20 años sin justicia: las víctimas del caso Vallarta continúan esperando respuestas

El 9 de diciembre de 2005, México observó en directo cómo la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) presuntamente desarticulaba a la banda criminal conocida como “los Zodíaco”. Los noticieros transmitieron en vivo por disposición de la propia AFI, y el país sintió alivio. Sin embargo, lo que ocurrió dentro del rancho utilizado como casa de seguridad permaneció oculto. Las voces de las víctimas, que llevan veinte años intentando ser escuchadas, continúan ignoradas.

Ocho personas, incluido un niño, fueron liberadas tras secuestro en la bahía de Buenaventura - crédito Visuales IA Infobae

Manuel, comerciante de ropa, se dirigía a su trabajo cuando un comando de cuatro personas armadas, vestidas de negro y con pasamontañas, interceptó su vehículo, rompió el cristal con la cacha de un arma y lo subió a otro automóvil. Elena iba camino al colegio cuando dos sujetos repitieron el mismo patrón, aunque con una diferencia: uno de sus captores no llevaba pasamontañas, solo lentes oscuros.

Jorge llegaba a su negocio —un billar— cuando tres hombres armados irrumpieron, tiraron al suelo a los empleados y fueron directamente por él a su oficina. Quien lo sacó, identificado después como “el jefe”, tampoco llevaba el rostro cubierto; solo unas gafas negras y un arma apuntándole. Pablo y María llevaban a su hijo Martín al colegio cuando un comando de cinco encapuchados interceptó su camioneta. Bajo el mismo patrón de violencia, los obligaron a descender y los trasladaron a una casa de seguridad. A Pablo lo liberaron para conseguir el dinero del rescate de su propia familia.

Los nombres de Manuel, Elena, Jorge, Pablo, María y Martín no son reales; sus historias, sí.

La causa penal está integrada por más de treinta tomos y doscientas noventa y dos pruebas. Entre ellas, relatos que exhiben el modo de operar de la banda: el mismo comando, la misma camioneta, la misma forma de obligar a las víctimas a descender. Declaraciones que contienen detalles que solo quienes estuvieron ahí podían conocer: el color de los muebles, el yeso de las paredes, la ventana tapiada con madera, los cubiertos de mango de plástico verde, la televisión empotrada que debía permanecer siempre encendida, y más de cincuenta días de cautiverio.

Agentes de la Policía Nacional Civil de Guatemala liberan a una víctima de secuestro y detienen a tres individuos en un almacén durante una operación de rescate. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La forma en que identificaron al “jefe”, su voz, cómo se acercaba, cómo asignaba a cada víctima un nombre distinto, y las pertenencias y videos familiares que solo pudieron haber salido del hogar de los secuestrados, son parte del expediente. Manuel, dos décadas después, sigue preguntándose qué hizo mal para que sus captores quedaran libres, a pesar de que fueron localizados con aquel escrito en hebreo que logró reconocer y con aquel disco compacto colocado por error dentro de la portada de otro. Pequeños detalles que agudizaron sus sentidos durante el cautiverio y que creyó suficientes para que la justicia actuara.

Una ilustración conceptual muestra a una figura atada y cabizbaja, observada por encapuchados en una habitación oscura con símbolos de tiempo, dinero y confinamiento, evocando una atmósfera de profunda tensión psicológica. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Elena, marcada por el síndrome de Estocolmo, revive noche tras noche la cercanía de su captor; recuerda cómo fue tratada de manera distinta, cómo apareció un espejo en su habitación, y cómo regresan a su memoria los flashes de esos días cuando reconoció los cubiertos, la habitación, su cama, su cobija y aquel baño donde “el jefe” la observaba mientras se bañaba. Jorge conoció a otras víctimas durante su cautiverio, incluso tuvo que cederles la habitación. Reconoció las paredes, el color del sofá, el baño, las escaleras, el ladrido del perro y la voz del “jefe”, que le repetía que su padre no quería pagar el rescate y le insistía en que lo odiara. También recordó cómo le adormecieron un brazo bajo la amenaza de amputarle un dedo.

Fuente: Infobae

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