Desde hace varios años, Disney se ha embarcado en la peculiar misión de adaptar sus clásicos animados con actores reales, como si estas historias tuvieran defectos que el live action pudiera corregir. Títulos como La Sirenita o Blancanieves han recibido críticas negativas tanto de la prensa especializada como del público, pero la compañía insiste en producirlos.
Ahora le ha tocado el turno a Moana, una cinta que está a punto de cumplir una década desde su estreno original. Este dato por sí solo acabó con cualquier expectativa positiva. ¿Qué sentido tiene readaptar una película que ni siquiera ha tenido tiempo suficiente para que se cuestione si ha envejecido mal?

Esperaba un remake idéntico al material original y sin razón de ser. Tras verla, confirmo que es exactamente eso, e incluso inferior al filme animado de 2016.
Empecemos por lo evidente: la película. Salvo contadas excepciones, es una copia casi exacta de Moana (2016), llegando a repetir diálogos y planos enteros. Las pocas novedades que introduce no justifican una versión completa ni aportan nada relevante a la trama. De haberlas omitido, el mensaje sería el mismo.

Las actuaciones en este live action dejan mucho que desear. Sorprende que Dwayne Johnson interprete a Maui por tercera vez y, aun así, parezca no comprender al personaje. En esta ocasión, pierde todo el carisma original y se convierte en un ser arrogante y amargado, insufrible a los diez minutos de metraje.
“La Roca” luce desmotivado para dar vida a este papel, lo que afecta gravemente a la cinta, siendo Maui uno de los personajes centrales.
Para colmo, Moana pierde la magia que la caracterizaba en favor de una paleta de colores apagada, animales generados por computadora y ajustes a un guión que nunca fue concebido para el live action.

La expresividad que la animación brindaba a los personajes desaparece en busca de gestos más “realistas”, y escenas completas pierden su encanto al ser filmadas con actores de carne y hueso. El ejemplo más claro es la diosa Te Fiti, que ahora parece un maniquí cubierto de césped, en lugar de una deidad de la naturaleza.
Con todo esto en mente, surge la pregunta: ¿qué sentido tiene rehacer una película animada en versión live action sabiendo que gran parte de su esencia se perderá, porque nunca fue diseñada para ese medio? Disney parece considerar sus propias obras animadas como imperfectas, y por ello cree necesario reinterpretarlas.

Moana en su versión live action es exactamente lo que se esperaba: una copia de la cinta animada original, cuyo único propósito es explotar el pasado, aunque ni siquiera haya cumplido sus “quince años”.
Fuente: Infobae