Compartir la localización de forma permanente se ha vuelto una práctica habitual entre los jóvenes, transformando la percepción de la privacidad y generando desafíos sociales inéditos. El uso de herramientas como la función “Buscar” en los iPhone ha llevado a que gran parte de la generación Z exponga su ubicación de manera cotidiana.
La Agencia de la Unión Europea para la Ciberseguridad (ENISA) advierte que esta tendencia modifica los límites de la intimidad y expone información sensible a riesgos de vigilancia y control. Por su parte, la Electronic Frontier Foundation (EFF) señala que el acceso permanente a la geolocalización puede comprometer la autonomía y la seguridad de los usuarios.
Investigadores citados por Science Daily han demostrado que incluso las señales WiFi permiten identificar a las personas sin necesidad de dispositivos activos, lo que amplía las posibilidades de vigilancia invisible y plantea nuevos desafíos en la protección de la privacidad.
Seguridad, control y la erosión de la privacidad

La posibilidad de compartir la ubicación en tiempo real ha ofrecido soluciones concretas ante situaciones de riesgo, especialmente para mujeres que regresan solas a casa durante la noche. Muchas encuentran tranquilidad al saber que una amiga o familiar puede seguir su trayecto. Sin embargo, los riesgos asociados a esta práctica han comenzado a ser objeto de debate.
Natalia Franco, psicóloga del centro Área Humana en Madrid, observa un aumento de consultas por ansiedad relacionada con compartir la ubicación, principalmente entre jóvenes.
“Se medio obliga a la otra persona a decir dónde está como acto de confianza, pero en realidad funciona como una herramienta de control”, afirma Franco.
El uso sistemático de la geolocalización puede derivar en dinámicas tóxicas en relaciones de pareja, entre padres e hijos y en grupos de amigos. Las aplicaciones que permiten rastrear la ubicación recogen información sobre rutinas, lugares frecuentes y horarios habituales, datos que, en caso de caer en manos equivocadas, pueden facilitar la vigilancia no consentida, el acoso o incluso delitos como el robo.
Según un informe de The Guardian, especialistas en ciberseguridad advierten que la compartición de la ubicación puede exponer a los usuarios a riesgos de acoso y vigilancia, y que la información compartida podría ser utilizada para fines maliciosos, como la suplantación o el robo de identidad.
Geolocalización, datos y nuevas formas de vigilancia invisible

La recopilación y almacenamiento de datos de localización por parte de aplicaciones y servicios conllevan riesgos adicionales, ya que muchas plataformas pueden vender estos datos a terceros o ser víctimas de filtraciones de seguridad.
Expertos internacionales en ciberseguridad advierten que la información sobre hábitos y desplazamientos permite crear perfiles detallados, facilita la suplantación de identidad y aumenta la exposición a campañas de fraude. Un análisis de The Washington Post detalla que la comercialización de datos de geolocalización representa una amenaza creciente porque permite a empresas y actores no autorizados rastrear movimientos diarios y patrones de conducta, incluso sin el consentimiento informado de los usuarios.
El desarrollo tecnológico también amplió el alcance de la vigilancia. Investigadores en Alemania demostraron que los routers WiFi pueden identificar y rastrear personas con notable precisión, incluso si no llevan ningún dispositivo encima, lo que convierte las redes inalámbricas habituales en posibles herramientas de monitoreo invisible. ScienceDaily recoge la advertencia de estos especialistas:
“La tecnología es poderosa, pero al mismo tiempo implica riesgos para los derechos fundamentales, especialmente la privacidad”.
Frente a este contexto, especialistas recomiendan una educación tecnológica orientada a un uso consciente y responsable de la geolocalización, con énfasis en los límites entre protección y control. Un uso más sustentable de estas funciones se apoya en pautas básicas: compartir la ubicación solo por períodos acotados, con un objetivo explícito y con un círculo reducido; revisar permisos y configuraciones; y desactivar el rastreo cuando ya no sea necesario.
La reacción de los usuarios es diversa: algunos minimizan la pérdida de privacidad y limitan el acceso a personas de confianza, mientras que otros rechazan estas funciones por la ansiedad que les genera la posibilidad de ser monitoreados en todo momento.
Fuente: Infobae