar intereses, ensayar soluciones y equivocarse sin sentir que está siendo evaluado. Esa libertad es parte de lo que convierte al juego en una experiencia tan enriquecedora para el desarrollo”, afirma la doctora Juliana Nieva.

Recuperar el juego no implica rechazar la tecnología, las actividades extracurriculares ni la educación formal. Significa hallar un equilibrio y recordar que el desarrollo infantil también requiere tiempo para crear, moverse, compartir, fallar y volver a empezar.

Porque cuando un niño juega, puede parecer que simplemente está pasando el rato. Pero, para su cerebro, están ocurriendo muchas cosas a la vez: está aprendiendo a pensar, a relacionarse con los demás, a entender sus emociones y a descubrir cómo funciona el mundo.

Fuente: Infobae

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