La obra de Franz Kafka posee una cualidad esquiva: se resiste a una interpretación definitiva y, en cada lectura, revela significados renovados. No importa si quien la analiza es Jorge Luis Borges, Gilles Deleuze o un lector recién llegado a sus páginas. Su literatura es inagotable en su capacidad de combinar imaginación y reflexión filosófica; genera preguntas y respuestas que nunca son idénticas, porque mutan con el paso del tiempo. Esa es, precisamente, una de las marcas de los clásicos: siempre tienen algo que decir sobre la época en que se los lee.
Por la profundidad de su pensamiento y la originalidad de su imaginación, Kafka es una figura central no solo en la historia de la literatura, sino en la historia del arte en general.
Otra prueba de su excepcionalidad es que su apellido se transformó en adjetivo. A partir de su universo, toda burocracia absurda es kafkiana, toda metamorfosis alucinada lo es, y también lo es la lucha desgastante con un padre. Aunque ese conflicto quedó retratado en sus escritos, no fue ficción: fue un drama real que marcó su biografía y determinó su creación.
Kafkiana es también Franz, la nueva cinta de la polaca Agnieszka Holland sobre la vida del escritor nacido en Praga en 1883, hijo de una familia judía de clase media dominada por la figura de Hermann, su padre, un comerciante autoritario y violento, dueño de una mercería, quien dejó una huella dramática imborrable en su obra y en sus cartas. Kafka estudió Derecho, trabajó como oficinista en una compañía de seguros y escribió de noche, casi a escondidas, textos que lo consagrarían como uno de los escritores fundamentales de todos los tiempos, con obras analizadas, replicadas y traducidas como La metamorfosis, El proceso o El castillo.
Todo en él está acechado por la contradicción: quería ser artista pero no abandonaba su empleo; su padre le hacía la vida imposible pero nunca se fue de la casa familiar; fue uno de los artistas más enigmáticos y, a la vez, pocos han recibido tanta atención y han sido estudiados tan exhaustivamente como él. Un dato relevante es que en la obra de Kafka —lo que llamamos su literatura—, sus diarios y su correspondencia tienen tanto peso como sus ficciones. No son periferia ni información adicional, sino que son centrales a la hora de hablar de su escritura.
Franz Kafka tenía 40 años cuando murió de tuberculosis en 1924, en un sanatorio cerca de Viena, sin haber visto publicada buena parte de su obra y después de pedirle a su amigo Max Brod que quemara todos sus papeles. En una de esas decisiones complejas de juzgar —no respetó los deseos finales de Kafka, pero entregó a la humanidad algunas de las obras capitales de la historia de la literatura—, Brod lo traicionó y por eso sabemos o nos proponemos saber de qué se trata aquello que pasaba por su cabeza, su corazón y su fantasía.

De la vida de Kafka, decíamos, se ocupa en su última película Agnieszka Holland (1948), nacida en Varsovia y una de las cineastas más celebradas del cine polaco contemporáneo, responsable de filmes como Europa Europa y En la oscuridad, ambas nominadas al Oscar. La directora tiene una larga relación con Kafka: primero como lectora (eligió Praga para estudiar porque era la ciudad de su autor favorito) y luego como realizadora. Su nueva película no es su primera aproximación a la figura del escritor; ya en la década de 1980 había dirigido una versión televisiva de El proceso. Veamos cómo cuenta ella esta singular historia de amor.
“Descubrí a Kafka cuando aún estaba en la escuela secundaria”, dijo Holland, “y pronto se convirtió en uno de los escritores clave que más me inspiraron… y luego en algo más. Su vida aparentemente monótona y carente de aventuras, su visión introvertida del mundo llena de humor negro y doloroso, la coherencia con la que fusionaba la literatura y la vida, y el valor de su visión casi profética del mundo alimentaron mi fascinación inagotable. Con su triple identidad, su autoironía y su aguda sensibilidad, Kafka se convirtió en un hermano admirado, frágil a pesar de toda su fuerza, al que había que cuidar”.

