IA redefine los deberes escolares: ¿adiós a las tareas tradicionales?

Lo que hasta hace pocos años exigía una tarde completa de trabajo ahora se resuelve en cuestión de segundos. Resumir un capítulo, contestar un formulario, elaborar un mapa conceptual o reunir argumentos a favor y en contra de un tema son actividades que han perdido gran parte de su sentido ante el auge de la inteligencia artificial generativa.

Surgen preguntas inevitables: ¿estamos ante el final de la tarea escolar? ¿Hasta qué punto lo que un estudiante trae desde su casa refleja realmente su esfuerzo y aprendizaje? ¿Se puede considerar que el alumno hace trampa cuando utiliza IA para resolver los deberes? O, más bien, ¿el problema radica en el valor pedagógico de una consigna que puede ser superada sin que el estudiante piense, lea o comprenda?

Docentes y expertos consultados coinciden en que la inteligencia artificial obliga a las instituciones educativas a replantearse los deberes escolares. Hoy es fundamental diferenciar entre las tareas rutinarias y fácilmente automatizables, y aquellas que fomentan la reflexión, la autonomía y la creatividad. Solo en este segundo caso, advierten, las tareas mantendrían su relevancia.

Una discusión que viene de antes

Las tareas para el hogar siempre han tenido críticos; uno de los argumentos más recurrentes es la defensa del tiempo libre y el juego. El pedagogo italiano Francesco Tonucci es quizás el portavoz más conocido de esta postura. En su última visita a Argentina, señaló:

“Los deberes no tienen sentido. Me parece un instrumento que solo sirve para que los niños odien un poco más la escuela, y no creo que la escuela quiera eso. La única tarea que tendría sentido sería jugar. Jugar, y al día siguiente contarlo en la escuela”.

Carina Lion, doctora en Educación y profesora de la Universidad de Buenos Aires, plantea que “desde una perspectiva crítica de la didáctica, no siempre le encuentro sentido a la tarea escolar”. Antes de debatir sobre la IA, sugiere retomar preguntas básicas: “¿Se da tarea porque el tiempo escolar no alcanza? ¿Porque se necesita algún tipo de refuerzo? ¿Es un castigo o tiene un genuino propósito pedagógico?”.

La especialista propone revisar cómo se conecta la experiencia escolar con lo que ocurre fuera de la escuela. “Creo que, en todo caso, es una oportunidad para repensar el tiempo escolar y la relevancia de lo que se aprende”, afirma Lion, y sugiere “preguntarnos acerca del sentido de dar tarea y ‘colonizar’ tiempos de ocio que ya están colonizados por las tecnologías”.

Las tareas escolares siempre han tenido sus detractores. Un argumento tradicional para cuestionarlas tiene que ver con las situaciones desiguales de los hogares: la tarea requiere de condiciones que no siempre están garantizadas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La “crisis” de las tareas ya se manifestaba antes de la IA generativa, asegura Bruno Videla, profesor de secundaria en la Ciudad de Buenos Aires. Desde su experiencia, la dificultad para mantener los deberes está vinculada a cambios culturales más que tecnológicos: “No hay hábitos, ni responsabilidad, ni consecuencias por no hacer la tarea. La escuela es un dispositivo que está pensado para funcionar en conjunto con la familia. Si un estudiante no tiene ese adulto que supervise, es como si al auto le faltara una rueda: vas a avanzar, pero para cualquier lado y a los ponchazos”, grafica Videla.

Otro argumento tradicional en contra de los deberes tiene que ver con las desigualdades en los hogares de los estudiantes. La tarea exige condiciones que no siempre están aseguradas: tiempo, espacio, conectividad, materiales, un adulto disponible.

Según los datos más recientes del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, a nivel nacional el 64,3% de los chicos en edad escolar (de 6 a 17 años) recibe acompañamiento familiar para realizar las tareas. Ese apoyo disminuye con la edad: el 82,3% de los chicos de 5 a 12 años recibe ayuda o supervisión, pero entre los adolescentes de 13 a 17 años, la proporción cae al 38,8%.

