“¡Qué calor está haciendo!”
Es sin duda una de las frases más repetidas durante las últimas jornadas. Prendemos el aire acondicionado, buscamos la sombra, adquirimos un ventilador. Hemos aprendido a adaptarnos a temperaturas que, hace apenas unos años, habrían parecido extraordinarias. Lo alarmante no es solo el calor. Lo verdaderamente preocupante es la rapidez con que nos estamos acostumbrando a él.
Cada verano se rompe un nuevo récord. Las olas de calor son más intensas, las sequías más prolongadas y los incendios forestales más frecuentes. Aun así, cuando se discute sobre cambio climático, la atención suele centrarse en autos eléctricos, paneles solares o reciclaje. Casi nunca se menciona una actividad que realizamos a diario, tres veces al día: comer.
Recuerdo una entrevista realizada en 2019 con el doctor Joseph Poore, investigador de la Universidad de Oxford y autor de uno de los estudios más relevantes sobre alimentación y medio ambiente, publicado en la revista Science. Tras analizar cerca de 40 mil granjas en 119 países, su investigación arrojó una conclusión contundente: adoptar una alimentación basada en plantas es una de las acciones individuales más efectivas para reducir el impacto ambiental. Los alimentos de origen animal concentran la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas a la producción alimentaria, además de demandar mucha más tierra y agua que los vegetales.

Han transcurrido seis años desde esa conversación, y todavía se aborda el cambio climático como si lo que ponemos en el plato fuera un tema menor. Las cifras ayudan a dimensionar su importancia. Producir un solo kilogramo de carne de res requiere, en promedio, alrededor de 15 mil litros de agua, según la Water Footprint Network. Además, genera cerca de 60 kilogramos de dióxido de carbono equivalente, mientras que un kilogramo de legumbres produce aproximadamente un kilogramo. No todos los alimentos tienen el mismo impacto sobre el planeta.
Mientras buscamos formas de soportar el calor de este verano, vale la pena recordar que la producción de alimentos también es parte de la conversación climática. Lo que elegimos comer influye en las emisiones, el uso del agua, la deforestación y la biodiversidad. Y, al mismo tiempo, es una de las pocas decisiones ambientales que están completamente bajo nuestro control todos los días.

Quizá el verdadero desafío no sea sobrevivir a otro verano extremo. Quizá el reto sea dejar de actuar como si las olas de calor fueran una nueva normalidad sobre la que no tenemos control. Porque el cambio climático ya no es una advertencia para las generaciones futuras; es el calor que sentimos hoy al salir de casa. Y cada decisión, incluso la que tomamos frente a un plato de comida, puede acercarnos un poco más al problema o a la solución.
- Jessica Gonzalez Castro – Directora Ejecutiva de Generación Vegana
Fuente: Infobae