Cuando Gilgamesh se encontró con Utnapishtin, el último de los inmortales, no pudo contener el llanto. Frente a él se desvelaba el trágico desenlace de su misión: la inmortalidad física era inalcanzable. Los dioses la habían vedado y su decreto quedó sellado por la fuerza de un diluvio universal. Esa tradición, recogida por la cultura judía y conocida en el catolicismo a través del Antiguo Testamento, marcó el fin de una búsqueda.
Sin embargo, la historia del rey de Uruk —entre lo mítico y lo real— quedó sepultada bajo las arenas del tiempo y el desierto. Su eco apenas se percibe en la frágil memoria de la Historia y de los relatos.
Más de un milenio después, aproximadamente, otro rey, otro hombre, emprendió un viaje que le otorgaría una vida imperecedera, aunque su propósito era diferente. Una travesía digna de ser narrada por Atenea y que, tras consumirse el último sacrificio en su honor, los mortales continuaron cantando. Odiseo, rey de Ítaca, el más célebre de los héroes aqueos, sobrevivió a la muerte de sus propios dioses.

La predilección de otro poeta ciego
Jorge Luis Borges compartió con Homero la condición de ser un poeta que perdió la vista. Pero más allá del dramatismo de esa coincidencia biográfica, el argentino también debió sentirse hermanado con el griego en su pasión por la épica, lo mítico y los viajes fantásticos.
Homero aparece mencionado en 82 textos del corpus borgesiano. Sus dos poemas más famosos, la Ilíada y la Odisea, en más de 50 y 70 ocasiones, respectivamente. Sin duda, la obra que reúne en un solo poema épico las diversas tradiciones y versiones del viaje de Odiseo fue una de las lecturas predilectas del autor de Ficciones.

El propio Borges convirtió a Homero en personaje de su cuento “El inmortal” y lo hizo protagonista de un viaje inverso al de Gilgamesh. El hombre que fue Marco Flaminio Rufo en algún momento de su vida eterna se confundió con Homero, su compañero, y, arquetipos al fin, el uno fue el otro porque todos somos Nadie, como Odiseo. El inmortal de Borges sabe que toda empresa humana es vana y que lo añorado por el sumerio es el verdadero castigo, por eso busca las aguas del río mítico que le devolverán la consoladora certeza de la muerte.
Borges entendió que un clásico no es un libro que posee tal o cual virtud, sino aquel que “las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y una misteriosa lealtad”. La talla indiscutible de clásico de la Odisea se reafirma siglo tras siglo. Borges, como él mismo lo comprendía, solo fue un eslabón más de esa cadena.

Las versiones homéricas
La nueva adaptación de Christopher Nolan, confeso admirador de Borges, nos traerá nuevamente al personaje de Homero. Borges escribió en su ensayo Las versiones homéricas que no existe un texto definitivo. El punto final, sobre todo de los clásicos, es una mera pausa transitoria. “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”.
Las traducciones son, en el universo borgesiano, una obra nueva. “¿Qué son las muchas [traducciones] de la Ilíada de Chapman a Magnien sino diversas perspectivas de un hecho móvil, sino un largo sorteo experimental de omisiones y de énfasis?”. Cada traducción recupera fiel o infielmente una historia, la atraviesa con los juicios y prejuicios de los nuevos tiempos y la vuelve nueva ante los ojos de los lectores contemporáneos.
Y para Borges, este acto de traducir es, de alguna forma, análogo a escribir. ¿Qué es un escritor sino un traductor? Es decir, alguien que vuelve a contar, a su manera, en su lengua, en su tiempo, una historia ya escrita por otros.
Un texto tan antiguo como la Odisea no podría haber sobrevivido sin la incesante vitalidad de las traducciones y reescrituras. El poema de Homero, que pudo componerse gracias a la creación del alfabeto griego simplificado, es incluso una versión de esa historia tan popular que ya se cantaba desde hacía generaciones.

El texto cobra unidad en torno a un héroe popular del folklore griego: Odiseo (o Ulises) y se inserta en una de las temáticas más celebradas de la época: el nostoi, que es el regreso de los grandes héroes aqueos que conquistaron Troya. A su vez, estos dos elementos se combinaron con las coyunturas sociales y políticas del ocaso de la era micénica, en la que estaba inmerso Homero. Así que la Odisea es el nostoi de Ulises, pero también la coronación literaria de un imperio que entraba en decadencia.
La versión de Nolan, su traducción al lenguaje del cine, no viene simplemente a repetir a Homero. Eso sería imposible. El cine no es una mera reproducción, es una forma de arte que transforma. La Odisea de Nolan es una obra nueva, para lectores y espectadores nuevos.
En ese sentido, es comprensible que el director británico haya contado que trabajó su película sobre una traducción moderna realizada por Emily Wilson, una académica británico-estadounidense nacida en 1971, profesora de Estudios Clásicos en la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.) y la primera mujer en traducir los dos famosos poemas de Homero al inglés en 2018 y 2023. La perspectiva femenina —incluso feminista— también enriquece y revitaliza la Odisea. Algo que también hizo Margaret Atwood con su novela Penélope y las doce criadas (The Penelopiad, 2005), contándonos la versión de la reina de Ítaca.

