La aparición de dos ejemplares de ballena franca austral frente a las costas de Mar del Plata generó asombro entre bañistas y pobladores locales durante las vacaciones de invierno. Sin embargo, para los científicos, esta clase de avistajes podría convertirse en algo habitual. Detrás de estos encuentros hay un proceso más amplio: la recuperación sostenida de la especie, que luego de décadas de protección está volviendo a ocupar distintos tramos del litoral argentino.
Mariano Coscarella, biólogo del CONICET y especialista en mamíferos marinos, explicó que estas imágenes no son una rareza.
“Es normal y cada vez va a ser más normal”, afirmó al referirse a los registros captados en Mar del Plata.
Según detalló, el crecimiento poblacional observado en las últimas décadas ha llevado a los animales a explorar zonas donde antes eran poco frecuentes.
“En los últimos treinta años la población de ballena franca ha crecido y los animales empiezan a verse en otras zonas de la costa, incluso en Uruguay, Brasil o más hacia el sur, en Chubut y Santa Cruz. Es una buena noticia porque significa que las poblaciones están creciendo”, señaló.
Este fenómeno coincide con la migración anual que realiza la especie desde el sur de Brasil hacia los golfos norpatagónicos, donde las ballenas encuentran condiciones ideales para reproducirse y criar a sus ballenatos. Los primeros ejemplares llegan entre abril y mayo, permanecen hasta fines de noviembre y alcanzan su mayor concentración durante agosto. Por eso, julio ya ofrece excelentes oportunidades para observarlas. El último relevamiento en Península Valdés contabilizó 2.110 ballenas, uno de los registros más altos obtenidos hasta el momento.
Para Coscarella, esa recuperación demográfica explica que los avistajes comiencen a repetirse en destinos turísticos que históricamente no formaban parte del recorrido habitual de estos cetáceos.
“Es probable que se empiecen a ver en otros puntos clásicos de la costa argentina”, sostuvo.
No obstante, aclaró que eso no significa que ciudades como Mar del Plata puedan desarrollar, al menos por ahora, una actividad similar a la de Puerto Pirámides.
“Todavía es poco probable que la cantidad de animales y la frecuencia con la que aparecen permitan organizar avistajes comerciales como los que existen en Península Valdés”, explicó.

El especialista consideró que la historia de la ballena franca austral representa uno de los casos más exitosos de conservación de fauna marina a nivel mundial. Recordó que la prohibición de la caza comercial, impulsada hace casi un siglo, permitió revertir una tendencia que parecía irreversible y favoreció la recuperación de otras especies, como la ballena jorobada y la ballena sei. Sin embargo, advirtió que el proceso todavía está lejos de completarse: un estudio publicado en 2022 por su equipo estimó que la población actual representa apenas el 10 % de la existente antes del inicio de las grandes cacerías.
“La buena noticia es que cuando todos nos ponemos de acuerdo y decidimos que algo tiene que cambiar, la naturaleza responde”, reflexionó.
Ese escenario alentador convive, no obstante, con un panorama mucho más preocupante para otros mamíferos marinos. En el marco del Día Mundial de las Ballenas y los Delfines, conmemorado el 23 de julio, Coscarella recordó que las estadísticas internacionales muestran que una de cada cuatro especies se encuentra amenazada y que la tendencia continúa agravándose. La situación es todavía más delicada entre los mamíferos de agua dulce, donde prácticamente todas las especies presentan algún grado de riesgo debido a la degradación de los ríos, la contaminación y la pérdida de hábitat.

La experiencia de Península Valdés demuestra, según el investigador, que la conservación puede convivir con el desarrollo económico cuando existen reglas claras y un compromiso sostenido. En localidades como Puerto Madryn y Puerto Pirámides, la presencia de las ballenas forma parte de la vida cotidiana y dio origen a un modelo de turismo responsable construido durante décadas. Existen zonas donde la navegación está restringida para proteger a los animales, operadores especialmente capacitados y protocolos que regulan cómo y cuándo realizar los avistajes. Ese esquema convirtió a la actividad en uno de los principales motores económicos de la región sin comprometer la preservación de la especie.
Lejos de tratarse de un episodio aislado, las imágenes registradas frente a Mar del Plata reflejan un cambio que probablemente se vuelva cada vez más visible en los próximos años. Si la recuperación de la población mantiene el ritmo actual, la presencia de ballenas francas australes en distintos puntos de la costa argentina dejará de ser una rareza para convertirse en parte de un fenómeno cada vez más habitual. En ese contexto, Coscarella dejó una invitación para quienes tengan la oportunidad de vivir la experiencia:
“Si pueden venir a ver las ballenas, háganlo, porque es algo que no se van a olvidar”.
Fuente: Infobae