Cómo nació mi libro: el arte de escribir mientras camino

Este libro de cuentos nació mientras caminaba. Si hay algo que hago cuando puedo, es salir a caminar. Y estos relatos los fui escribiendo mientras me iba. Me detenía, claro, a veces. Permanecía quieto en un banco de la plaza, bajo la sombra de un árbol, cerca del carrusel. O en un café. O en la cocina de mi casa. O en la puerta del colegio de mis hijos. O haciendo fila en el supermercado Coto de la calle Amenábar. O mientras me duchaba. O durante una reunión de trabajo con personas que casi siempre se llamaban Adriana o Marcelo, sentado y asintiendo, ganándome el pan como podía. O en la terraza de lo que entonces era mi casa temporal, con ropa tendida en una soga larga, observando las sábanas que se inflaban y desinflaban como branquias de anfibios.

Durante un tiempo, caminaba y me detenía, me iba hacia esos cuentos. Porque irse —es decir, no estar— casi siempre requiere una excusa. Para apartarse de las cosas, hay que decir o hacer saber, o al menos saber uno mismo, que uno está yendo a algún lado, haciendo algo, ocupado en algo, preferiblemente una urgencia. Estos cuentos que escribí me los fui contando mientras me iba, mientras caminaba. Me los inventé por necesidad. Cuentos de necesidad y urgencia.

Yo siempre digo casi lo mismo. Porque inevitablemente soy yo. Esto de escribir es estar y no estar, quedarse y al mismo tiempo irse. Es inventarse la responsabilidad de sostener un mundo imaginado.

“Sí, llegué tarde a la reunión, pero había dejado a ese chico hamacándose, ya era de noche, estaba bastante fresco: tenía que saber si iba a poder pasar o no el récord de su oponente chino japonés coreano”; “Ya voy a volver, me ocupo de la cena, pero antes tengo que ver cómo llega desde el río ese hombre que imaginé a su trabajo imaginado en sepia, en blanco y negro, en los años que repongo de una memoria ajena”.

Esas eran mis excusas verdaderas, aunque nunca las decía, durante aquellos años en los que me demoraba más de la cuenta, en los que deambulaba dentro de estos cuentos.

Existen muchas maneras de escribir cuentos; hay teorías, incluso manuales, cursos, esquemas. He visto, he escuchado, he leído. En algunas de ellas, parece que se trata de acertar, de dar en el blanco. Para escribir un cuento se necesita disciplina, técnica, precisión para dirigir nuestras intenciones al centro de la cosa, al nudo de la cuestión. En esos cuentos hechos así, además del nudo, están el inicio y el desenlace. La imagen es esa, un poco ingenua, lo sé, pero puedo usarla, me resulta adecuada. Pareciera que, con destreza, para escribir el cuento, hubiera que apuntar, soltar la flecha y hacer que vaya recta, enhebrando su trama dorada, mientras recorre el camino señalado en su tensión, en su fuerza, en su propósito, hasta dar con la forma circular y preexistente. O eso de armar un reloj también se dice, todo parece girar en torno a círculos y flechas. Los cuentos de El nombre de todos los sonidos del bosque se gestaron en plazas, veredas, filas de supermercado y reuniones de trabajo, cuenta Santiago Craig (Imagen Ilustrativa Infobae)

Están buenas esas maneras, dan resultados gloriosos. A veces. Deslumbrantes. Efectivos, sobre todo. Pareciera. Hay quien dice. He visto, he escuchado, he leído. Yo qué sé, capaz soy medio vago, pero a mí me gusta más otra manera. Cuando leo y cuando escribo. Una que, antes que nada, tira y clava en algún lugar una flecha. La deja reverberar y se asombra de vivir en un mundo donde esas cosas suceden. Es un montón, quiero decir, que existan flechas y fuerza de voluntad, que algo pueda erigirse así, volar de un lado a otro, quedar clavado y temblando.

En ese punto, puede que empiecen mis paseos. En no saber por qué hay —puede haber— una flecha clavada ahí. Y en no dejar que sea solamente enigma y arbitrariedad, capricho. Deambulando alrededor de esas flechas que —sí, basta de la analogía pobre, elemental, se entiende ¿no?— son imágenes, personajes, escenas, ideas. Rodeándolas y merodeando hasta armar el surco que dé forma al blanco en el que la flecha se clava. Un blanco imperfecto, hecho a medida, para ella. No es hacer trampa dibujar el blanco alrededor de la flecha: es jugar a que el acierto no se crea tan importante, es construir un sentido propio.

Escribí estos cuentos caminando. Dibujando blancos alrededor de las flechas. Entonces, cuando lo que había ahí era una mujer soñando, yo caminaba alrededor para inventarle el sueño y daba otra vuelta para ver qué pasaría cuando despertara, y otra para encontrarme con los que andaban cerca, en el bosque o en el campo donde ella vivía, y otra para que se dijeran cosas, y otra para que pudieran o no encontrarse. Y cuando lo que había ahí era una mujer escribiendo cartas, sola y lejos, yo caminaba alrededor para saber qué le daba miedo y qué no, y daba otra vuelta para ver cómo apoyaba la mano en el estómago, y otra para enterarme de que su bebé nacía saludando, y otra para hacer que alguien llegara hasta su casa con ofrendas.

Al final, estos cuentos son el dibujo de esos recorridos. Esas formas de irme. De los paseos, creo, se vuelve siempre con algo, y uno puede compartir con los demás la anécdota, el devaneo, los paisajes, las historias, un modo de haber visto sin explicar ni entender, el tiempo aparte, el asombro.

Fuente: Infobae

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