La palabra creadora
La Odisea, en su original en griego, comienza con la palabra andra: hombre. Desde ese punto de partida, sabemos que no es una épica colectiva. Es la épica de un hombre mortal. No es Aquiles, cuya cólera (menin) abre la Ilíada.
Este andra no es uno más entre los aqueos que lucharon en Troya. Por él intercede la poderosa Atenea y se opone a los funestos designios de su tío Poseidón (o su padre, según una versión alternativa de origen libio recogida por Heródoto). Hay una palabra clave en todo esto: polytropon. Y esta palabra, que solo se repite en el verso 330 del canto X, es objeto de numerosas interpretaciones y discusiones que no hacen más que enriquecer el texto y darle parte de su vigencia. Porque, como nos demuestran Nolan y las mil polémicas en torno a su película (algunas tan obtusas como racistas), sería un error creer que todo está dicho sobre Odiseo y su famoso viaje.
Pero volvamos a la palabra polytropos.
En sus raíces encontramos polys (muchos, variados, múltiples) y tropos (senderos, rumbos, caminos). Es decir, Odiseo nos es presentado como un hombre de muchos caminos. Esto, interpretaron algunos traductores y estudiosos, hace referencia a su largo viaje. Para otros, a la versatilidad del héroe para resolver problemas de las formas más astutas. En nuestra lengua, la palabra más cercana que se ha inventado para expresarla ha sido asendereado. Pero esta cuestión irresuelta y vital acepta otra interpretación que tiene mucho de borgesiano.

Hay críticos y estudiosos, como Martin Puchner (profesor de Literatura Inglesa y Comparada de la Universidad de Harvard), que entienden que lo que buscó Homero es señalar que Odiseo es un hombre que se hace camino con la palabra. El famoso héroe, que se hace llamar Nadie, tiene el don de la elocuencia. Casi como esa facultad carismática descrita en el mundo católico como Don de Lenguas.
Odiseo sortea muchos de los obstáculos y peligros valiéndose de su ingenio y poder de convencimiento. Odiseo habla, grita, miente, exagera, narra. Con los actos se gana el odio de los dioses, pero con la palabra se granjea el favor de dioses, reyes, hechiceras, criaturas y guerreros. Odiseo, el de los muchos caminos, el aventurero que incluso después de regresar a su hogar decide emprender nuevos rumbos, es, también, a su forma, un escritor. Es el hombre que recurre a la literatura, a la narración, para endulzar su historia o para conmover. Es, en cierta forma, un aedo (cantor de epopeyas) de su propio viaje.
Es ese crear con la palabra lo que lo emparenta con aquel comienzo del evangelio de San Juan que nos cuenta que en el inicio solo existía la Palabra y de ella todo fue creado. Porque Dios es la Palabra, escribe el evangelista en un lenguaje sumamente simbólico y literario. Aunque teológicamente significa algo diferente, nunca pude dejar de pensar en el impacto que esas palabras pudieron tener para el niño Borges, recitadas en inglés por su abuela metodista Fanny Haslam. Abuela que sabía la Biblia de memoria, que había querido evangelizar “en el desierto” y que buscaba, seguramente, inculcar en su nietito la Fe y el temor de Dios. Para el niño Georgie, la Biblia no pudo ser un libro sobre la Fe, una guía espiritual o la Palabra de Dios. Era un libro de cuentos con historias fascinantes, al que llamó, muchos años más tarde, un libro de literatura fantástica inglesa.
Borges y Odiseo creían en un mundo cuya realidad se creaba con las palabras y que, por lo tanto, la Historia podía ser torcida y retorcida mil veces persiguiendo un fin. La memoria se podía cantar, falsear y exagerar y desde ella construir un nuevo camino. Odiseo, como tantos de los personajes de Borges, no es un narrador confiable. El Odiseo aedo y el Borges escritor parecían creer en un destino que se entretejía en una discusión permanente entre dioses y mortales.
Odiseo no ha muerto, como nos contó Dante en el canto XXVI del Infierno, al tratar de cruzar, en una última travesía, las Columnas de Hércules. El viaje de Odiseo a Ítaca aún no ha terminado. Renace y muta, nos diría Borges, con cada nuevo lector. Odiseo, hombre que se hace camino con la palabra, a través de ella ha logrado, en nuestras humildes bibliotecas, la inmortalidad que, en vano, Gilgamesh buscó en el mundo de los dioses.
Fuente: Infobae