IA: el verdadero reto está en la ejecución, no en la tecnología

Por décadas, la ventaja competitiva de las compañías dependía del acceso: a capital, a tecnología, a talento o a información. Pero con la llegada de la inteligencia artificial, el panorama cambió drásticamente. El acceso dejó de ser el factor determinante mucho antes de lo que se creía.

Hoy en día, casi cualquier gran empresa puede emplear los modelos más sofisticados del mercado. De hecho, según McKinsey, aproximadamente el 88% de las organizaciones ya han integrado inteligencia artificial en al menos una función de su negocio. No obstante, esta expansión masiva ha revelado una paradoja: tener la tecnología no basta para generar valor.

El debate, por tanto, se ha desplazado. Ahora la pregunta no es quién tiene acceso a la IA, sino quién logra integrarla en su operación de manera más rápida y efectiva que sus rivales.

En los últimos dos años, hemos sido testigos de una verdadera carrera por experimentar con nuevos modelos, desarrollar asistentes internos y automatizar tareas específicas. Sin embargo, ese ímpetu inicial solo representa el comienzo. La verdadera transformación ocurre cuando la IA automatiza una función y rediseña por completo el flujo de trabajo, convirtiéndolo en un sistema de agentes interconectados.

Es allí donde surge el obstáculo más complejo y menos visible: la ejecución.

Las empresas no funcionan en compartimentos estancos. Un reclamo, por ejemplo, puede originarse en atención al cliente, pasar por operaciones, requerir la intervención del equipo legal y, finalmente, resolverse en finanzas. De manera similar, un crédito hipotecario atraviesa validaciones, análisis documentales y múltiples instancias antes de ser aprobado. La realidad de cualquier organización está tejida por procesos que cruzan departamentos, sistemas y personas. Sin embargo, muchas implementaciones de IA aún se diseñan para resolver tareas aisladas, cuando su verdadero potencial reside en transformar procesos completos.

Esta desconexión explica por qué tantas iniciativas de inteligencia artificial no logran escalar. El desafío real consiste en integrar esa inteligencia con sistemas construidos a lo largo de años, ordenar datos que a menudo se encuentran dispersos, establecer mecanismos de gobernanza sólidos y, sobre todo, acompañar a las personas durante un cambio que es, ante todo, organizacional, no solo tecnológico.

Además, existe una percepción errónea sobre el tiempo. Algunas organizaciones creen que esperar es una decisión prudente, argumentando que la tecnología mejora constantemente. Pero la ventaja competitiva que genera la IA no evoluciona al mismo ritmo que los modelos. Evoluciona al ritmo del aprendizaje organizacional.

La primera implementación obliga a la empresa a ordenar su información, conectar sistemas y desarrollar nuevas capacidades. La segunda implementación resulta más simple porque la organización ya ha aprendido qué procesos automatizar, cuáles requieren supervisión humana y cómo integrar agentes inteligentes en su flujo de trabajo. Ese conocimiento no puede comprarse ni incorporarse de la noche a la mañana. Se construye con la experiencia acumulada. Y, como ocurre con el interés compuesto, “quienes empiezan antes desarrollan una ventaja que crece con el tiempo”.

Este nuevo escenario también redefine el perfil del talento que las empresas necesitarán. La discusión ya no gira exclusivamente en torno a contratar especialistas en inteligencia artificial. Cada vez serán más valiosos los profesionales capaces de conectar la tecnología con el negocio; personas que entiendan a fondo cómo funciona una industria, puedan identificar oportunidades concretas de transformación y acompañen la adopción de estas herramientas dentro de la organización. Ese puente entre estrategia, operación y tecnología se perfila como uno de los activos más escasos de los próximos años.

La inteligencia artificial seguirá evolucionando, y los modelos serán cada vez más potentes. Esa carrera continuará sin pausa. Pero la verdadera diferencia entre las empresas ya no estará determinada por el modelo que utilicen, sino por su capacidad para transformar esa tecnología en una nueva forma de operar.

La próxima ventaja competitiva no será la inteligencia artificial. Será la capacidad de ejecutarla mejor que los demás.

Fuente: Infobae

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