En su célebre obra El Príncipe, publicada en 1513, Nicolás Maquiavelo describió al papa Alejandro VI con palabras duras:
“No hizo jamás otra cosa que engañar a sus prójimos, pensando incesantemente en los medios de inducirles a error y encontró siempre ocasiones de poderlo hacer. No hubo nunca nadie que conociera mejor el arte de las protestas persuasivas, ni que afirmara una cosa con juramentos más respetables, ni que a la vez cumpliera menos lo que había prometido. A pesar de que todos le consideraban un trapacero, sus engaños le salían siempre al tenor de sus designios, porque, con sus estratagemas, sabía dirigir a los hombres”.
El pontífice número 214 de la Iglesia Católica, fallecido una década antes en circunstancias extrañas, no solo destacó por el engaño. Eso fue apenas una de las herramientas que empleó para alcanzar sus metas en una ambición desmedida por el poder. También se caracterizó por el nepotismo, la venalidad, la arrogancia, una sexualidad desenfrenada y un amor ilimitado por el dinero, otro de los instrumentos que usó sin pudor. En su defensa, se puede decir que fue educado así: todas esas “virtudes” le venían de familia, sobre todo de su tío, el también papa Calixto III, quien incentivó sus ambiciones y le abrió el camino al trono de San Pedro.
Quien adoptaría el nombre de Alejandro VI para gobernar la Iglesia nació, probablemente, el 1 de enero de 1431 y fue bautizado como Rodrigo Lanzol y de Borja. Los Borja se enorgullecían de su linaje, que se remontaba a la nobleza más antigua de la Corona de Aragón, lo cual marcó profundamente a Rodrigo. Para él, la familia, su prestigio y su poder fueron siempre el objetivo final de sus acciones, incluso por encima de los intereses del Vaticano. Era hijo de Jofré de Borja y Escrivá y de Isabel de Borja, hermana de Alfonso de Borja, entonces obispo de Valencia y luego consagrado como el papa Calixto III.
Cuando Alfonso fue elegido pontífice en abril de 1455, llamó al joven Rodrigo, de 24 años, para que culminara sus estudios de derecho canónico en Italia. Allí italianizó su apellido como Borgia para facilitar su ascenso en una Iglesia donde los mejores cargos eran para italianos. Su tío el Papa le dio los primeros grandes impulsos: en apenas tres años lo nombró cardenal y vicecanciller. En esos cargos, Rodrigo se mostró como un administrador eficiente y un diplomático sutil, hasta el punto de que, tras la muerte de Calixto, los cuatro papas siguientes (Pío II, Paulo II, Sixto IV e Inocencio VIII) lo mantuvieron en el puesto.
Sin embargo, generaba rechazo entre sus colegas cardenales por su arrogancia, su prepotencia y su vida sexual disipada. Tuvo siete hijos con más de una mujer, aunque solo reconoció a cuatro: Juan, César, Lucrecia y Jofré. Todos ellos, fruto de su relación con la noble lombarda Vannozza Cattanei, con quien nunca se casó, aunque en aquellos tiempos el celibato no era obligatorio para los cardenales.

Sobornos y ambiciones
Para 1492, la frágil salud de Inocencio VIII desató especulaciones sobre su sucesor. Muerto el Papa el 25 de julio, el cónclave comenzó tras los funerales el 6 de agosto. Entre los veintitrés cardenales presentes en Roma sonaban como papables Della Porta, Sforza, Della Rovere, Costa, Carafa, Zeno y Borgia, el único no italiano, lo que podía jugarle en contra. Las negociaciones en el Colegio Cardenalicio fueron duras y solo después de cinco días y cuatro escrutinios, Rodrigo Borgia obtuvo la mayoría de dos tercios requerida para ser nombrado Papa e investido el 11 de agosto.
Terminado el cónclave, su principal rival, Giuliano Della Rovere, lo acusó de haber ganado sobornando a varios cardenales, aunque nunca pudo probarlo. En cambio, es indudable que apenas llegó al papado con el nombre de Alejandro VI, utilizó al Estado Pontificio en beneficio propio y el de su familia. El ejemplo más claro fue su hijo César, a quien le otorgó el señorío de muchos territorios en la Romaña que teóricamente estaban bajo la autoridad del Vaticano. También, aprovechando su posición, hizo casar tres veces a su hija Lucrecia –que enviudó de sus primeros dos esposos– para garantizarle un lugar prominente dentro de la nobleza italiana. Esa última movida terminó en escándalo, con Lucrecia sospechada de haber asesinado a su segundo marido, un hijo ilegítimo del rey de Nápoles.
Investido pontífice, tampoco ocultó su pasión por el dinero. Una de sus maniobras para obtenerlo fue abrir una pequeña puerta en la pared de la Basílica de San Pedro en Roma. Esa puerta, declaró a sus fieles, era una puerta sagrada secreta que solo podía verse una vez cada 100 años. El año jubileo de 1500 coincidió convenientemente con uno de esos años, y les dijo a los peregrinos que ahora podían ver la puerta si pagaban una suma exorbitante. También se lo acusaba de vender perdones a los pecadores, con documentos firmados de su puño y letra.
También utilizó la política exterior del Vaticano en beneficio de su familia. En 1492, el mismo año de su asunción, aprovechó la llegada de Cristóbal Colón a América mediante una fina jugada diplomática. Las perspectivas que ofrecían los territorios “descubiertos” convertían a los reyes Fernando e Isabel, a quienes ya había favorecido en el pasado, en los mejores aliados posibles y no dudó en ganarse su favor otorgándoles el título de “Reyes Católicos” con el que han pasado a la historia. Al año siguiente dictó las Bulas Alejandrinas, que daban a la Corona de Castilla “el dominio sobre tierras descubiertas y por descubrir en las islas y tierra firme del Mar Océano, por ser tierras de infieles en las que el Papa, como vicario de Cristo en la Tierra, tiene potestad para hacerlo”. Además, establecían que la ruta occidental a las Indias estaba bajo jurisdicción de la reina Isabel, por lo que nadie podía embarcarse hacia América sin autorización de la Corona a riesgo de ser excomulgado. En la práctica, esto significaba poner en manos del Reino de Castilla el monopolio de las rutas comerciales con el “Nuevo Mundo”. Como contrapartida, obtuvo de los Reyes Católicos importantes beneficios para su familia en territorio español.

