Ahí está, otra vez. Lionel Messi recorre el campo de juego, con la cabeza ligeramente inclinada y la mirada atenta a cada rincón, sin perder detalle alguno. Mientras el estadio vibra con el bullicio de la afición y el balón se desplaza a gran velocidad, él parece moverse en un tiempo distinto: ajeno a la prisa, observador de cada gesto, casi ausente pero, al mismo tiempo, más presente que cualquier otro. Esa caminata, que a menudo se confunde con desinterés, es en realidad el primer acto de una obra que solo se revela por completo cuando él interviene y cambia el rumbo de un partido.
¿De dónde viene esa capacidad para anticipar lo que los demás descubren solo unos segundos después? No existe una respuesta precisa ni definitiva para el caso Messi. El misterio se mantiene intacto, pero conversar con especialistas y adentrarse en la perspectiva de las neurociencias permite, al menos, desentrañar una parte del secreto. Lo que parece magia se convierte, bajo el análisis de los expertos, en un proceso cerebral tan complejo como fascinante.
Lejos de ser una simple pausa, ese andar tranquilo es una lectura previa, una construcción mental de la jugada antes de ejecutarla. Cuando el equipo parece estar atascado y el partido se vuelve lento, Messi detecta antes que nadie el espacio que se abrirá. Cada paso es observación, cada instante de aparente calma es, en realidad, análisis en estado puro. Su cerebro organiza la escena, elige el momento adecuado y solo entonces acelera, con una ventaja imposible de igualar para los demás.
Para Fernando Signorini, Lionel Messi ha alcanzado una etapa en la que la inteligencia del juego ya no sigue al físico: lo precede y lo domina. El ex preparador físico de la Selección señaló ante Infobae que el capitán argentino ha desarrollado una lectura estratégica que le permite administrar su energía, identificar el momento exacto y decidir con una eficacia que, según él, lo sitúa en una categoría excepcional.

La definición de Signorini no se basó en la velocidad ni en la potencia, sino en una idea más precisa: Messi, dijo, actúa con una “inteligencia astuta” más cercana al instinto que al razonamiento lineal. En esa descripción aparece una clave de su presente deportivo: ya no se trata de cuánto corre, sino de cuánto observa, cuánto interpreta y cuándo interviene.
El mapa mental: Messi visto desde la neurología
Celeste Beltramini, especialista en neurología de la Unidad de Neurología Cognitiva de la Clínica Universitaria Reina Fabiola de Córdoba, lo explicó de esta manera: “El cerebro de un jugador de élite aprende a ver cosas que otros no ven. Mientras la mayoría sigue la pelota, un futbolista como Messi procesa simultáneamente la posición de sus compañeros, la de los rivales, los espacios libres, la velocidad de cada jugador y cómo todo eso va cambiando segundo a segundo”.
Las áreas encargadas de la visión, la atención, la planificación del movimiento y la toma de decisiones trabajan en conjunto, como si el cerebro construyera un mapa que se actualiza en tiempo real. La automatización, resultado de miles de horas de entrenamiento, permite que la lectura táctica predomine sobre el control consciente de cada movimiento. Así, aunque la velocidad física disminuya con el tiempo, el jugador sigue siendo determinante gracias a su interpretación superior del juego.
“Messi no siempre corre más que los demás; muchas veces simplemente piensa antes”, afirmó Beltramini. “El cerebro funciona como un gran sistema de predicción. Durante toda su carrera, Messi ha visto y vivido millones de situaciones similares. Esa experiencia queda almacenada como patrones que el cerebro reconoce casi instantáneamente. Cuando observa un pequeño movimiento de un defensor o la postura corporal de un compañero, su cerebro puede anticipar qué es lo más probable que ocurra uno o dos segundos después”.

