Un choque con un vehículo eléctrico puede resultar, en promedio, un 23,2% más costoso que uno con motor de gasolina o diésel. Sin embargo, la razón principal no es la que muchos imaginan. Un análisis exhaustivo que examinó más de 2,7 millones de expedientes de peritaje señala que la batería no es el factor que más encarece las reparaciones tras un siniestro, sino una combinación de varios elementos vinculados al perfil del automóvil, su entorno de uso y las preferencias de los conductores al escoger taller.
La diferencia entre el costo de arreglar un eléctrico y un térmico sigue en aumento. De acuerdo con datos de BCA Expertise, una firma especializada en peritación de vehículos, esa brecha era del 13,7% en 2022 y ha escalado hasta el 23,2% en 2025. En ese mismo período, la presencia de vehículos electrificados —eléctricos puros, híbridos e híbridos enchufables— en los informes periciales casi se duplicó, pasando del 5,7% al 12,5%.
A medida que más eléctricos circulan, aparecen con mayor frecuencia en los expedientes de siniestros y la diferencia de costos se vuelve más evidente. Lo más llamativo es que esta disparidad no se estabiliza con el tiempo, sino que se amplía.
Un parque automotor más joven, caro y urbano
El primer factor que explica el sobrecosto es estructural. Los coches eléctricos peritados no son comparables a los térmicos ni en antigüedad ni en valor. Los vehículos eléctricos analizados tienen una edad promedio de 3,3 años; los híbridos, algo más de cinco años; y los térmicos, alrededor de 13 años. En muchos casos, la comparación se realiza entre autos casi nuevos y modelos que llevan más de una década en circulación.
A esto se suma que los eléctricos e híbridos suelen ser de gama media-alta o alta, con mayor dotación tecnológica y un precio de mercado sensiblemente superior. Piezas más sofisticadas, sensores de asistencia a la conducción y sistemas electrónicos avanzados: cada elemento del equipamiento estándar tiene un costo de reposición más elevado.
Por ejemplo, un radar delantero para frenado autónomo puede incrementar la factura en más de 1.200 euros, y una cámara integrada en el parabrisas puede costar entre 600 y 1.000 euros, sin incluir la calibración posterior, según datos del comparador Rastreator.
El entorno de circulación también influye. Los eléctricos se usan mayoritariamente en zonas urbanas, donde los talleres tienen tarifas más altas debido a alquileres, equipamiento especializado y mano de obra más cara. Este factor geográfico y socioeconómico contribuye directamente al encarecimiento de las reparaciones.
Más peso y mayor exigencia en los talleres
Las baterías hacen que los coches eléctricos sean vehículos más pesados por definición. Ese peso adicional, aunque no provoca accidentes más violentos, sí puede amplificar los daños en estructuras y trenes rodantes durante un impacto, incluso a baja velocidad. Como resultado, ante golpes aparentemente similares, los eléctricos pueden requerir intervenciones más extensas en elementos que en un térmico equivalente no habrían sufrido daños.

Además, los propietarios de coches eléctricos e híbridos tienden a rechazar los talleres concertados por las aseguradoras (que suelen ser más económicos) y exigen que la reparación se realice en la red oficial del fabricante o en talleres especializados en vehículos de cero emisiones.
Por eso, la diferencia media en la tarifa de mano de obra es de 13,2 euros más por hora en los vehículos electrificados frente a los térmicos. Multiplicada por las horas que puede requerir una reparación de cierta envergadura, la cifra se dispara. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) calcula que el sobrecosto del seguro a todo riesgo de un eléctrico es un 36% más que el de un vehículo de gasolina equivalente. Por su parte, el comparador Rastreator sitúa la prima media de los eléctricos e híbridos en 334 euros anuales, frente a los 279 euros de los de gasolina.
Fuente: Infobae