El 29 de julio de 1981, aproximadamente 750 millones de personas en 74 países se sentaron frente a sus televisores para presenciar el momento en que una joven de 20 años caminaba hacia el altar de la Catedral de San Pablo en Londres. Lo que vieron fue la transmisión global de la boda entre el heredero al trono del Reino Unido y Diana Spencer. Sin embargo, lo que las cámaras no mostraron fue la confesión que el novio le hizo a su prometida la noche anterior: que no la amaba.
Esa revelación, según la astróloga Penny Thornton en un documental, fue contada por la propia Diana. De acuerdo con Thornton, Carlos le dijo que no quería “entrar a la boda bajo una idea falsa”, y que la confesión “fue devastadora”. A pesar de ello, al día siguiente Diana caminó igual hacia el altar.

El encuentro y la propuesta
La historia entre Carlos y Diana comenzó en 1977 en Althorp, la casa de campo de la familia Spencer. En ese entonces, Carlos tenía 28 años y mantenía una relación con la hermana mayor de Diana, Lady Sarah Spencer. Diana tenía apenas 16. Cuatro años más tarde, durante la entrevista de compromiso, el príncipe recordó aquella primera impresión: “Era una chica de 16 años muy alegre, divertida y atractiva. Llena de vida”.
No volvieron a verse hasta 1980, cuando se reencontraron en casa de un amigo en común. Diana, entonces de 19 años, contó en el documental Diana: In Her Own Words cómo ocurrió ese segundo encuentro: Carlos acababa de terminar una relación y todavía procesaba la muerte de su tío abuelo Lord Mountbatten. “Le dije que debía sentirse muy solo”, recordó Diana. “Y de repente se abalanzó sobre mí y empezó a besarme”.
Unos meses después, el 3 de febrero de 1981, Carlos la llevó al Castillo de Windsor y le propuso matrimonio. Diana lo recordó con humor: “Me reí. Pensé que era una broma y le dijo ‘Sí, dale’, riéndose. Él estaba completamente serio”. Pero lo que vino después la dejó helada. Cuando Diana le dijo “te amo”, Carlos respondió: “Lo que sea que signifique eso”. Ella lo interpretó como algo romántico. Con el tiempo, entendió que no lo era.

El 24 de febrero de 1981 se anunció el compromiso oficial. Diana apareció con un traje azul comprado en Harrods y un anillo de zafiro y diamantes que ella misma eligió del catálogo de Garrard, el joyero de la Corona, una decisión que generó críticas en los círculos reales.
Dos días antes de la boda, la reina Isabel II organizó un baile en el Palacio de Buckingham para 1.500 invitados. Carlos y Diana bailaron hasta la madrugada. Entre los presentes estaban autoridades de otros países, miembros de casas reales europeas y el grupo favorito del príncipe, The Three Degrees. La duquesa de Devonshire, que estuvo esa noche, dejó por escrito que al final de la fiesta “un alto oficial militar cortó los globos del techo con su sable” y que se desató “una estampida de damas mayores peleando como locas por los souvenirs azules y blancos para llevarles a sus nietos”.

Diana no participó en los festejos de la víspera. Se quedó en Clarence House con sus hermanas y el séquito nupcial para poder levantarse a las 6:30 de la mañana del día de la boda. Desde Buckingham, Carlos le envió un anillo de sello con las plumas del Príncipe de Gales y una nota: “Estoy tan orgulloso de vos y cuando subas, estaré en el altar esperándote. Solo mirálos a los ojos y dejálos sin palabras”.
El vestido secreto y sus detalles
El diseño del vestido de Diana se mantuvo en secreto hasta la boda. Los diseñadores David y Elizabeth Emanuel trabajaron durante tres meses en una pieza de seda tafetán marfil con 10.000 micro perlas, mangas abullonadas, cuello con volados y una cola de 7,6 metros que superaba en más de 1,5 metros la anterior marca registrada.
La cola era tan larga que los Emanuel tuvieron que trasladar su taller a un ala abandonada del Palacio de Buckingham para poder cortarla y darle forma. El encaje antiguo que adornaba el corpiño tenía historia propia: un experto reconoció que provenía de un vestido de la época de la reina María, bisabuela de Carlos.

El vestido tenía detalles ocultos. Dentro del corpiño, un lazo azul y una pequeña herradura de oro cosida para la buena suerte. “Solo se lo dijimos el día de la boda”, contó David Emanuel años después. “No sabía nada de la herradura, pero se emocionó mucho”.
Para proteger el secreto, los Emanuel colocaron retazos de tela en la basura para que la prensa los encontrara. También confirmaron a un periodista de Women’s Wear Daily el diseño de un boceto falso. “No nos lo perdonaron durante un año”, admitió David. Tenían, además, un segundo vestido listo por si el original se filtraba.
El calzado corrió por cuenta del zapatero Clive Shilton: zapatos de satén y encaje con taco bajo —para no superar en altura a Carlos— decorados con 500 lentejuelas, 100 perlas diminutas y las iniciales “C” y “D” pintadas bajo el taco, con un corazón entre las iniciales.

