En octubre de 1997, un robo estremeció a Estados Unidos. El protagonista fue David Ghantt, veterano de la Guerra del Golfo y supervisor de la caja fuerte en Loomis Fargo, empresa de transporte de valores en Carolina del Norte. Lo que parecía un empleado intachable, mal pagado y agotado por turnos interminables, terminó siendo el cerebro de uno de los mayores crímenes en la historia del país.

La noche del 4 de octubre de 1997, Ghantt y su grupo lograron llevarse 17,3 millones de dólares en efectivo, posicionándose como el segundo mayor robo en efectivo de Estados Unidos hasta ese momento. La torpeza y los excesos de los involucrados transformaron el caso en un fenómeno mediático que inspiró películas y cautivó al público durante décadas.
El origen del plan maestro
El motivo detrás del atraco fue el cansancio laboral. Ghantt, agobiado por jornadas de entre 75 y 80 horas semanales y un salario de apenas ocho dólares por hora, empezó a ver el robo como una salida. “Trabajaba todo el tiempo y era infeliz”, recordó en declaraciones a All That Interesting, citado por medios estadounidenses.

La chispa definitiva fue su relación con Kelly Campbell, una excompañera de trabajo. Aunque ella siempre negó un vínculo romántico, mantuvieron contacto tras dejar la empresa. Campbell compartió la idea con Steve Chambers, un viejo amigo con antecedentes delictivos. Así, los tres trazaron el plan: Ghantt usaría su acceso a la caja fuerte y, con ayuda de cómplices, cargarían el dinero en una camioneta.
“No estaba contento con mi vida. Quería un cambio drástico y me lancé a ello”, confesó Ghantt al Gaston Gazette.

El 4 de octubre de 1997, ejecutaron el golpe. Ghantt desactivó dos de las tres cámaras de seguridad y sus cómplices cargaron 1.270 kilogramos de billetes. Él escapó a México con 50 mil dólares, el máximo permitido para cruzar fronteras sin levantar sospechas. Chambers y Campbell se quedaron con el resto del botín, prometiendo enviarle su parte desde México, específicamente desde Cozumel.
Los errores que lo arruinaron todo
El primer fallo ocurrió la misma noche: Ghantt solo desactivó dos de tres cámaras. “Ni siquiera lo sabía y lo pasé por alto”, reconoció. Las imágenes lo mostraron bailando tras cargar el dinero, facilitando su identificación.
El segundo error fue subestimar el peso. Planeaban llevarse más, pero el volumen de billetes los obligó a abandonar parte del botín, dejando pistas para la policía. Además, la falta de discreción de los cómplices fue fatal: Chambers y su esposa Michelle alquilaron una mansión, compraron lujos y pagaron en efectivo con billetes que aún tenían envoltorios de Loomis Fargo, lo que alertó a los bancos.

En menos de dos días, la policía recuperó la camioneta con tres millones de dólares y las grabaciones de seguridad. La ostentación llamó la atención del FBI y de informantes, precipitando la investigación. “Supe que se había acabado entonces”, confesó Ghantt. Mientras él se quedaba sin dinero en México, Chambers contrató un sicario para eliminarlo, aunque el encargo nunca se cumplió.
Fuente: Infobae