La reconocida chef Julia Child falleció el 13 de agosto de 2004 en Montecito, California, Estados Unidos, apenas dos días antes de cumplir 92 años. Su última cena consistió en una sopa de cebolla francesa preparada por su asistente Stephanie Hersh. Ella había solicitado expresamente que no se realizara ningún funeral.
Nacida como Julia Carolyn McWilliams el 15 de agosto de 1912 en Pasadena, California, era la mayor de tres hermanos. Su familia contaba con recursos económicos y tenía cocinera propia. En su juventud practicó tenis, golf y básquetbol, medía 1,88 metros y, según quienes la conocieron en esa época, era “realmente, realmente salvaje”.
Se graduó del Smith College en 1934 con un promedio mediocre y aspiraciones difusas de ser escritora. Luego regresó a Pasadena, se inscribió en la Junior League e intentó adaptarse a los hábitos de su clase social, pero no funcionó. Se mudó a Nueva York para redactar publicidad en una firma de muebles de lujo, pero fue despedida por “insubordinación grave”.

En su diario personal escribió una frase que la define mejor que cualquier biografía oficial: “Soy tristemente una persona ordinaria… con talentos que no uso”.
El ataque a Pearl Harbor en 1941 le dio, por fin, un rumbo. Julia se trasladó a Washington con la intención de servir a su país. Intentó alistarse en el cuerpo femenino del Ejército, pero fue rechazada. También lo intentó en la Marina, y nuevamente la rechazaron. En ambas ocasiones, por la misma razón: era demasiado alta.
Terminó trabajando en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), la agencia de inteligencia creada por Franklin Delano Roosevelt en 1942, que décadas más tarde se convertiría en la CIA. Comenzó como mecanógrafa, escribiendo 10.000 tarjetas blancas con nombres y cadenas de mando. Pronto fue ascendida a investigadora de alto secreto y trabajó directamente para el jefe de la organización, el general William J. Donovan.

Fue entonces cuando le encomendaron una de las misiones más insólitas de la Segunda Guerra Mundial: desarrollar un repelente de tiburones. Los animales estaban detonando minas submarinas destinadas a los U-Boote alemanes y atacaban a pilotos derribados en el mar. La Marina se negaba a reconocer el problema públicamente. Julia lo relató con su humor característico años después: preferían decir que un marinero “se perdió en el mar” antes que admitir que había sido devorado por un tiburón.
El equipo probó más de 100 compuestos. La solución final fue una mezcla a base de acetato de cobre y extractos de carne de tiburón en descomposición. Julia siempre bromeó diciendo que eso fue lo primero que cocinó con éxito. En el libro Sisterhood of Spies, recordó aquella época con una frase corta y feliz: “La verdad es que nos divertíamos mucho”.
En marzo de 1944, Julia se embarcó hacia Ceilán —hoy Sri Lanka— para encargarse del registro de comunicaciones clasificadas de la OSS en la ciudad de Kandy. Luego fue trasladada a Kunming, China, donde recibió la Medalla al Servicio Civil Meritorio como jefa del Registro de la Secretaría de la OSS.

Fue en Kandy donde conoció a Paul Cushing Child. Él tenía 10 años más, había vivido en París, Francia, hablaba francés impecable, poseía cinturón negro de judo, dibujaba mapas y diseñaba salas de guerra para la OSS. Era poeta y pintor. Y no le causó ninguna buena impresión a Julia.
Paul le escribió a su hermano gemelo Charlie que Julia era “salvajemente emocional” y “una pensadora extremadamente descuidada”. Julia, por su parte, lo describió como alguien con “pelo claro, un bigote rubio poco favorecedor y una nariz larga poco favorecedora”.
Aun así, el tiempo y la guerra hicieron cosas extrañas. En el verano de 1946 cruzaron Estados Unidos juntos en auto. Paul le escribió a su hermano: “Nunca actúa ni arma escenas. Le gusta comer y usar sus sentidos, y tiene una nariz extraordinariamente fina”. Y en otra carta, con evidente deleite: “¡También me lava las camisas! ¡Qué mujer!”. Se casaron el 1 de septiembre de 1946 en Lumberville, Pennsylvania. Julia recordó ese día porque fue “extremadamente feliz, aunque un poco golpeada por un accidente de auto el día anterior”. Tuvo que usar un vendaje en la cara para las fotos de casamiento.

Paul consiguió un puesto como oficial de exhibiciones del Servicio de Información de Estados Unidos y en 1948 la pareja se instaló en París. De camino desde Le Havre, pararon a almorzar en Rouen. Julia comió ostras portuguesas, lenguado a la meunière con manteca normanda, ensalada verde y crème fraîche.
“Fue simplemente una comida divina”, diría décadas después. “Nunca me recuperé de eso. Fue algo nuevo y hermoso. Fue una apertura del alma y del espíritu”.
Se inscribió de inmediato en el Le Cordon Bleu bajo la tutela del chef Max Bugnard. Era la única mujer en una clase de ex combatientes que querían convertirse en cocineros profesionales. A los 37 años descubrió que no sabía hacer una torta, ni mayonesa, ni nada similar. Lo aprendió todo desde cero. Paul pasó a ser, en sus propias palabras, “un viudo del Cordon Bleu”. No podían sacar a su esposa de la cocina “ni con un cuchillo de ostras”, contó.

