Millones de aves migratorias cruzan el planeta cada año orientándose con señales ambientales, entre ellas el campo magnético terrestre. Una investigación reciente, citada por Phys.org, sugiere que la interferencia de radiofrecuencias en esa capacidad podría deberse a un sistema sensorial especializado, no al mecanismo fotoquímico que hasta ahora gozaba de mayor aceptación.
El trabajo, firmado por expertos de la Universidad Estatal de San Petersburgo y del Instituto Zoológico de la Academia Rusa de Ciencias, fue publicado en Journal of the Royal Society Interface. Los investigadores analizaron cómo reaccionan las aves ante señales magnéticas oscilantes débiles y contrastaron esos efectos con lo que predice la hipótesis dominante sobre la orientación magnética.
Esa hipótesis postula que la luz desencadena reacciones químicas en el criptocromo, una proteína presente en los ojos de las aves, generando pares de moléculas con espines electrónicos correlacionados. La influencia del campo geomagnético sobre esos espines funcionaría como una brújula biológica.
“A principios de la década de 1970, Wolfgang y Roswitha Wiltschko publicaron un artículo fundamental que demostraba que las aves migratorias utilizan una brújula magnética cuyo funcionamiento depende de la presencia de luz ambiental tenue”, recordó Kirill Kavokin, primer autor del estudio. Esa idea logró amplio respaldo entre especialistas, aunque su validación experimental completa sigue pendiente.
Cómo midieron la orientación

El nuevo estudio se centró en papamoscas cerrojillos (pied flycatchers), aves canoras migratorias que ya habían mostrado desorientación ante campos débiles de radiofrecuencia. Los investigadores las expusieron a señales oscilantes de dos frecuencias: 1,41 MHz y 1,5 MHz, y compararon el efecto de dos tipos de señal: una continua y otra modulada en amplitud.
La diferencia entre ambas condiciones era crucial para evaluar las hipótesis en debate. En la señal no modulada, la intensidad se mantenía constante; en la modulada, la potencia se encendía y apagaba rápidamente, en intervalos de 1 milisegundo, con una frecuencia de modulación de 500 Hz.
Para medir la orientación, el equipo empleó embudos de Emlen, instrumentos típicos en estos ensayos. Se trata de conos truncados de plástico, de 35 centímetros de diámetro en la parte superior y 10 en la inferior, donde cada ave permanecía 25 minutos al inicio de la noche, momento en que suele manifestar inquietud migratoria nocturna.
Kavokin explicó que, en ese estado, los animales intentan despegar en la dirección de su migración estacional y dejan marcas sobre una película sensible dentro del embudo. El análisis de esos rastros permitió determinar si mantenían un rumbo definido o mostraban signos de desorientación bajo cada condición experimental.
Resultados que desafían al criptocromo

Los resultados obtenidos contradicen las previsiones del modelo fotoquímico basado en el criptocromo. Si ese mecanismo fuera el responsable directo del efecto de las radiofrecuencias, la variable decisiva debería ser la potencia media de la señal. Bajo esa lógica, la señal modulada, con menor potencia media que la continua, tendría que haber causado un efecto más débil sobre la orientación.
El trabajo mostró lo contrario: el campo de radiofrecuencia pulsado provocó desorientación de forma constante, incluso en casos donde la onda continua de la misma amplitud no alteró la orientación de las aves. Kavokin afirmó que ese patrón no encaja con una acción directa sobre los espines electrónicos del criptocromo.
A partir de esa diferencia, los autores proponen que las aves podrían contar con un sistema separado para detectar perturbaciones magnéticas de radiofrecuencia. Esa posibilidad ya había sido sugerida por hipótesis alternativas que planteaban la existencia de un receptor capaz de advertir alteraciones del entorno magnético natural, como tormentas geomagnéticas o descargas atmosféricas.
El estudio también menciona que la frecuencia de modulación utilizada, 500 Hz, se ubica dentro del rango de perturbaciones magnéticas naturales, en especial las asociadas a pulsos electromagnéticos generados por rayos. Esa coincidencia refuerza la idea de que el sistema bajo análisis podría estar vinculado a la detección de señales presentes en el ambiente.
Una línea de investigación abierta

El mecanismo concreto de ese sistema sensorial aún no ha sido identificado. En su trabajo, los investigadores sugieren que podría apoyarse en la ley de inducción electromagnética de Faraday y que estructuras del oído interno, como los órganos vestibulares, podrían intervenir en esa detección.
Kavokin indicó que el equipo realizó cálculos sobre la eficiencia de inducción en los canales semicirculares del oído interno de las aves y que esos resultados coinciden en gran medida con el rango de frecuencias en el que se observó el efecto sobre la orientación. De todos modos, esa interpretación forma parte de una línea de estudio que aún requiere nuevas pruebas.
Los investigadores ya preparan experimentos adicionales con campos magnéticos variables en el tiempo que imiten perturbaciones naturales, entre ellas tormentas cercanas, para observar cómo responden durante la migración.
Fuente: Infobae