Un caleidoscopio sin orden cronológico
La película de Holland no es una biopic tradicional, aunque tampoco es exactamente una versión libre de la vida de Kafka. Lo que sí es libre es su enfoque, ya que fuera de toda cronología lineal, se permite anacronismos perturbadores y narra su historia a través de un caleidoscopio cubista a lo Juan Gris que va de la Praga de fines del siglo XIX a la Viena de 1924 y de ahí, sin aviso, llega hasta el presente, donde se ven olas de turistas que pagan por visitar la ciudad natal del escritor o que se tiran emocionados en el pasto del lugar donde murió, así como vendedores de hamburguesas con su nombre y su rostro.
En paralelo a la cronología no lineal, los personajes centrales de la vida del escritor reproducen algunos hechos documentados en diversas biografías, mientras que en otros momentos rompen la ilusión de realidad al hablar directamente a cámara, relatando o analizando ciertas cuestiones, como si ellos mismos hubieran saltado en el tiempo para dar testimonio en un documental.
En el elenco destaca Idan Weiss en el papel de Kafka, con quien tiene un apabullante parecido físico y al que reproduce en movimientos y obsesiones, mientras que Peter Kurth interpreta al intimidante padre de Franz. Jenovéfa Boková es Milena Jesenská —un personaje maravilloso y uno de los grandes amores del escritor—, Ivan Trojan encarna al interesante tío Siegfried Löwy, Sandra Korzeniak es la madre del escritor, Katharina Stark es Ottla, la hermana y confidente, Carol Schuler es Felice Bauer —la prometida de Kafka—, Aaron Friesz interpreta a Oskar Baum y Sebastian Schwarz es Max Brod.

Kafka como literatura y como ícono. Como el artista excelso y como el objeto cool. De esa polifonía de sentidos y de la recepción de su obra en el presente habla la película de la directora polaca, quien escribió el guion junto a Marek Epstein. “No puedo contar su historia de una manera convencional, lineal y clásica; una narrativa así traicionaría la verdad más profunda sobre Franz”, dijo Holland. “Quiero buscarlo en fragmentos, acertijos, sentimientos, en una mezcla de hechos, suposiciones e imaginación, en sus sueños, su literatura y sus cartas”.
Y eso hizo. A algunos nos deslumbra su atrevimiento formal y esa manera de apropiarse de la vida, y por qué no, de la obra de un artista. Para otros, tal vez más excesivamente respetuosos del detalle y, en algunos casos, meticulosos hasta la burocracia, las decisiones de Holland dieron como resultado una película caótica que no le hace justicia al escritor. (Tomando en cuenta la discusión muy actual alrededor de las libertades que se tomó Christopher Nolan en su versión de La Odisea, por momentos uno se pregunta cuáles son las razones de época que aplastaron el gusto por la experimentación formal y la ambigüedad en el arte).

A propósito de esta tendencia nociva hacia la búsqueda de literalidad en la creación, Holland ofrece un testimonio muy interesante: los comunistas odiaban a Kafka porque no podían entenderlo ni comprenderlo, “pero sentían que sus libros planteaban un diagnóstico que amenazaba su realidad, y sus metáforas parecían burlarse de ellos. El régimen comunista lo mantuvo en la lista negra durante mucho tiempo, y la Primavera de Praga comenzó con un congreso que devolvió a Kafka a la literatura checa. El tímido e inseguro Kafka se convirtió en un símbolo de libertad. (…) La necesidad de abordar por fin su misterio en mi obra me llevó a aceptar el reto, aparentemente imposible, de contar la historia de la vida, el corazón, la obra y la visión de Franz Kafka”.
Las reseñas internacionales de Franz muestran una recepción tan fragmentada como el propio filme. Entre los entusiastas, están quienes aplauden que la producción haya prestado atención a la fragilidad de Kafka y a su lado más humano, y también celebran las ambiciones estéticas y formales que muestran a la directora polaca adelantada a su tiempo, como el propio escritor, a la vez que destacan que la película confirma que la obra de Kafka sigue despertando interés con sus misterios e interrogantes en tiempos binarios que no admiten matices.
Un dato adicional para fans del autor de Carta al padre: también anunciada como una mirada fragmentaria sobre la vida del atormentado escritor, por estos días se estrena en Film & Arts la coproducción austroalemana Kafka, la serie de seis episodios de Daniel Kehlmann y David Schalko.

Y un comentario final sobre Franz.
La película de Holland no pretende brindar confort y puede llegar a incomodar al espectador que aspira a un orden clásico en el relato. Lejos de una narración tranquilizadora, la directora opta por la incertidumbre, la misma con la que Kafka observaba el mundo: ese territorio inestable donde nunca se termina de saber qué es aquello que uno está mirando.
*Franz, de Agnieszka Holland, se proyecta en Cinemark Palermo, Atlas Patio Bullrich, Showcase Norte, Cine Arte Cacodelphia y Cine Lorca.
Fuente: Infobae