Jimena Venturelli, profesora de Historia en escuelas secundarias de Córdoba, advierte que para algunas familias ese apoyo resulta complejo: “La posibilidad de los chicos de resolver la tarea en casa muchas veces depende de tener padres o adultos de referencia que puedan acompañarlos, ayudarlos o supervisarlos. Pero algunas familias no necesariamente disponen del tiempo o los recursos”.

Venturelli señala que, en sectores medios y altos, con frecuencia las tareas quedan relegadas por agendas llenas de actividades extracurriculares. “Muchos alumnos realizan múltiples actividades fuera de la escuela: fútbol, inglés, danza… Suele ocurrir que vuelven tarde a su hogar y es complicado resolver tareas porque el tiempo no alcanza”. Venturelli sostiene que esta cuestión “puede pensarse en relación con el descrédito de la escuela: ¿será que cualquier actividad es más importante que lo escolar?”.

Marina Bertone, docente de nivel primario de la provincia de Buenos Aires y profesora universitaria, sostiene que las tareas pueden ser una oportunidad para involucrar a las familias y habilitar experiencias difíciles de desarrollar en el aula: desde observar fenómenos del entorno en Ciencias Naturales hasta recuperar testimonios familiares en Ciencias Sociales. También pueden prolongar y profundizar procesos iniciados en clase. Pero la IA vuelve inevitable una revisión: “Si una tarea puede resolverla la inteligencia artificial, ahí hay una señal clara de que la propuesta didáctica está apuntando a respuestas lineales y superficiales, en lugar de convocar aprendizajes profundos”.

En sectores medios y altos, con frecuencia las tareas quedan relegadas por agendas cargadas de actividades extracurriculares. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El resultado no garantiza el aprendizaje

La desaparición –o reducción– de los deberes escolares por la irrupción de la IA puede implicar una pérdida de aprendizaje, planteó Justin Reich, director del Laboratorio de Sistemas de Enseñanza del Massachusetts Institute of Technology (MIT). El debate sobre este tema es global y se ha vuelto crítico tanto en escuelas como en universidades –aunque las reacciones han sido dispares: aún hay instituciones y docentes que prefieren actuar como si nada hubiera cambiado–.

“Seguramente muchas escuelas reduzcan las tareas para el hogar. Si no se puede supervisar lo que hacen, los estudiantes usarán ChatGPT. Copiar y pegar respuestas no tiene sentido, y tampoco tiene sentido que los docentes corrijan textos generados por IA. Pero si creemos que la tarea tiene valor pedagógico, entonces estaremos perdiendo millones de horas de práctica y aprendizaje. Y eso puede ser negativo para el desarrollo humano”, advirtió Reich.

“No creo que estemos ante el fin de las tareas, sino frente a una profunda reconfiguración de su sentido”, sostiene Stella Menéndez, directora del Instituto La Salle Florida y profesora de Matemática. Y continúa: “Los deberes siguen siendo una herramienta valiosa cuando tienen una intencionalidad pedagógica clara: permiten sistematizar aprendizajes, desarrollar autonomía, consolidar capacidades y sostener el proceso de aprender más allá del aula. Lo que hoy está en discusión no es la existencia de las tareas, sino aquellas propuestas que solo exigen reproducir información o responder consignas que IA puede resolver en pocos segundos”.

“Las tareas necesitan desafiar a los estudiantes a comprender, argumentar, tomar decisiones, relacionar saberes y hacer visible su propio proceso de pensamiento”, define Menéndez. Y señala que en este escenario adquieren aún más valor aquellas capacidades que la IA no puede reemplazar: la creatividad, la empatía, el juicio ético, la intuición y la capacidad de trabajar con otros.

“Si la tecnología resuelve cada vez mejor los procesos mecánicos, la escuela debe concentrarse en desarrollar aquello que sigue siendo profundamente humano. Las tareas ya no deberían pedir únicamente respuestas; deberían invitar a formular buenas preguntas, crear, investigar, debatir, producir y encontrar soluciones originales a problemas reales”, enumera Menéndez.

