El continente blanco, considerado por décadas un santuario alejado de la contaminación, atraviesa una transformación inquietante. Un equipo internacional de investigadores, liderado por el científico ambiental Chengzhen Zhou de la Universidad de Pekín, confirmó que la Antártida ha dejado de actuar como un depósito pasivo de mercurio para convertirse en una fuente activa de este metal tóxico, con graves consecuencias para la vida marina y la seguridad alimentaria.
El estudio, publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS), demuestra que el calentamiento global y la deposición atmosférica están acelerando el ciclo del mercurio en la región. La combinación de estos factores está disparando la liberación del contaminante hacia el océano Austral, amplificando el riesgo para las especies polares y los recursos pesqueros del hemisferio sur.

El mercurio (Hg) es un elemento natural que se libera por actividad volcánica y erosión, pero desde la Revolución Industrial su concentración global se disparó debido a la quema de combustibles fósiles y la minería. Aunque la Antártida está geográficamente distante de las fuentes industriales, los vientos transportan estos contaminantes hasta sus costas.
Durante décadas, la criosfera antártica funcionó como un verdadero sumidero, reteniendo el mercurio atmosférico y evitando que ingresara a las cadenas alimentarias marinas. Sin embargo, el equilibrio se ha roto: el calentamiento climático y la mayor deposición atmosférica están invirtiendo ese papel protector.

Según los datos recopilados por el equipo de Zhou, la Península Antártica acumula mercurio al doble de la tasa promedio mundial de las plataformas continentales. La tasa de acumulación se incrementó un 160 % desde el inicio de la industrialización a mediados del siglo XIX. Los científicos analizaron 16 núcleos de sedimentos combinando registros geoquímicos e isotópicos con un modelo de balance de mercurio basado en observaciones en terreno.
“La Antártida suele considerarse alejada de la contaminación industrial; sin embargo, demostramos que la Península Antártica se ha convertido en un foco de acumulación de mercurio. Al combinar registros geoquímicos e isotópicos de 16 núcleos de sedimentos con un modelo de balance de mercurio basado en observaciones, encontramos que la acumulación de mercurio en esta plataforma se ha duplicado con respecto al promedio global de la plataforma y ha aumentado drásticamente desde la industrialización”, explicaron los investigadores en el estudio.
El ciclo acelerado del mercurio y las amenazas para los ecosistemas polares

Los científicos reconstruyeron los últimos dos siglos de dinámica fuente-sumidero de mercurio en la Península Antártica, la región más sensible al calentamiento y al deshielo glaciar. Los resultados sorprendieron a la comunidad científica: la plataforma continental moderna de la Península Antártica presenta una tasa de acumulación de mercurio de 93 ± 58 microgramos por metro cuadrado al año, el doble del promedio global.
El modelo revela que esta aceleración proviene de dos mecanismos acoplados. Por un lado, la mayor deposición atmosférica, junto con la expansión de las aguas abiertas por el calentamiento, refuerza la absorción directa de mercurio atmosférico por parte del agua de mar.

Este proceso, denominado ciclo atmósfera-océano, se intensificó a medida que las temperaturas subieron y el hielo retrocedió. Por otro lado, el deshielo y la erosión activan un ciclo adicional —atmósfera-glaciar-tierra-océano— que libera el mercurio acumulado en tierra firme y lo moviliza hacia el océano.
“Este incremento se debe no solo a la deposición atmosférica, sino también al deshielo y la erosión del hielo inducidos por el calentamiento global, que removilizan el mercurio acumulado en tierra. Los resultados revelan que el calentamiento polar está transformando la criosfera antártica, de un sumidero de mercurio a una fuente activa de contaminación secundaria, con importantes implicaciones para el riesgo futuro de mercurio en los océanos y ecosistemas polares”, agregaron los expertos.
El acoplamiento de estos dos ciclos produjo impactos notables: la liberación de mercurio terrestre impulsada por el deshielo se multiplicó por 5,5 (un aumento del 550 %), mientras que el intercambio aire-mar subió un 350 %. Esta dinámica transforma el reservorio histórico de mercurio en la Antártida en una fuente activa de contaminación secundaria, amplificando el riesgo para los polos y el océano Austral.

La Organización Mundial de la Salud clasifica al mercurio entre los diez productos químicos de mayor preocupación para la salud pública, ya que incluso en bajas concentraciones resulta tóxico. Estudios previos citados por PNAS detectaron bacterias en el hielo marino antártico capaces de transformar mercurio en metilmercurio, una neurotoxina que se acumula en los organismos marinos y asciende por la cadena alimentaria.
Esta forma de mercurio representa el mayor peligro para el ecosistema del océano Austral, desde las diatomeas y el krill hasta los grandes depredadores. Observaciones recientes indican que los niveles de mercurio en especies como la merluza negra y los tiburones ya superan los límites de seguridad alimentaria.
Los científicos advierten que la exportación de mercurio desde la Península Antártica hacia el océano abierto a través de las corrientes aumentó un 400 %, lo que sugiere que la contaminación puede propagarse a zonas remotas.

“Si otros mares marginales del Océano Austral han experimentado un enriquecimiento de mercurio postindustrial comparable al observado en la plataforma de la Península Antártica, la amenaza potencial de contaminación por mercurio para los ecosistemas y la pesca podría verse aún más amplificada”, concluyen los autores.
El análisis de los datos isotópicos y geoquímicos demuestra que el sistema antártico responde de manera compleja a la presión humana, con una retroalimentación positiva entre el calentamiento global y la movilización de contaminantes depositados en el hielo durante décadas. El deshielo, junto con la mayor deposición atmosférica, acelera el ciclo del mercurio y multiplica su impacto sobre los ecosistemas polares y las pesquerías del hemisferio sur.
Según el equipo de Zhou, la solución requiere reducir de manera urgente las emisiones de mercurio y los gases de efecto invernadero para evitar que el reservorio antártico siga transformándose en una fuente creciente de contaminación global. La investigación, publicada en PNAS, sostiene que detener la quema de combustibles fósiles y limitar la contaminación industrial son pasos fundamentales para preservar la seguridad ambiental y la salud humana en las próximas décadas.
Fuente: Infobae