En París conoció a dos francesas, Simone Beck y Louisette Bertholle, que escribían un libro de cocina para el público estadounidense. Las tres abrieron además una pequeña escuela que llamaron L’École des Trois Gourmandes. Durante casi diez años, mientras Paul era trasladado de París a Marsella, de Marsella a Bonn, de Bonn a Oslo y de Oslo a Washington, Julia y Simone mantuvieron una correspondencia frenética para perfeccionar cada receta. Eso se transformó en un proyecto de libro.
Los editores rechazaron el original dos veces. “Al diablo”, escribió Julia. La editorial Alfred Knopf lo publicó finalmente en 1961. El libro se llamó Mastering the Art of French Cooking y fue el resultado de diez años de trabajo ininterrumpido.
El libro la llevó a una aparición en el programa de reseñas literarias de WGBH, la televisora pública de Boston. El conductor consideraba que la cocina era un tema demasiado trivial, pero Julia llegó igual con una hornalla portátil, un batidor enorme y huevos, e hizo una tortilla en cámara. Veintisiete televidentes escribieron a la emisora para pedir más.
La estación produjo tres pilotos y el 11 de febrero de 1963 salió al aire The French Chef. Julia tenía 50 años. Su voz recorría una octava sin esfuerzo. Decía “¡Hurra!” con total naturalidad. Se le caían las tortillas, los soufflés se derrumbaban al salir del horno, y ella seguía adelante sin pedir disculpas. “Si cometía un error en televisión, seguía adelante”, recordó Sara Moulton, quien trabajó como ayudante de cocina para Julia antes de convertirse en chef ejecutiva de la revista Gourmet. “Acá estaba esta mujer de 1,88 metros con una voz temblorosa tirando la carne a la hornalla y diciendo ‘no es para tanto’. ¿Por qué iba yo a ponerme nerviosa cocinando?”
El chef Jacques Pépin, amigo y colega de Julia durante décadas, resumió algo que todos los que la conocieron confirman: “Íbamos al mercado y ella compraba pan lactal Wonder Bread. No tenía ningún esnobismo con la comida, ninguno”.
El programa se emitió durante diez años y llegó a transmitirse en 96 estaciones del sistema de difusión pública de Estados Unidos. Russell Morash, su productor, dijo: “Era increíblemente inteligente, y si quería aprender algo, se ponía a aprenderlo. Ya fuera cómo hacer pan francés o el omelette perfecto, dominaba las cosas de una manera que nunca vi en nadie más”.

La periodista canadiense Marion Kane, del Toronto Star, la conoció en 1991 cuando fue a buscarla al aeropuerto de Toronto, Canadá, para una visita de un día organizada por el diario. Julia tenía 78 años, viajaba sola, sin asistentes ni séquito, con una sola bolsa de mano pequeña.
Esa noche, antes de subir a su suite del Four Seasons, invitó a Kane a desayunar a la mañana siguiente. Cuando Kane le confesó que tenía fobia a los ascensores, Julia apareció en su puerta minutos después para acompañarla. “Ya sabés, querida, deberías pedirle a tu hija que te ayude con ese miedo”, le dijo con tono maternal, recordando que la hija mayor de Kane estudiaba psicología.
Al día siguiente firmó libros para más de 800 fans con calma y atención. En el almuerzo posterior, cuando el entonces presidente de Loblaws le pidió que avalara sus galletitas de chips de chocolate, Julia respondió con amabilidad y sin dudar: “No avalo cosas. Eso destruye tu credibilidad”.
Esa tarde, después de una demostración de cocina en el George Brown College con cuchillos que resultaron estar desafilados, pidió sentarse en el bar del hotel. Ordenó un martini seco bien grande en copa de vino con un toque de limón y una hamburguesa a punto medio. La hamburguesa llegó muy cocida. Kane le preguntó cómo estaba. “Comible”, respondió Julia. “¿Y el martini?”. La respuesta fue corta: “Perfecto”.
En 1994, ya viuda, Kane le preguntó cómo estaba su vida amorosa. Julia respondió que había tenido un pretendiente, pero que había muerto. Vio que Kane no sabía qué decir y la salvó ella misma: “A mi edad, eso pasa”.
Julia murió de insuficiencia renal. Su sobrino David McWilliams contó al Los Angeles Times que hasta un mes antes visitaba mercados de productores y salía a comer varias veces por semana. El chef francés Alain Ducasse dijo en un comunicado: “Su entusiasmo por la cocina era inagotable. Hoy, toda la comunidad de cocineros se siente huérfana”.

No hubo funeral, tal como ella lo había pedido. Sus restos descansan en el Neptune Memorial Reef, un sitio de entierro submarino a 5,2 kilómetros de la costa de Key Biscayne, Florida, donde las cenizas se mezclan con cemento para formar parte del arrecife.
Hersh, su asistente, envió un mensaje a todos los contactos de Julia poco después de su muerte. Escribió que Julia solía decir que “cuando uno muere, está muerto, y eso es todo. No hay nada más”. Pero Hersh agregó: “Sé en mi corazón que ella se sorprendió gratamente de estar equivocada. Y estoy segura de que está comiendo una hamburguesa con Paul en la playa, rodeada de amigos y familia”.
Fuente: Infobae