Las orgías y el banquete
Durante su pontificado, Alejandro VI fue acusado de tener una vida sexual desenfrenada, no solo por sus sucesivas “favoritas” sino también por su participación en orgías. El caso más notorio se conoce como “el banquete de las castañas”, una fiesta celebrada el 30 de octubre de 1501 en el Palacio Apostólico Vaticano. Según varias versiones, se trató de una orgía organizada por César Borgia, con la presencia de su padre, el Papa, y de su hermana Lucrecia.
El único relato contemporáneo de los hechos se conserva en un diario en latín, el Liber Notarum, escrito por el secretario apostólico y maestro de ceremonias Johannes Burchard. “Por la tarde hicieron un banquete con el duque Valentino en su cámara, en el palacio apostólico, cincuenta meretrices honestas, llamadas cortesanas, que después de la cena bailaron con los sirvientes y con otros asistentes, primero con sus ropas, después desnudas. Después de la cena se pusieron en el suelo los candelabros de las mesas con las velas ardiendo, y se esparcieron castañas, que las meretrices tomaban, gateando desnudas sobre sus manos y pies, el papa, el duque y su hermana doña Lucrecia presentes y mirando. Finalmente, se anunciaron premios como túnicas de seda, pares de zapatos, birretas y otras cosas, para los que más veces pudieran conocer carnalmente a las meretrices”, se cuenta allí.
En el siglo XIX, un investigador del Vaticano, monseñor Peter de Roo, rechazó la historia de las cortesanas descrita por Burchard, y sostuvo que la explicación más probable para la supuesta orgía es que se tratase de una invención de agentes hostiles a Alejandro VI, con el fin de crear una leyenda negra sobre los Borgia para desacreditarlos.
Otro rumor difundido durante su papado decía que, en 1494, antes de que se concretara el casamiento de su hijo Gioffre –el menor de sus vástagos con Vanozza Cattanei– con Sancha de Aragón, hija del rey de Nápoles, Alejandro VI y uno de sus otros hijos, César, la hicieron pasar por sus dormitorios para “dar su aprobación” a la novia.

Una muerte sospechosa
Alejandro VI llevaba once años sentado en el trono de San Pedro cuando, en agosto de 1503, una fuerte epidemia de malaria asoló Roma. A pesar de ese contratiempo, el día 11 se realizó un gran banquete en el Palacio Vaticano para celebrar el aniversario de su coronación. Al día siguiente, el Papa se despertó con fiebre y lo mismo sucedió con su hijo César y otros invitados que habían participado de la comida. En los días siguientes, mostró una leve mejoría, pero volvió a recaer. El viernes 18 por la mañana, el médico Bernardino Bongiovanni dio su caso por perdido y Alejandro VI recibió la extremaunción. Murió al atardecer.
Las versiones sobre la causa de la muerte de Rodrigo Borgia fueron muchas y contradictorias. El maestro de ceremonias del Vaticano habló de “tercianas”, el embajador de Francia en Roma de “fiebres” y el médico Scipione Lancelloti aseguró que se había tratado de una “apoplejía”. Sin embargo, el aspecto desfigurado que mostraba el difunto, que uno de los testigos definió como “el más feo, monstruoso y horrendo cadáver que nunca se viera, sin forma ni figura de hombre”, hizo que el rumor de que había sido envenenado corriera por toda la ciudad.
Alejandro VI fue sepultado junto a su tío Calixto III en la iglesia de Santa Maria della Febbre, anexa a la antigua basílica de San Pedro. En 1586 la tumba resultó destruida durante las obras del traslado del obelisco de Nerón a la plaza de San Pedro, por lo que los restos fueron colocados detrás del órgano. En 1605, coincidiendo con la demolición definitiva de la antigua basílica, pasaron a la capilla de Sixto IV. Cinco años después fueron trasladados a la iglesia de Santa María de Montserrat de los Españoles, en cuya sacristía quedaron guardados en una pequeña caja de madera. Finalmente, en 1889, fueron sepultados privadamente, sin pompa y a puerta cerrada, en la primera capilla de la derecha de la iglesia, donde todavía puede verse el sepulcro de mármol realizado por el escultor Felipe Moratilla.
Fuente: Infobae