Beltramini comparó este proceso con el de un ajedrecista, que no se limita a la jugada actual, sino que prevé las siguientes. La observación silenciosa de Messi durante el partido, lejos de ser pasividad, es una estrategia para administrar la energía y maximizar el impacto: “En lugar de correr constantemente, espera el momento en que la probabilidad de éxito es mayor y entonces acelera”.
En palabras de la especialista, “en el fútbol de élite no gana únicamente el que tiene mejores piernas. Muchas veces gana el que tiene el cerebro mejor entrenado para interpretar el juego”. El fenómeno Messi no se explica por un cerebro “mágico”, sino por un órgano extraordinariamente entrenado para percibir, anticipar y decidir en márgenes mínimos de tiempo. La plasticidad cerebral, sumada al talento y al entrenamiento, permite que Messi esté “un paso adelante”, aunque físicamente no sea el más rápido.
El ahorro de energía y la precisión
Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), profundiza en la sofisticación de este modelo cerebral. “En el fútbol de alto nivel, el cerebro no solo reacciona: predice. Un jugador experto no espera que la jugada termine de desarrollarse para decidir. Va anticipando trayectorias, movimientos de compañeros, desplazamientos de rivales, espacios libres y posibles errores defensivos”, señaló.
Andersson detalló el entramado neural detrás de estas acciones: la corteza prefrontal ayuda a elegir la mejor opción; los ganglios basales seleccionan y automatizan movimientos; el cerebelo ajusta precisión, coordinación y timing; y las áreas visuales y parietales construyen un mapa dinámico del espacio. La eficiencia es el eje: “Un jugador inteligente reduce el costo físico porque no corre de más. Se ubica mejor, espera el momento justo y acelera cuando la jugada realmente lo necesita. Esa es una forma muy sofisticada de eficiencia cerebral: gastar menos energía y producir más impacto”.

El neurólogo advirtió que la pausa de Messi, esa caminata que tanto intriga, es en realidad procesamiento de información: “Observa cómo se mueve la defensa, dónde aparece el espacio, quién queda mal perfilado, cuándo conviene intervenir”. La experiencia, sumada a miles de partidos y entrenamientos, permite que el cerebro reconozca patrones y escenas antes de que se completen. “Es parecido a lo que ocurre con un gran ajedrecista: no mira piezas aisladas, ve configuraciones. En el fútbol, el jugador experto no ve solo una pelota y varios cuerpos en movimiento. Ve líneas de pase, superioridades, debilidades, espacios futuros”.
Durante el partido, el cerebro actualiza variables: defensores que llegan tarde, sectores libres, compañeros que pican mejor, rivales que pierden concentración. Las decisiones, lejos de ser conscientes y lentas, surgen de la experiencia acumulada. “Por eso los grandes jugadores parecen tener más tiempo que los demás. No es que el tiempo sea distinto para ellos. Es que procesan antes”, definió Andersson.
La diferencia, entonces, está en la eficiencia: el jugador físico se impone por cantidad de esfuerzo; el cerebral, por calidad de decisión. En Messi, esa mezcla de técnica automatizada, visión periférica, control motor, anticipación y economía de movimiento permite que el cuerpo no deba resolver todo a máxima intensidad. “El cerebro selecciona cuándo vale la pena gastar energía”, concluyó Andersson.
En el fútbol de alto rendimiento, el partido se decide en el cerebro: ver antes, entender antes, decidir antes y ejecutar con precisión. En ese terreno, Messi juega su verdadero partido.

Fernando Signorini vinculó esa lectura con un rasgo puntual que también le atribuyó al astro rosarino: un campo visual fuera de lo común. Para explicarlo, recordó una evaluación previa al Mundial de 1986, cuando el doctor Dalmonte le dijo sobre Maradona que “hubiera sido un excepcional piloto de prueba de aviones de guerra”, una comparación que ahora extendió a Messi.
Signorini destacó la vigencia de Messi basada en su capacidad para leer el juego, economizar esfuerzos y resolver con precisión. La tensión central de su planteo es que el rendimiento del capitán argentino ya no depende de un despliegue físico dominante, sino de una comprensión superior de los tiempos del partido.
“No es que la inteligencia y la gestión emocional parezcan empezar antes que el espíritu físico. No, no lo parecen: es así”, afirmó Signorini. Desde esa premisa, describió una evolución en la que el delantero ajustó su manera de intervenir para evitar un desgaste inútil y preservar su incidencia en el momento decisivo.
Luego avanzó sobre una imagen concreta para definir ese comportamiento en la cancha: “Es un animal al acecho de su presa. Sabe que no puede desgastar energía, porque si lo hace, la presa se le puede escapar”. La frase condensó su mirada sobre un futbolista que observa, espera y elige con precisión el instante de actuar.

