Qué aprendimos con la llegada a la Luna: 5 descubrimientos que cambiaron la ciencia y la vida cotidiana

“Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad” es una de las frases grabadas a fuego en la historia a partir del momento en el que Neil Armstrong puso su pie en la Luna.

Las misiones Apolo no solo llevaron astronautas al espacio sino que trajeron de vuelta 382 kilos de rocas, dejaron instrumentos que continúan operativos medio siglo después y obligaron a desarrollar tecnologías que terminaron reconfigurando la vida en este planeta.

En esta fecha clave- siempre rodeada de polémica sobre si efectivamente ocurrió a partir de ¡su televisación!- hay cinco aprendizajes concretos que hoy siguen sorprendiendo.

La etapa de ascenso del Módulo Lunar del Apolo 11, con los astronautas Neil A. Armstrong y Edwin E. Aldrin Jr. a bordo, fotografiado desde los Módulos de Comando y Servicio en la órbita lunar en esta foto de julio de 1969. El astronauta Michael Collins, piloto del módulo de comando, permaneció con el Módulo de Comando /Servicio en la órbita lunar mientras Armstrong y Aldrin exploraban la Luna. El alunizaje fue el 20 de julio de 1969 (Michael Collins / NASA / Via REUTERS)

La luna nació de un choque cósmico

Antes de 1969 existían al menos tres hipótesis sobre el origen del satélite de la Tierra. Algunos planteaban que había sido capturada por la gravedad terrestre, otros que se había desprendido de una Tierra en rotación vertiginosa (hipótesis de la fisión), o que se había formado junto a nuestro planeta a partir de los mismos escombros primitivos (acreción simultánea).

La falta de datos físicos solo alimentaba más la rivalidad entre las distintas hipótesis. Pero las muestras de roca y regolito (polvo y material suelto) de la misión Apolo 11 permitieron analizar que la Luna había atravesado un estado de fusión global y que contenía niveles inusualmente altos de potasio, tierras raras y fósforo, elementos conocidos como KREEP, que solo se explican si el satélite estuvo completamente fundido en algún momento de su historia.

Ese hallazgo terminó de inclinar la balanza hacia la teoría del gran impacto en donde se planteó que la Luna se habría formado luego de que un cuerpo del tamaño de Marte, al que los científicos bautizaron Theia, colisionara contra una Tierra todavía joven y parcialmente fundida. Los fragmentos expulsados por ese choque colosal habrían terminado condensándose en el satélite que hoy vemos.

La histórica transmisión en vivo de un astronauta del Apollo 11 en la Luna, vista en un televisor de tubo de madera antiguo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un cronómetro para el sistema solar

A diferencia de la Tierra, donde la actividad geológica, la erosión y la tectónica de placas borran o reciclan el registro de las rocas más antiguas, la superficie lunar permaneció prácticamente congelada en el tiempo desde hace miles de millones de años.

Eso convirtió a las muestras de roca de la misión Apolo en una especie de cápsula del tiempo que permitió datarlas con métodos radiométricos; midiendo la descomposición de isótopos de elementos como el uranio, el plomo, el potasio y el argón. Por ejemplo, se determinó que la edad de la Luna es de 4.500 millones de años.

De esta forma, los científicos pudieron calibrar con mucha más precisión la edad del sistema solar y reconstruir la cronología de los grandes bombardeos de asteroides que también golpearon a la Tierra.

En una foto proporcionada por la NASA, la superficie de la luna se ve desde la órbita lunar durante la misión del Apolo 11 en julio de 1969

Espejos que dialogan con la Tierra

En cada una de las misiones Apolo 11, 14 y 15, los astronautas dejaron un retrorreflector láser sobre la superficie lunar; un conjunto de prismas capaces de devolver un haz de luz exactamente en la dirección de la que vino, sin importar el ángulo con el que llegue.

Desde entonces, diversos observatorios terrestres disparan pulsos de láser hacia esos espejos y miden el tiempo que tarda la luz en volver. El resultado es la técnica conocida como Lunar Laser Ranging, que permite calcular la distancia entre la Tierra y la Luna con un margen de error de apenas unos centímetros sobre unos 384.400 kilómetros de distancia promedio.

Ese experimento, activo de manera ininterrumpida desde hace más de cinco décadas, es hoy el instrumento científico más longevo que la humanidad dejó fuera del planeta. Gracias a él se confirmó que la Luna se aleja de la Tierra a un ritmo de unos 3,8 centímetros por año. Además a partir de este diálogo de luz se obtuvieron pruebas adicionales a favor de la teoría de la relatividad general de Einstein y se perfeccionaron modelos de geodesia y navegación.

Margaret Hamiton junto a los códigos de programación que se usaron en el software de la computadora AGC que se utilizó en la misión Apolo 11.

La revolución de los chips

Llegar a la Luna impactó en la carrera del desarrollo tecnológico. Se necesitaba una computadora capaz de hacer cálculos de navegación complejos, pero al mismo tiempo liviana para poder entrar en una cápsula.

Apollo Guidance Computer (AGC) fue diseñado en el MIT bajo la dirección de Charles Stark Draper, con Margaret Hamilton al frente del desarrollo del software fue la primera computadora de la historia construida masivamente con circuitos integrados, los antecesores de los microchips actuales.

Para todo el programa Apolo se llegaron a usar alrededor de un millón de esos chips, una cifra que en su momento representaba cerca del 60% de toda la capacidad de producción de circuitos integrados de Estados Unidos. Esta demanda luego generó que pueda bajarse el costo de su fabricación; una oportunidad que se capitalizó para el desarrollo de la computación personal y los celulares.

Los “spin-off” del alunizaje

La NASA documenta desde 1976, en su publicación anual Spinoff, los productos y procesos comerciales derivados de las tecnologías desarrolladas para llegar a la Luna.

Entre los ejemplos más citados figuran las mantas térmicas reflectantes que hoy se usan en maratones y emergencias médicas. Un desarrollo originalmente pensado para aislar a los astronautas del frío extremo del espacio.

También se destacan los sistemas de purificación de agua con iones de plata, que luego se aplicaron a piletas y sistemas comunitarios de agua potable; los procesos de filtrado de fluidos desarrollados para eliminar residuos tóxicos, que terminaron adaptándose a las máquinas de diálisis renal; y los sensores miniaturizados que la agencia impulsó para las cámaras espaciales, un antecedente directo de los sensores CMOS que hoy llevan las cámaras de los celulares. Además de materiales resistentes al fuego usados en trajes de bomberos y tecnologías de aislamiento térmico que hoy forman parte de la construcción edilicia.

Con el programa Artemis en marcha, ese legado científico de las misiones Apollo es el punto de partida para la próxima generación de instrumentos que volverán a la superficie lunar.

Fuente: Infobae

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