La ceremonia y los invitados
La Catedral de San Pablo fue elegida por Carlos sobre la Abadía de Westminster por razones prácticas y estéticas. Tenía capacidad para 3.500 invitados frente a las 2.000 del Abbey. Podía albergar una orquesta completa y un coro de fama mundial, y el príncipe consideraba que su acústica era “espectacular”. Era, además, la primera vez desde 1501 que la catedral albergaba un casamiento real.
Entre los 3.500 invitados estaban la princesa Grace Kelly de Mónaco, la primera ministra Margaret Thatcher, la reina Isabel II, el príncipe Felipe y, aunque pocos lo sabían entonces, la futura esposa de Carlos: Camilla Parker Bowles.
Diana caminó hacia el altar del brazo de su padre, el conde Edward John Spencer, que arrastraba las secuelas de un accidente cerebrovascular sufrido tres años antes. Tomó la decisión de eliminar la palabra “obedecer” de sus votos, una ruptura con la tradición anglicana que databa de 1662. La decisión fue tomada en conjunto con Carlos y tras “discusiones muy serias” con el arzobispo de Canterbury, según informó la prensa hace 45 años.

Durante la ceremonia, Diana llamó a Carlos “Príncipe Felipe Carlos” en lugar de “Príncipe Carlos Felipe”. Carlos, por su parte, prometió compartir “tus bienes” en vez de “mis bienes mundanos”. Y olvidó besarla al terminar los votos. El beso llegó después, en el balcón del Palacio de Buckingham, ante las cámaras de todo el mundo, inaugurando una tradición que repetiría el príncipe Guillermo, hijo de Carlos y Diana, tres décadas más tarde.
La pareja salió de la catedral en un carruaje de 1902 que había sido usado por primera vez en la coronación del rey Eduardo VIII. Seiscientas mil personas se agolparon en las calles de Londres para verlos pasar.

La ceremonia tuvo un costo de aproximadamente 48 millones de dólares en valores de 1981, equivalente a unos 170 millones actuales. Los novios recibieron alrededor de 3.000 regalos. Entre los regalos estuvieron:
- Un cuenco de cristal Steuben grabado de Ronald Reagan, por entonces presidente de Estados Unidos.
- Un reloj Art Déco de Cartier.
- Un conjunto de zafiros y diamantes —reloj, pulsera, colgante, anillo y aros— obsequio del príncipe heredero Fahd de Arabia Saudita.
Solo 120 de los 3.500 invitados a la ceremonia fueron al desayuno de bodas en Buckingham. El menú incluyó rodaballo en salsa de langosta y una preparación de pollo relleno con mousse de cordero bautizada “Suprême de Volaille Princesse de Galles”, en honor a Diana. Había 27 tortas de bodas. La principal medía 1,5 metros de alto, pesaba 90 kilos y llevaba los escudos de armas de ambas familias.
Los anillos fueron fabricados con oro galés extraído de la mina Clogau St. David’s en Bontddu, una tradición de la familia real británica que se remonta a 1923.

El final del cuento de hadas
La luna de miel duró dos semanas: tres noches en Hampshire, un crucero de 11 días por el Mediterráneo a bordo del yate real Britannia y una estadía final en el Castillo de Balmoral, en Escocia. En noviembre de ese mismo año, Diana anunció su primer embarazo. El 21 de junio de 1982 nació el príncipe Guillermo. El 15 de septiembre de 1984, el príncipe Enrique.
Pero el matrimonio ya crujía. Según el propio relato de Diana a Andrew Morton para el libro Diana: Her True Story, el nacimiento de Enrique marcó un punto de quiebre: “Carlos y yo estuvimos muy, muy cerca las seis semanas antes de que naciera Harry, más cerca que nunca. Y de repente, cuando nació, todo se fue al diablo”.
En 1986, Carlos retomó su relación con Camilla Parker Bowles. Diana lo supo. En 1989, la enfrentó directamente: “Sé lo que está pasando entre vos y Carlos, y solo quiero que lo sepas”, le dijo. En 1992, una transcripción de una llamada telefónica privada entre Diana y un amigo íntimo expuso públicamente los problemas de Diana en su matrimonio.

El 10 de diciembre de 1992, el primer ministro John Major anunció ante el Parlamento la separación formal de la pareja. En junio de 1994, Carlos admitió públicamente su infidelidad en una entrevista televisiva. Esa misma noche, Diana apareció en la Galería Serpentine de Londres con un vestido negro ajustado y sin hombros que la prensa bautizó el “vestido de la venganza”, un término que persiste hasta hoy.
En noviembre de 1995, Diana concedió una entrevista al programa Panorama de la BBC. Ahí pronunció la frase que dio la vuelta al mundo: “Éramos tres en ese matrimonio, así que era un poco agobiante”. También habló de su propia infidelidad, de su bulimia y de sus dudas sobre la aptitud de Carlos para ser rey. La entrevista llevó a la reina a pedirles formalmente que se divorciaran.
El divorcio se selló el 29 de agosto de 1996. Diana perdió el título de Su Alteza Real y pasó a costear sus propios gastos.
El 31 de agosto de 1997, Diana murió en un accidente de tránsito en París mientras era perseguida por fotógrafos. Estaba de novia con el millonario Dodi Al Fayed, quien también falleció en el choque. Ella tenía 36 años.

Una investigación francesa concluida en 1999 determinó que el conductor del Mercedes-Benz, Henri Paul, perdió el control del vehículo a alta velocidad bajo los efectos del alcohol y medicamentos, y estableció que él fue el único responsable del accidente.
Carlos siguió bajo el escrutinio público durante años. En abril de 2005 se casó con Camilla Parker Bowles en una ceremonia civil en el Castillo de Windsor, formalizando una relación que había sido objeto de atención pública durante décadas. El 6 de mayo de 2023, tras la muerte de la reina Isabel II en septiembre de 2022, Carlos fue coronado rey en la Abadía de Westminster. Camilla fue coronada reina consorte a su lado.
Fuente: Infobae