Lucía Gandur, profesora de Lengua y Literatura y formadora de docentes en Tucumán, pone el foco sobre lo que pasa en el aula: “Creo que el camino es recuperar el espacio de la clase presencial para iniciar los procesos, para que ahí germinen las ideas y las propuestas, a partir de discusiones genuinas sin mediación de tecnología en esta primera instancia”. De ese modo, el docente conoce el punto de partida y puede acompañar la evolución del trabajo.

Ya con la tarea realizada, será importante “cotejar lo producido con una exposición, una revisión que habilite el intercambio, una puesta en discusión”, plantea Gandur, y resalta que los estudiantes deberían poder explicar cómo llegaron a la síntesis presentada, cómo jerarquizaron las ideas y qué decisiones tomaron en el camino.

En Lengua se plantea un escenario crítico, en el que las operaciones mentales que implica la escritura –planificar, elegir palabras, organizar y revisar– quedan neutralizadas frente a la generación instantánea de textos que, muchas veces, los estudiantes ni siquiera leen antes de entregar. Frente a este contexto, Gandur propone invertir el proceso tradicional: tomar el producto de la IA como objeto de análisis crítico. “Habrá que hacer el camino al revés, leer el producto, analizar el discurso, identificar sesgos y evidenciar intenciones”, explica.

En la primaria, advierte Marina Bertone, la presencia de estas herramientas cambia según la edad: es menos visible en los primeros años, pero adquiere mayor fuerza a partir de 4° o 5° grado. Para la docente, la respuesta no debería ser ignorar la IA, sino transparentar su existencia y enseñar a utilizarla: explicar, por ejemplo, que sus respuestas requieren duda y verificación. “Ese es hoy uno de los grandes desafíos docentes: hacer visible la herramienta y hasta incluirla en ciertas consignas, pero no para que resuelva. La idea es invitar a los chicos a desafiarla, a discutir con sus respuestas, para correrlos de la delegación cognitiva y favorecer que el pensamiento propio sea el punto de partida”.

Para Marina Bertone, la respuesta no debería ser ignorar la IA, sino transparentar su existencia y enseñar a utilizarla. (Freepik)

Qué tareas todavía tienen sentido

La mayoría de las fuentes consultadas coincide en que la IA generativa no marca el “fin” de las tareas, pero sí exige un replanteo. Entonces, ¿qué tipo de deberes aún tienen sentido?

Mariana Maggio, doctora en Educación y directora de la Maestría en Tecnología Educativa de la UBA, subraya que la IA resuelve de manera bastante eficiente las tareas clásicas centradas en sintetizar, aplicar, ejercitar o buscar dentro del saber acumulado. Pero eso no implica el fin del aprendizaje: “Por el contrario, puede acercarnos a tareas que tengan más sentido”, afirma.

“Cualquier proyecto que requiere la construcción de algo original –una solución a un problema real, el diseño de un artefacto novedoso o la creación de un objeto cultural– cobra sentido inmediatamente. Además, en muchos casos incluso puede volver virtuosa y crítica la interacción con la IA, sabiendo que esta no va a poder agotar sola el alcance de la invitación que formula la tarea”, explica Maggio.

También propone trabajos de tiempo extendido (por ejemplo, un mes), con entregas parciales que se van revisando; producciones colectivas, realizadas con compañeros o, incluso, con referentes de la comunidad; y tareas con una dimensión material, como la creación de una obra artística.

“Podemos poner más énfasis en el lado humano de la tarea: el punto de vista propio, la emoción en juego, una definición estética o una posición ética. Son aspectos que la tarea no siempre ponderó y que en este momento histórico, ante la artificialidad creciente, vale la pena rescatar”, sugiere Maggio.

Mariana Maggio propone

“La IA nos obliga a resignificar nuestras prácticas y a volver a preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos: en el caso de las tareas escolares, no implica su fin, sino su transformación”, afirma Mariana Ferrarelli, directora del programa de Inteligencia Artificial en Educación de la Universidad de San Andrés.