En ese mismo tramo, el preparador físico puso el foco en la visión periférica del capitán argentino. “Observa con esos ojos que ven todo, porque tiene también esa característica de un campo visual realmente exagerado”, dijo, antes de enlazar esa virtud con aquella observación que había escuchado en tiempos de Maradona.
Según su descripción, esa capacidad explica una percepción habitual dentro del juego, cuando desde la cancha surge la pregunta sobre si ciertos jugadores “tienen ojos en la nuca”. Su respuesta fue otra: no se trata de una metáfora, sino de una aptitud excepcional para registrar lo que ocurre alrededor y anticipar la mejor decisión.
En la segunda línea de su análisis, Signorini desplazó la mirada desde la condición física hacia el saber futbolístico. “Lo que él desarrolló es una lectura del juego y de los momentos, que es también la capacidad de los grandes jugadores”, sostuvo.
A partir de ahí, trazó una jerarquía tajante sobre aquello que distingue a los mejores. “Los grandes jugadores no se destacan por ser rápidos o fuertes. El principal valor, la principal fuerza que tiene él es el conocimiento del juego, de esos misterios que le permiten elegir la mejor opción a favor de la eficacia en cualquier momento del partido, en cualquier lugar del terreno”, afirmó.
La idea no quedó reducida al plano táctico. Signorini agregó que ese conocimiento está sostenido por “un profundo amor por el juego” y “un profundo amor por la pelota”, una relación que, en su visión, comparten los grandes talentos y que adquiere una dimensión especial cuando visten la camiseta argentina.

La camiseta argentina activa una respuesta emocional
Signorini extendió su análisis más allá de Messi y lo proyectó sobre el rendimiento de los seleccionados nacionales. “Cuando las selecciones argentinas juegan con esa camiseta, es como si esos colores tuvieran algún tipo de ingrediente cósmico que los hace rendir mucho más de lo que racionalmente podrían”, afirmó.
En su explicación, esa mejora no pertenece al terreno de la mística vacía, sino a una respuesta nerviosa y emocional. Señaló que surge “a través de la fuerza nerviosa que desarrolla un estado emocional excitado, ante la casi imperiosa necesidad que sienten de dar el máximo por defenderla”.
Sobre el cierre, el ex preparador físico del seleccionado recurrió a una idea que atribuyó a César Menotti, a su vez vinculada a un concepto de Jorge Luis Borges sobre la literatura. “El fútbol es orden y aventura”, resumió, al explicar que un equipo necesita una estructura colectiva y, al mismo tiempo, una dosis de invención.
En ese esquema, Signorini repartió funciones dentro del seleccionado argentino. “El orden de esta selección lo mantiene y es responsabilidad del equipo. Y la aventura está a cargo de ese fantástico artista que, además, es un aventurero”, dijo.
Filtrar estímulos bajo presión

Para la neurociencia aplicada al fútbol, una ventaja decisiva de un jugador de élite no se explica solo por su físico: se define en el cerebro, en la capacidad de anticipar escenarios, filtrar estímulos y elegir bajo presión antes de que la jugada termine de desplegarse. Esa es la tesis que planteó el médico Germán Picciochi, especialista en psiquiatría, neuropsiquiatría y neurología cognitiva, al analizar por qué un futbolista como Messi puede convertir procesos mentales en una diferencia competitiva.
En diálogo con Infobae, Picciochi sostuvo que el cambio de paradigma se consolidó desde mediados del siglo pasado con el auge de las perspectivas neurocientíficas, que incorporaron al análisis deportivo variables intelectuales, afectivas y conductuales hasta entonces subestimadas. Según explicó, hoy resulta impensable que un deportista de élite no cuente con formación o intervención de un equipo de psicología del deporte.
Su planteo desplaza el eje clásico del rendimiento. En deportes de alta complejidad como el fútbol, dijo, la distancia entre jugadores no siempre la marca quién corre más rápido o quién tiene mayor capacidad atlética, sino quién percibe mejor, interpreta antes y decide con más precisión.
Messi aparece en ese marco como un caso de estudio. Picciochi afirmó que el capitán argentino expresa “un modelo paradigmático” de cómo el cerebro puede compensar limitaciones físicas relativas con una optimización extraordinaria de procesos cognitivos.
La anticipación mental

