Sultán de 19 años, imperio en crisis: nace la Mezquita Azul

En 1609, el sultán Ahmed I —con apenas 19 años— hundió una piqueta dorada en la tierra de Estambul para iniciar el proyecto más ambicioso de su reinado. No contaba con el botín de guerra que la tradición otomana exigía para financiar semejante obra, pero sí con una obsesión: superar en esplendor a la cercana Santa Sofía. Así nació la Mezquita del Sultán Ahmed, conocida universalmente como la Mezquita Azul.

Heredero de un trono convulso, Ahmed había llegado al poder a los 13 años, tras la muerte de su padre Mehmed III, el mismo soberano que ordenó estrangular a sus 19 hermanos para asegurarse la sucesión. Poco antes, su hermanastro Şehzade Mahmud había sido ejecutado por decreto real. El joven monarca gobernaba un imperio de tres continentes —de las murallas de Viena a los puertos de Argel y los santuarios de La Meca—, pero sacudido por las guerras y con las arcas agotadas.

La Guerra Larga Turca había concluido en 1606 con la Paz de Zsitvatorok, considerada una humillación en la corte otomana. Según la enciclopedia Blue Mosque History, Ahmed I no había ganado grandes batallas ni dispuesto de botines de conquista. Aun así, ordenó que el tesoro estatal costeara las obras, lo que desató la protesta de los ulemas, juristas islámicos que llegaron a prohibir a los fieles rezar en el lugar.

Las crónicas de la época, recogidas por la historiadora Caroline Finkel en El sueño de Osmán: La historia del Imperio Otomano (1300-1923), documentan las críticas al sultán «por construir este lugar cuando realmente no tenía los medios».

El sultán no se detuvo. Expropió los palacios de varios visires, incluido el de Sokollu Mehmed Pasha, y lanzó las obras en la península de Fatih, frente a Santa Sofía y sobre los restos del antiguo hipódromo de Constantinopla.

Ahmed I expropió palacios de visires en la península de Fatih para levantar la Mezquita Azul frente a Santa Sofía y sobre el antiguo hipódromo de Constantinopla (Wikimedia Commons)

La batalla arquitectónica contra Santa Sofía

El encargado de materializar esta ambición fue el arquitecto Sedefkâr Mehmed Ağa, discípulo del legendario Mimar Sinan y uno de los maestros más refinados de la arquitectura clásica otomana. Según la Enciclopedia Británica, la posición del templo frente a Santa Sofía no fue casual: Ahmed I buscó deliberadamente que su obra compitiera con la cúpula bizantina que desde el año 532 dominaba el perfil de la ciudad. Mehmed Ağa tomó como inspiración la Mezquita de Şehzade y la propia Santa Sofía, cuya ingeniería bizantina fascinó a los otomanos durante generaciones, según consta en la Wikipedia sobre la Mezquita Azul.

El interior se cubrió con más de 20.000 azulejos de Iznik en tonos azules y turquesas, de ahí el nombre popular del edificio. Unas 260 ventanas, muchas con vidrieras emplomadas, bañaban el espacio con una luz casi celestial.

El elemento más polémico del diseño fueron sus seis minaretes, pues la tradición reservaba un máximo de cuatro para las mezquitas imperiales. Al exigir seis, la nueva edificación igualaba a la Masjid al-Haram, la mezquita más sagrada del islam en La Meca. Corrió el rumor de que el sultán se consideraba igual al profeta Mahoma. Según el historiador Saffet Emre Tonguç, citado por CNN Travel, «la gente empezó a difundir rumores». La solución diplomática, según la tradición, fue encargar un séptimo minarete para la mezquita de La Meca como gesto de apaciguamiento.

Un legado entre la clemencia y la decadencia

La mezquita formó parte de un complejo más amplio conocido como külliye, que incluía una madrasa, un comedor social, un hospital, un hospicio y las tiendas del bazar Arasta. Como explica Tonguç a CNN Travel, «impulsó la actividad económica en el lugar para que pudieran obtener los alquileres de los locales comerciales y mantener la mezquita». La producción de azulejos de Iznik fue tan masiva que agotó los talleres y aceleró el declive de esa industria, que cesó por completo en el siglo XVIII.

Ahmed I falleció de tifus el 22 de noviembre de 1617, a los 27 años. El estudioso Godfrey Goodwin señaló que los últimos informes contables de la construcción aparecen firmados por su sucesor, Mustafa I, lo que sugiere que el sultán no llegó a ver terminado su proyecto más ambicioso.

Su otra herencia fue política. A diferencia de sus predecesores, Ahmed I decidió no ejecutar a su hermanastro de tres años al asumir el trono. En lugar de ello, los príncipes otomanos quedaron confinados en los kafes o «jaulas» del harén del Palacio de Topkapi. Ese acto de clemencia tuvo efectos profundos: «Tenían miedo de ir a la guerra porque vivían en un mundo ilusorio del que no podían salir», se recoge en CNN Travel. Los futuros sultanes, educados en el aislamiento, carecieron de la experiencia de gobierno que antes se forjaba en las provincias. A finales del siglo XVII comenzó el lento declive del Imperio Otomano, al que el siglo XIX bautizaría como «el enfermo de Europa».

Tras una restauración de seis años —la más completa de su historia—, la Mezquita del Sultán Ahmed reabrió sus puertas en 2023. En 2025, el papa León XIV la visitó, convirtiéndose en el tercer pontífice en hacerlo. Sus seis minaretes siguen en pie sobre la Punta del Serrallo, en la primera de las siete colinas históricas de Estambul.

Fuente: Infobae

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