Ferrarelli plantea la necesidad de “resignificar” las tareas. Señala, a modo de ejemplo, la vigencia de consignas como entrevistar a un familiar, un vecino o un comerciante del barrio para Ciencias Sociales. La IA puede ayudar a preparar las preguntas, transcribir la conversación o procesar el material, pero no podrá hacer la entrevista por los estudiantes, ni sustituir su capacidad de escucha o de repregunta.

En Ciencias Naturales también se puede pedir a los alumnos que realicen una experiencia y la documenten, que observen su entorno o recolecten materiales. “Hay cuestiones del mundo físico que la IA no puede cubrir y que resultan muy significativas para los estudiantes”, explica Ferrarelli. En esta línea, las tareas ganan valor cuando requieren salir de la pantalla, hacer algo con el cuerpo, vincularse con otros o producir una evidencia que no puede obtenerse con una instrucción escrita a un chatbot.

“Si no genera reflexión, no permite fortalecer trayectorias diversas –algo que a veces es difícil en el aula– ni enriquece la comprensión, no le veo sentido a la tarea”, define Carina Lion. Por otro lado, si el trabajo permite reconstruir la “trazabilidad” del proceso –las preguntas, las hipótesis, las decisiones, los cambios y las fuentes consultadas–, la IA puede contribuir a fortalecer la autonomía de los estudiantes, afirma la especialista.

Varias docentes consultadas proponen fortalecer el tiempo de trabajo en el aula, de modo que allí ocurran los procesos centrales de lectura, discusión y producción. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El tiempo en la escuela

Varios testimonios coinciden en una respuesta que puede sonar paradójica: para “salvar” el sentido de las tareas, quizá haya que depender menos de ellas. Gandur y Venturelli proponen fortalecer el tiempo en el aula, de modo que allí ocurran los procesos centrales de lectura, discusión, producción y revisión. Las tareas en casa pueden prolongar esa experiencia, pero lo fundamental debería suceder en clase.

En las escuelas primarias estatales hubo en los últimos años una expansión del tiempo escolar, según datos de la Secretaría de Educación nacional. En 2025, el 48% de los alumnos asistía bajo alguna modalidad de jornada extendida o completa, frente al 16% en 2022. El salto se explica en buena medida por la implementación del programa “Hora más”, que incorporó una quinta hora diaria en las escuelas de jornada simple para reforzar Lengua y Matemática. En las escuelas privadas, la cobertura de la jornada “extendida o completa” alcanza al 24,2% de los estudiantes de primaria.

“Frente a la tecnología que nos automatiza, habrá que recuperar a la humanidad que piensa y siente con sus particularidades. Por eso el espacio del aula es el ámbito donde la educación humanizante hará la diferencia”, afirma Lucía Gandur. “Creo que es tiempo de fortalecer el tiempo en las aulas”, coincide Jimena Venturelli.

Aprendemos cuando actuamos sobre el conocimiento: cuando experimentamos, construimos, nos equivocamos, revisamos y volvemos a intentar. Las tareas más valiosas son las que prolongan esas experiencias iniciadas en el aula y permiten que los estudiantes apliquen lo aprendido en nuevos contextos. Si una experiencia fue verdaderamente significativa, el aprendizaje no termina cuando finaliza la clase: sigue dando vueltas en la cabeza del estudiante, despierta nuevas preguntas, encuentra conexiones con la vida cotidiana y genera el deseo de seguir aprendiendo”, sostiene Menéndez.

Más que el fin de los deberes, parece ser el fin de una forma de concebirlos: la consigna igual para todos, centrada únicamente en el producto y basada en la presunción de que una respuesta correcta equivale a aprendizaje. Menéndez subraya que el desafío, en realidad, es proponer mejores tareas: “Aquellas que amplían el pensamiento en lugar de reemplazarlo, que invitan a los estudiantes a comprender, crear, decidir, descubrir, colaborar y construir sentido, y que les enseñan a pensar con la inteligencia artificial sin dejar de pensar por sí mismos”.

Fuente: Infobae

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