En toda mi trayectoria como observador del fútbol, jamás había presenciado una escuadra con una obsesión tan desmedida por continuar cosechando triunfos, incluso después de haber conquistado todo lo imaginable. La selección argentina no se acomoda, no se toma un respiro; posee un orgullo interno que resulta inconmensurable. Mientras haya críticas, este grupo responde con fútbol y personalidad.
¿Acaso pedían una muestra de temple? ¿Anhelaban ver a la Scaloneta enfrentarse a un rival de jerarquía? Ahí estuvo Inglaterra, cuarta en el ranking FIFA, comandada por Thomas Tuchel y plagada de futbolistas de élite. Terminó el encuentro atestada, suplicando que el tiempo pasara rápido cerca de Pickford. Durante media hora no logró proponer absolutamente nada.
Quizás esa estrategia funcione contra numerosos equipos, pero con Argentina no. Porque existe un inconveniente con esta Selección: nunca levanta el pie del acelerador. Este conjunto ha convertido la resiliencia en un emblema. Cuando recibe golpes, regresa con más fuerza. Cuando parece que las cosas se complican, halla una solución. En mi columna anterior hablaba sobre la psicología de los conjuntos: uno que ya lo ganó todo y, aun así, juega como si todavía buscara su primer título; y otro que arrastra el peso de no haber podido coronarse. Una vez más, el factor emocional también disputó su encuentro.

Lo habitual en el deporte es relajarse después de alcanzar la cima. Es humano. Sucedió con casi todos los campeones de la historia. El apetito disminuye, la urgencia se desvanece. Aparece la comodidad. Esta Selección hizo exactamente lo opuesto. Estos muchachos verdaderamente nos están dejando sin adjetivos.
La antesala estuvo cargada de simbolismos, de tensión y de ese fuego sagrado que solo ciertos partidos despiertan. Ellos hicieron lo único que saben hacer: callar a los críticos y jugar. Transformaron toda esa carga mental en una actuación épica. Bastó con observar sus rostros durante el himno para comprender que estaban en otra sintonía. Luego vino el partido. La energía desbordante del primer tiempo, con el cuchillo entre los dientes. El fútbol absoluto del segundo. Por arriba, por abajo, por derecha, por izquierda, de media distancia. La sensación permanente de que, más allá del marcador, la historia la estaba escribiendo Argentina.
En un partido que parecía cerrado, aunque con una Argentina claramente más propositiva, llegó el primer golpe. Anthony Gordon aprovechó una seria dificultad de Nahuel Molina para cerrar y adelantó a Inglaterra. El equipo se puso a trabajar como nunca y reaccionó con una inmediatez conmovedora. Jugaba con la tranquilidad de quien siente que la victoria aún estaba escrita. Que la película argentina, esta vez, no contemplaba una eliminación inglesa.

A Lionel Scaloni hay que colgarle todas las medallas, aunque él no las quiera ni le interese el éxito por encima de la moraleja. Como si todavía necesitara engrandecer su figura, volvió a meter a la Argentina en una final de la Copa del Mundo y fue determinante en esa batalla táctica que tantas veces define los partidos.
Mientras Thomas Tuchel sobrepoblaba el área con defensores dispuestos a rechazar centros, el santafesino decidió ir por más. Sacó a Leandro Paredes, que estaba realizando un gran partido, y apostó por Nico González. El ingreso del extremo le dio ritmo, agresividad y profundidad por izquierda, con una Inglaterra ya fatigada. Nicolás Otamendi también fue parte del plan, buscando mayor juego aéreo. Más tarde renovó la banda derecha con el tándem Montiel–De Paul y le regaló a Lionel Messi aliados para volcarse al sector en el que hizo historia. Y cuando ya no quedaban más cartas, sacó a Tagliafico para poner a Lautaro Martínez y fijar a los centrales.
El capitán, sacado de una serie de superhéroes, metió un centro perfecto con la de palo para que el Toro la cabeceara con el alma de un país. Toda del Santo de Pujato. Es impresionante: Messi no se cansa de competir. No se cansa de demostrar. No se cansa de ser decisivo. El equipo lo rodea, lo potencia y él sigue haciendo lo que hizo toda su vida: aparecer cuando más lo necesitan. ¿Treinta y nueve años? Que alguien le avise al tiempo.
Y, de paso, esta Selección terminó con otro debate. Si durante mucho tiempo se le elogió únicamente el carácter, la resiliencia o la capacidad para competir, ayer decidió recordar que también juega al fútbol. Y cómo juega. El segundo tiempo fue, probablemente, el mejor de toda la Copa del Mundo. Una demostración brillante de cómo atacar un bloque bajo sin desesperarse. A puro pase, movilidad, cambios de orientación, centros, llegadas de Alexis Mac Allister, remates desde afuera y una búsqueda inagotable por encontrar el hueco. No hubo ansiedad. Hubo paciencia. Y una convicción absoluta de que el gol iba a llegar.

Como hincha, en ningún momento sentí que íbamos a perder. Y eso no nace de la soberbia. Se lo ganó esta Selección. Ya escribió demasiados capítulos sobre cómo salir del barro. O, mejor aún, sobre cómo jugar en él. Como en el potrero. Ahí donde muchos se desesperan, Argentina se reconoce.
Y tuvo que ser contra Inglaterra. Porque, aunque Scaloni tenga razón y esto sea solo fútbol, todos sabemos que hay partidos que se sienten distinto. No por lo que deban representar, sino por todo lo que ya representaron. Ganarle a Inglaterra siempre tendrá un sabor especial para cualquier argentino.
Y tuvo que ser, además, con Lionel Messi. Recién en el ocaso de una carrera irrepetible llegó su primer partido frente a los ingleses. No hizo un gol. Hizo algo todavía más suyo: asistió. Por un instante, el fútbol le regaló un guiño al Diego. Esos guiños que solo este deporte sabe escribir. Lo feliz que debe estar allá arriba.
Tres años y seis meses después de tocar el cielo en Qatar, Argentina vuelve a jugar una final del mundo. Por primera vez asoma la nostalgia, porque ahora sí llegará la última función mundialista de Lionel Messi con la camiseta de la Selección. Por eso hay una sola obligación: disfrutarlo. Porque algún día vamos a extrañar estos domingos. Vamos a extrañar a Scaloni. Vamos a extrañar a Messi. Y, sobre todo, vamos a extrañar a estos locos hermosos que nos enseñaron que el hambre de gloria también podía sobrevivir a la gloria.
No nos despierten nunca, muchachos. Nunca.
Fuente: Infobae