Un equipo científico de la Universidad de Michigan descubrió que los paseriformes – el grupo de aves más diverso, que incluye gorriones, jilgueros, mirlos y golondrinas – no evolucionaron de manera gradual, sino mediante ráfagas rápidas vinculadas a transformaciones climáticas significativas. El hallazgo fue publicado en la revista Nature Ecology & Evolution.
El estudio, respaldado por Schmidt Sciences y la Fundación David and Lucile Packard, se basó en un análisis masivo: más de 170.000 mediciones óseas tomadas de más de 15.000 especímenes de museo, representativos de más de 2.000 especies. Con esos datos, los investigadores lograron reconstruir aproximadamente 45 millones de años de historia evolutiva. La mayoría del material provino del Museo de Zoología de la Universidad de Michigan.

La herramienta clave fue Skelevision, un sistema de inteligencia artificial desarrollado durante siete años por los laboratorios de Brian Weeks (U-M) y David Fouhey (Universidad de Nueva York). Esta tecnología fotografía esqueletos sobre una cuadrícula calibrada y mide 12 huesos por espécimen en apenas 45 segundos. Lo que antes requería 15 minutos de procesamiento manual por espécimen, ahora se completa en menos de un minuto, permitiendo digitalizar colecciones enteras que con métodos tradicionales habrían tomado años.
Jake Berv, autor principal del estudio y becario posdoctoral en la Escuela de Medio Ambiente y Sostenibilidad de U-M, también desarrolló un método estadístico llamado bifrost. Esta técnica analiza el esqueleto completo de cada especie de forma integral, en lugar de hueso por hueso.
“El organismo entero es una morfología integrada y compleja, y cada una de sus partes está relacionada con todas las demás”, explicó Berv.

Según Berv, la teoría evolutiva predice que los nuevos grupos de animales aparecen con una diversificación explosiva, impulsada por oportunidades ecológicas o la dispersión hacia nuevos continentes. Con el tiempo, esas oportunidades se reducen y el proceso se desacelera. “Eso es lo que predice la teoría, y eso parece ser también lo que vemos en los datos”, afirmó.
Pulsos de cambio y geografía
El análisis identificó que las ráfagas de cambio más intensas ocurrieron hace aproximadamente 35 millones de años, durante la transición entre el Eoceno y el Oligoceno, un período de enfriamiento global extremo. Posteriormente, el ritmo evolutivo se desaceleró a medida que se agotaron las oportunidades adaptativas. Una segunda ola de desaceleraciones se registró hace unos 15 millones de años, coincidiendo con otro evento geológico relevante.
Brian Weeks, profesor asociado de ciencia y manejo de ecosistemas y autor senior del estudio, describió el patrón como una sucesión de aumentos grandes y poco frecuentes en las tasas de evolución, seguidos de muchas caídas menores.
“Este patrón es muy consistente con una situación en la que los linajes ocupan nuevo espacio ecológico y cambian rápido para aprovechar esa oportunidad”, señaló Weeks.

La investigación también reveló que la geografía predice la velocidad de evolución: las aves que habitan en latitudes extremas, donde las variaciones de temperatura entre estaciones son mayores, tienden a evolucionar más rápido que aquellas que viven cerca del ecuador. Para los científicos, esta coincidencia entre patrones temporales y espaciales sugiere que la variación ambiental puede ser una causa directa de los cambios en la forma corporal de las aves.
Weeks subrayó el valor de las colecciones de museo y el papel de la inteligencia artificial para expandir su uso científico. “Se vuelve especialmente claro lo importante que es invertir en museos cuando uno piensa en la escala de un análisis como el que hicimos”, afirmó. Agregó que es difícil imaginar lo que pensarían los primeros recolectores al saber que una computadora analizó fotografías de los especímenes que reunieron hace décadas.
Jake Berv vinculó los resultados con la crisis climática actual: ante el cambio climático contemporáneo, estudiar cómo los eventos geológicos del pasado impulsaron transiciones evolutivas es, a su juicio, indispensable para comprender el impacto a largo plazo de la actividad humana sobre la Tierra. “No sabemos qué va a ocurrir en un lapso de diez años, mucho menos en uno de 10 millones”, advirtió.
Fuente: Infobae