Mirar una historia en el instante exacto en que se publica, verificar quién comenzó a seguir a quién, interpretar un me gusta como una señal inequívoca o pasar horas navegando por el perfil de otra persona se volvieron hábitos cotidianos para millones de usuarios. Lo que muchos consideran parte del juego del enamoramiento, para la psicología podría ocultar un fenómeno mucho más profundo: la limerencia, un estado de obsesión afectiva que, según el filósofo Tomás Balmaceda, encontró en las redes sociales el terreno ideal para expandirse.
En una entrevista concedida al programa Infobae al Mediodía, Balmaceda señaló que la creciente popularidad de este término no se debe a la aparición de una nueva forma de amar, sino a que la vida digital transformó de raíz la manera en que las personas construyen sus vínculos.
“La limerencia es un término súper de moda. Cuando buscás limerencia en redes sociales vas a encontrar podcasts, videos, libros, un montón de información. Porque parece que es el nuevo tipo de amor del siglo XXI”, sostuvo.
Sin embargo, advirtió que a menudo se confunde con un enamoramiento intenso cuando en realidad describe otra experiencia:
“No es exactamente estar súper enamorado ni estar obsesionado. Es otra cosa: pensamientos intrusivos todo el tiempo. No dejo de pensar en esa persona”.
Un concepto con décadas de historia que renace en la era digital
Aunque hoy la palabra circula con fuerza en TikTok, Instagram y podcasts sobre relaciones, la limerencia no nació con las redes sociales. El término fue acuñado en 1979 por la psicóloga estadounidense Dorothy Tennov, autora de Love and Limerence, tras entrevistar a cientos de personas que mostraban patrones de conducta similares. Según explicó Balmaceda, la investigación identificó un conjunto de comportamientos característicos: pensamientos persistentes sobre otra persona, necesidad constante de reciprocidad, fantasías recurrentes y una tendencia a reorganizar la vida cotidiana alrededor de ese vínculo.
“Pensaban en esa persona, cambiaban sus rutinas, averiguaban cosas de sus amigos y familiares. Había fantasías constantes y una necesidad permanente de reciprocidad”, resumió el filósofo.
Para Balmaceda, lo verdaderamente novedoso no es la existencia de la limerencia, sino el momento en que volvió al centro de la conversación pública.
“¿Por qué esto que tiene más de 70 años vuelve ahora al centro de la escena? Porque en los últimos meses las búsquedas de la palabra crecieron 500%”, señaló.
A su juicio, la explicación va más allá de la psicología y está directamente vinculada con el ecosistema digital, donde las plataformas ofrecen una cantidad inédita de información sobre la vida cotidiana de otras personas.
“Las redes te dan el telescopio y el camuflaje”, sintetizó,
al explicar que nunca fue tan sencillo observar a alguien de manera constante sin necesidad de establecer un vínculo directo.
Del enamoramiento a la vigilancia permanente
Si durante buena parte del siglo XX la distancia imponía límites naturales a cualquier relación, hoy las redes sociales redujeron esas barreras al mínimo. Fotografías, historias, horarios de conexión, comentarios, listas de seguidores e incluso los lugares que frecuenta una persona están disponibles con apenas unos clics. Esa disponibilidad permanente de información, sostuvo Balmaceda, modificó la forma en que muchas personas experimentan el deseo.
“Si me obsesiono con alguien, puedo saber dónde toma café, con quién sale, a quién sigue y quién lo sigue. Incluso, aunque no haya reciprocidad, puedo construir todo un ecosistema de información alrededor de esa persona”, explicó.

Para el filósofo, ese acceso casi ilimitado convierte a las plataformas en un terreno especialmente fértil para la limerencia. Ya no se trata únicamente de pensar en alguien, sino de alimentar constantemente esa obsesión con nuevos datos, imágenes e interacciones que mantienen vivo el interés.
En ese contexto, gestos que hoy parecen completamente normales adquieren otra dimensión. Revisar quién vio una historia, interpretar el significado de un like, controlar cuánto tardó alguien en responder un mensaje o analizar quién empezó o dejó de seguir a determinada persona son conductas que las plataformas naturalizaron y que pueden reforzar ese mecanismo psicológico.
Durante la conversación, Fede Mayol recordó cuánto cambiaron las formas de vincularse con la llegada de internet.
“En nuestra época, cuando éramos más jóvenes, no había redes sociales. Era un mensaje de texto, como mucho”, comentó.
Para Balmaceda, esa diferencia es central: antes existían límites objetivos para sostener una obsesión; hoy la tecnología ofrece un flujo permanente de información capaz de prolongarla casi indefinidamente.
Cuando no existe reciprocidad
Otro de los rasgos distintivos de la limerencia, explicó Balmaceda, es que suele desarrollarse en vínculos donde no existe una relación real o correspondida.
“No vi ningún caso de limerencia de alguien que te da pelota. Esa persona capaz ni te conoce”, afirmó.

Esa lógica ayuda a comprender por qué el fenómeno también puede aparecer en torno a celebridades, influencers o figuras públicas.
“Tu limerencia puede ser un chico de One Direction, Harry Styles. No tiene que ser alguien cercano”, ejemplificó.
En esos casos, la obsesión se construye a partir de una relación unilateral sostenida por la exposición constante que ofrecen las redes sociales, un tipo de vínculo que en psicología suele asociarse con las relaciones parasociales.
Una palabra que ayuda a entender los vínculos en la era digital
La conversación también abordó el impacto que este fenómeno puede tener sobre la salud mental. Mientras Maru Duffard observó que “nadie puede estar tanto así”, Balmaceda sostuvo que la combinación entre hiperconectividad, algoritmos diseñados para captar la atención y disponibilidad permanente de información creó un escenario inédito para este tipo de obsesiones.
Más que una moda nacida en Internet, la limerencia se convirtió en una forma de nombrar un fenómeno que la tecnología volvió cada vez más visible. Si antes la distancia imponía límites al enamoramiento, hoy la exposición permanente, los algoritmos y el acceso casi ilimitado a la vida de los demás modificaron la manera en que las personas desean, idealizan y construyen vínculos.
“Estamos en una era de un nuevo tipo de amor tóxico que cada vez más personas reportan que tienen y hay que tener cuidado de no caer en esas trampas”, concluyó Balmaceda.
Fuente: Infobae