“Llegar antes de partir” era el eslogan con el que Air France y British Airways promocionaban sus vuelos en el avión supersónico Concorde. La frase no era exagerada: ningún otro avión comercial podía unir París con Nueva York en apenas tres horas y media, menos de la mitad del tiempo que necesitaban los Boeing para el mismo trayecto. El sueño de volar al doble de la velocidad del sonido se había materializado en 1979, cuando el aparato alcanzó 2.500 kilómetros por hora durante 53 minutos en un vuelo regular. No solo era rápido; también volaba a 18.000 metros de altura, permitiendo a los pasajeros observar la curvatura de la Tierra. El periodista británico Sir David Frost describió la experiencia como “la única forma en que, en la vida humana, uno podía estar en dos lugares a la vez”.
El Concorde era un avión de lujo, con capacidad para cien pasajeros, que solo podían costear quienes pagaban 9.000 dólares (unos 23.000 actuales) por el pasaje. A bordo, champagne ilimitado, caviar y platillos de chefs franceses. Los asientos estaban dispuestos en filas de cuatro butacas, frente a las siete de los Boeing. Las celebridades eran frecuentes: Sean Connery, Phil Collins, Robert Redford, Elton John y hasta la Reina Isabel II, quien siempre ocupaba el asiento 1A en los vuelos de British Airways. Se le consideraba el avión más seguro del mundo, con más de tres décadas de vuelos sin accidentes, a excepción de un aterrizaje con un neumático desinflado en 1979 en Nueva York. Todo eso cambió el 25 de julio de 2000.

Vuelo fatídico
A las 16:44:55 del 25 de julio de 2000, el vuelo 4590 de Air France, con destino a Nueva York, aceleraba por la pista principal del Aeropuerto Charles de Gaulle a más de 300 km/h. De repente, un grito desde la torre de control sacudió la cabina:
—¡Detengan el despegue! ¡Hay fuego en uno de los motores!
Christian Marty, el piloto, respondió con calma: “Avería en el motor número 2. El fuego se extiende. Es tarde para frenar. Subiremos y viraremos hacia Le Bourget para aterrizaje de emergencia”. El Concorde levantó vuelo, dejando tras de sí una larga estela de llamas. En una maniobra que pareció una pirueta, el piloto intentó girar, pero el avión cayó sobre un maizal a cinco kilómetros de la pista, cerca de un hotel, y explotó. Eran las 16:47. Todo había durado poco más de dos minutos. Por primera vez en 31 años, un Concorde sufría un accidente fatal.
En el avión viajaban 100 pasajeros y 9 tripulantes. Al impactar, el combustible estalló y el avión se desintegró. Una parte incendiada cayó sobre el hotel Hotelissimo, de 45 habitaciones y construido en madera, matando a cinco huéspedes. El saldo: 114 víctimas. Pronto habría una víctima más: el propio Concorde.

Investigación y sospechas
Minutos después de apagarse el incendio, los bomberos cedieron el lugar a expertos aeronáuticos. “Presten atención a ver si encuentran algún pájaro”, ordenaron, sin descartar que un ave hubiera entrado en el motor. Hallaron las cajas negras a medianoche y las llevaron a París. La Fiscalía de Pontoise abrió una causa por “homicidio involuntario” y suspendió todos los vuelos Concorde en Francia. El director de Comunicaciones de Air France, François Bouzet, confirmó que el vuelo había despegado con 66 minutos de retraso por “inconvenientes técnicos”. En una conferencia de prensa, admitió que el piloto Marty había exigido reemplazar una pieza del motor 2: el rear thrust (impulsor de reversa). Cuando un periodista le preguntó si ese motor era el mismo que se incendió, Bouzet respondió: “Sí, pero es absolutamente imposible atribuir a esa reparación el origen del accidente”.
Veinticuatro horas después, surgieron rumores sobre fallas en los sistemas de alarma. La vocera de la Fiscalía, Elizabeth Senot, adelantó que “el piloto se dio cuenta de que había una avería en el motor número 2, pero ya no estaba en situación de poder frenar el aparato debido a la velocidad”. André Turcat, el piloto del primer vuelo experimental del Concorde en 1969, opinó que la causa debió ser “algo mucho más grave”, porque a 300 km/h aún se puede frenar. El vocero de Rolls-Royce, Steve Fushelberg, defendió el motor Snecma Olympus: “En 24 años y casi un millón de horas de vuelo, jamás se experimentó el más mínimo problema”. También se supo que el Concorde accidentado era el más antiguo de los 13 en operación, fabricado en 1975 con 11.989 horas de vuelo, y que había pasado un chequeo completo el año anterior y un control reglamentario cuatro días antes.

