El pelaje anaranjado del tigre, que para el ojo humano resulta fácil de identificar en medio de la vegetación, podría representar en realidad un camuflaje eficaz para muchas de sus presas.
Así lo concluye un trabajo de la Universidad de Bristol, que retoma una idea habitual en la divulgación sobre animales y la replantea desde un ángulo menos evidente: el problema no es cómo ve el felino una persona, sino cómo lo perciben los mamíferos que suele cazar.
La pregunta trasciende el caso del tigre y apunta a un tema central en la biología de la visión y la evolución animal: qué colores ayudan a pasar inadvertido en un entorno dado y hasta qué punto esa ventaja cambia según el sistema visual del observador.
En un estudio publicado en la revista Journal of The Royal Society Interface, el equipo propone un método para calcular qué tonos ocultan mejor o vuelven más visible a un objetivo en distintos paisajes.

Esta propuesta cobra relevancia porque corrige una lectura muy extendida, basada en parámetros humanos, sobre cómo opera el camuflaje en la naturaleza. El hallazgo central indica que la eficacia de un color no depende solo del fondo sobre el que aparece, sino también de la visión de la especie que lo detecta.
Bajo esa lógica, el pelaje del tigre no necesita parecer verde para integrarse en el bosque si los animales que lo observan no distinguen con claridad entre los tonos naranjas y los verdes.
El papel de la visión en el camuflaje
Desde la Universidad de Bristol se explicó que muchas presas de los tigres, como ciervos, jabalíes y otros ungulados, tienen visión dicromática, un sistema visual con dos tipos de receptores de color.

Esa condición dificulta diferenciar de manera fiable varios tonos rojoanaranjados de los verdes del entorno. Para una persona, el contraste resulta evidente; para esos mamíferos, no necesariamente.
La diferencia con la visión humana ayuda a entender la aparente paradoja. Las personas poseen visión tricromática, una forma de percepción cromática basada en tres tipos de receptores, lo que permite separar mejor los colores del espectro rojo y verde. Por eso, el tigre destaca para un observador humano mucho más que para un ciervo.

El estudio respalda esa explicación al señalar que el tiempo de detección cambia de forma marcada según el sistema visual del observador.
“Encontramos que, para observadores dicromáticos simulados, el color afectó de manera marcada el tiempo de detección en ambos ambientes”, según se detalla en el estudio.
Asimismo, el trabajo indica que los observadores tricromáticos lograron romper el camuflaje con mayor eficacia, un contraste que ordena todo el argumento de la investigación.
Una técnica para medir qué colores ocultan mejor
El trabajo no se limitó a los tigres. También presentó un procedimiento para estimar qué colores minimizan o maximizan la visibilidad de un objetivo insertado en escenas naturales.

Para lograrlo, el equipo combinó procesamiento de imágenes, psicofísica —disciplina que estudia la relación entre los estímulos físicos y la percepción— y redes neuronales profundas, modelos computacionales entrenados para reconocer patrones y proyectar resultados a partir de muestras limitadas.
Según se informó desde Bristol, el método se probó en dos ambientes: un bosque templado y un desierto semiárido. Con un número acotado de muestras, el sistema permitió predecir cuáles eran los colores más eficaces para ocultarse y cuáles aumentaban la facilidad de detección.
Esa parte del estudio desplaza el interés del caso del tigre a una pregunta más general sobre percepción animal, evolución del color y análisis del camuflaje en condiciones cercanas al mundo real.

El paper lo presenta como una propuesta metodológica de alcance más amplio. En concreto, señala:
“Por primera vez, al usar técnicas de procesamiento de imágenes para insertar objetivos en entornos realistas, junto con psicofísica para estimar la detectabilidad y redes neuronales profundas para interpolar entre colores muestreados, proponemos un método para identificar el color óptimo que minimiza o maximiza la visibilidad”, según se lee en el estudio.
La formulación técnica apunta a una idea concreta: el camuflaje puede estudiarse como una relación entre ambiente, color y observador, no como una propiedad fija del animal.
Más allá de una curiosidad sobre tigres
La investigación también entrega una clave para interpretar la evolución del pelaje animal sin tomar la percepción humana como medida universal. Si la especie que debe detectar a un depredador no separa con claridad el naranja del verde, la presión para adquirir una coloración verde puede ser baja. En esos casos, lo decisivo no es el color en términos absolutos, sino cómo lo procesa el sistema visual del receptor.

Según se detalla en el estudio, esa lógica ayuda a explicar por qué depredadores como los tigres, cuyas principales presas son otros mamíferos, enfrentan una presión limitada para evolucionar hacia un pelaje verde.
En el comunicado institucional se tradujo esa idea en una frase: para un ciervo, el naranja del tigre puede parecerse mucho más al verde del bosque de lo que parece para una persona. Ese cambio de enfoque vuelve más relevante un hallazgo que, presentado solo como rareza visual, podría quedar reducido a una anécdota.
El trabajo de la Universidad de Bristol propone otra lectura: la naturaleza no se organiza según la percepción humana, y evaluar el camuflaje exige reconstruir cómo ven el mundo las especies que intervienen en esa relación. En el caso del tigre, esa diferencia altera la pregunta inicial y también la respuesta.
Fuente: Infobae