En el sur de Marruecos se encuentra una pequeña aldea de adobe que ha logrado conquistar la gran pantalla gracias a su perfil inconfundible. En La Odisea, la súper producción dirigida por Christopher Nolan, el espectador recorre sus laberintos de barro y sus murallas de tonos rojizos, testigos mudos de incontables aventuras cinematográficas. Aït Ben Haddou, reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y elegida por directores de todo el planeta, se afianza como un escenario universal para películas que buscan autenticidad y potencia visual.
Transformada en Troya para el cine, la aldea marroquí no solo fue parte esencial de La Odisea. También sirvió como fondo de batallas en Gladiador y como locación para escenas emblemáticas de Juego de Tronos, sumando a su historia local un legado internacional. La apuesta de Nolan y de la diseñadora de producción Ruth De Jong por escenarios reales, en lugar de efectos digitales, permitió que actores y técnicos se sumergieran por completo en el entorno, logrando una inmersión que se percibe en cada plano.
El encanto de Aït Ben Haddou y su vínculo con el séptimo arte
Ubicada cerca de Ouarzazate, a los pies de las montañas del Atlas, Aït Ben Haddou destaca por su arquitectura tradicional de tierra y su silueta fortificada. Desde 1987, forma parte del Patrimonio de la Humanidad, condición que ha favorecido su conservación y, al mismo tiempo, su popularidad como locación cinematográfica. Su aspecto intacto, con torres, murallas y callejones estrechos, permite recrear épocas lejanas y ambientes míticos con mínima intervención digital.
Durante el rodaje de La Odisea, el equipo de producción construyó decorados sobre una hectárea en pleno pueblo. Se levantaron el Templo de Atenea, murallas monumentales, puertas y torres, y hasta se añadieron olivos para recrear el ambiente de la antigua Troya. El resultado, que mezcla lo histórico con lo épico, genera una experiencia visual que engaña al espectador: muchos creen estar viendo una ciudad griega, cuando en realidad recorren el corazón de Marruecos.
El clima y la geografía local influyeron en la dinámica de trabajo del equipo. Durante semanas, actores y técnicos convivieron con los habitantes del lugar, adaptándose al ritmo del desierto y a la logística de transformar un poblado real en una ciudad legendaria. La colaboración entre locales y cineastas fue fundamental para el éxito del proyecto, fortaleciendo el vínculo entre la tradición marroquí y la industria global del cine.
El auge de la filmación con escenarios auténticos es una tendencia creciente en el cine de gran presupuesto. Nolan buscaba que el entorno físico influyera en el trabajo de los actores, evitando las pantallas verdes o azules que suelen dominar las producciones modernas. Así, cada piedra y cada sombra de Aït Ben Haddou se reflejan en la pantalla, aportando textura y profundidad a la película.

La aldea no solo fue Troya en La Odisea. En Gladiador, se transformó en el mercado y campo de batalla donde el protagonista, interpretado por Russell Crowe, enfrenta parte de su destino. Esa versatilidad ha convertido a Aït Ben Haddou en un símbolo del cine internacional, capaz de adaptarse a historias tan distintas como las de la Antigua Grecia, la Roma imperial o los mundos de fantasía de Juego de Tronos.
El éxito de La Odisea, que superó los 600 millones de euros en taquilla y millones de espectadores en todo el mundo, refuerza la apuesta por paisajes reales como protagonistas silenciosos. A la filmación en Aït Ben Haddou se suman otras locaciones marroquíes, como las playas de Essaouira, donde se rodó la escena del Caballo de Troya, y las dunas de Dajla, elegidas para el encuentro de Odiseo con la ninfa Calipso. Estos escenarios aportan autenticidad y espectacularidad, diferenciando a la película en el panorama del cine actual.
Fuente: Infobae