La verdadera causa: una cinta de metal
Los vuelos se suspendieron durante más de tres meses mientras los peritos analizaban las cajas negras, los restos y las grabaciones de video del aeropuerto. La Oficina Francesa de Investigación de Accidentes Aéreos determinó que el origen fue una cinta metálica desprendida de un DC-10 de Continental Airlines que había despegado minutos antes. Ese fragmento, que quedó en la pista sin ser visto, perforó un neumático del Concorde cuando el avión ya iba a 300 km/h. El neumático explotó y un trozo de goma golpeó contra un tanque de combustible, reventando una válvula en el ala izquierda. El combustible derramado entró en contacto con las chispas de un cableado dañado y provocó el incendio.
Las cajas negras también revelaron un acto heroico del piloto Christian Marty. Al darse cuenta de que no podría evitar la caída, cambió el rumbo del avión para impedir que cayera sobre un área poblada con hospitales y hoteles. “Si no fuera por el piloto, la tragedia podría haber sido mucho mayor”, dijo el vocero de los investigadores. “Con enorme sangre fría apuntó a una zona descampada”. El excomandante de Concorde Claude Hetru declaró: “Cuando uno pilotea un Concorde no está piloteando un avión, está piloteando un Concorde. Es algo especial, único… Y sus pilotos, perdonen la falta de modestia, también lo somos”.

El 6 de diciembre de 2010, más de una década después, Continental Airlines y su mecánico John Taylor fueron declarados culpables de homicidio involuntario por el desprendimiento de la cinta. Pero ya era tarde: los Concorde habían dejado de volar siete años atrás.
El lento ocaso del Rey de los Cielos
Después del accidente, la demanda de pasajes en el Concorde cayó drásticamente, haciendo insostenible su operación. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 agravaron la crisis. El 26 de noviembre de 2003, el Concorde G-BOAF de British Airways aterrizó suavemente en la terminal de Bristol Filton, en el suroeste de Inglaterra, como escala final antes de ser trasladado al Museo de Aviación. Así terminó discretamente la historia del avión más lujoso, rápido y glamoroso del mundo.
La ceremonia final incluyó un vuelo de exhibición desde Heathrow, sobrevolando el puente colgante Clifton, antes de tocar tierra en la pista de Bristol Filton. Fue la culminación de una muerte anunciada en abril de 2003, cuando Air France y British Airways informaron el inminente final. Los últimos vuelos comerciales de Air France partieron el 30 de mayo de 2003 desde París a Nueva York, con personalidades y empleados jerárquicos a bordo. Luego, el avión hizo exhibiciones en Estados Unidos y aterrizó en Toulouse el 27 de junio para no volver a despegar.
British Airways ofreció un programa de despedidas más prolongado, como si el Concorde se negara a retirarse. Realizó un recorrido final por Canadá y Estados Unidos desde el 1 de octubre hasta el 14 de octubre de 2003, y luego giras por el Reino Unido visitando Birmingham, Belfast, Manchester, Cardiff y Edimburgo, siempre volando a baja altura para que todos pudieran verlo. El último vuelo del último Concorde fue hacia Bristol Filton, casi en privado, para que esa muerte tuviera la debida intimidad.

Fuente: Infobae