Picciochi definió al fútbol como “un deporte de anticipación” antes que uno de mera ejecución. Según explicó, el cerebro no opera como un receptor pasivo de información, sino como un sistema que predice de manera constante lo que está por ocurrir.
Esa lógica cambia la manera de entender una jugada. “Cuando recibe la pelota, la decisión ya suele estar condicionada por miles de variables que se procesan por fuera de la conciencia; tan rápido que parecen automáticas”, señaló. En ese instante, agregó, la atención se concentra en la ubicación de los demás jugadores, la velocidad de desplazamiento, la orientación corporal del rival y los espacios disponibles.
El médico sostuvo que un futbolista experimentado construye modelos internos del juego en fracciones de segundo. Lo ejemplificó con una secuencia concreta: “Si este defensor gira el cuerpo de esta manera, probablemente intentará cerrar esta línea de pase”. Para Picciochi, eso no responde a una idea imprecisa de “visión de juego”, sino a una forma avanzada de procesamiento cerebral apoyada en la experiencia acumulada.
La fortaleza mental, el autoconocimiento y la plasticidad cerebral pueden empujar el rendimiento de un futbolista más allá de lo que sugiere su límite físico, según planteó la psicóloga especializada en deportes Silvina Beckmann, integrante de la Asociación de Psicología del Deporte Argentina. Su tesis es que el diferencial en la alta competencia no está solo en el cuerpo, sino en una inteligencia que integra lo físico, lo mental y lo emocional para sostener el esfuerzo y responder ante la adversidad.

Para Beckmann, el caso de Lionel Messi desarma una idea extendida sobre el alto rendimiento: la excelencia no depende solo de cuánto corre un futbolista, sino de cómo interpreta el juego, decide y ejecuta bajo presión.
La especialista sostuvo que el propio capitán argentino “ha reconocido en distintas oportunidades la importancia de prepararse físicamente para sostener su nivel competitivo” y recordó que también “ha dado cuenta de cómo se preparó de cara a este mundial”. Aun así, ubicó su ventaja principal en otro plano: “Su mayor fortaleza siempre ha estado en la lectura del juego, en la anticipación, la toma de decisiones y la ejecución precisa en el momento más oportuno”.
Beckmann planteó que el rendimiento no surge de una capacidad aislada. Según explicó, el fútbol de máximo nivel exige una articulación entre preparación física, técnica, inteligencia táctica y fortaleza psicológica.
La psicóloga habló sobre Messi y lo presentó como un ejemplo de esa combinación entre condiciones físicas, recursos mentales y comprensión del juego. Su planteo apunta a una consecuencia concreta: en el fútbol actual, el diferencial no está en una sola virtud, sino en la capacidad de integrar todas al servicio del equipo.
En su análisis, la especialista describió un modelo de jugador que excede cualquier lectura reducida al despliegue físico. “El futbolista más completo es aquel que integra todas las dimensiones del rendimiento”, afirmó.
A partir de esa idea, precisó qué elementos componen ese perfil. “Necesita una sólida preparación física para responder a las demandas del juego, una técnica adecuada para ejecutar con precisión, la inteligencia táctica para interpretar lo que sucede antes que los demás”, señaló.

A esa secuencia sumó un componente mental que, para ella, resulta decisivo en la competencia. “Será clave la fortaleza psicológica para sostener el rendimiento bajo presión y la sucesión del equilibrio emocional para afrontar el error, la gran incertidumbre y la competencia permanente”, dijo.
Sobre ese punto, detalló dos rasgos concretos. “La autoconfianza le permite asumir desafíos, tomar decisiones y confiar en sus recursos incluso en los momentos de mayor incertidumbre. Al mismo tiempo, su capacidad de resiliencia está estrechamente vinculada con la inteligencia emocional”, afirmó.
La especialista también vinculó esa capacidad con el aprendizaje frente al error. “Quien puede aprender del fracaso y vuelve a intentarlo una y otra vez, nos enseña que el éxito sostenible no se adquiere de manera ilícita, sino que se construye a través de la acción continua, del compromiso y de la disciplina”, dijo.
En ese marco, volvió a Messi como referencia de liderazgo. “Lionel Messi es ese capitán que conduce sin ostentar y empuja sin desestimar, como aquel que aprendió con los obstáculos y sin ganarle al tiempo, sino a su tiempo”.
Su cierre condensó la tesis de toda su exposición: “Los grandes futbolistas no son quienes nunca se equivocan, sino quienes han aprendido a transformar cada dificultad en una oportunidad para seguir evolucionando”. Y añadió que la inteligencia emocional es “un puente entre el talento y el rendimiento sostenido”.
Fuente: Infobae