Apenas dos meses después del fallecimiento de Luis “Beto” Brandoni, el ciclo audiovisual Proyecto 86 —conducido por Fernando Marín— dedicó un episodio a Saula Benavente, hija del célebre escenógrafo Saulo Benavente, directora, escritora y productora. En una entrevista íntima, Saula compartió detalles de los últimos catorce años que vivió junto al legendario actor.
Lejos de la figura pública del combativo artista, Benavente retrata a un Brandoni entrañable y ajeno a su propia popularidad, un hombre que se sorprendía al verse en un mural y que dejaba su teléfono fijo al alcance de cualquiera. Con honestidad intelectual, revela los prejuicios que debió superar por la diferencia de edad al inicio de la relación, el apoyo incondicional de Solita Silveyra en el último tramo de la carrera del actor, y anécdotas con figuras como Robert De Niro y Marcelo Mastroianni, convirtiendo el encuentro en un documento biográfico invaluable.
Fernando Marín inició la conversación destacando que Saula acompañó a Brandoni durante los últimos trece o catorce años, y mencionó la confusión sobre su apellido: mucha gente cree que su abuelo fue Jacinto Benavente, el Nobel de 1922, pero eso es falso. Saula aclaró que su padre, Saulo Benavente, el mejor escenógrafo argentino de todos los tiempos, era un fantasioso que inventaba historias. “Jacinto Benavente probablemente podría ser algún familiar de un árbol genealógico que habría que coser con muchas ganas, pero no era mi abuelo. He tenido otros abuelos interesantes: el papá de mi papá era un escritor de sainetes, amigo de Cátulo Castillo y del grupo de Boedo. Más adelante en el árbol tengo familiares cirqueros, de circos de carromato”, explicó.
El diálogo giró hacia los años compartidos con Brandoni. Saula describió con humor la diferencia de edad: 33 años, no 36 como algunos creen. “Con Beto fueron muchos años y yo hoy digo que hubo muchos formatos. Nos llevamos muy bien. A mí, por sobre todas las cosas, más allá de la admiración y todo, Beto me divertía mucho. Y esa cosa gruñona que tenía, para mí era fabulosa; otros por ahí la sufrían, yo no”, afirmó.

Marín recordó una cena en una parrilla de la Recova tras la obra ¿Quién es quién?, con Solita Silveyra. Brandoni se sorprendió al ver su rostro en un mural y se tomó una foto. Saula interpretó ese gesto: “respondía a que había un lugar donde él no es que lo negara, sino que directamente no era consciente de su popularidad. Una semana antes de su internación estuvimos en Punta Cana, con escala en Lima; la gente lo paraba para pedirle fotos, y Beto me decía por lo bajo: ‘Preguntales de dónde me conocen’. El teléfono fijo de la casa lo tenía todo el mundo”.
La ausencia se siente en lo cotidiano. Saula confesó: “Es en el ‘uy, tengo que llamarlo a Beto’… A Beto le encantaban los picantes; en todos los viajes que hacía iba a un súper a buscar picantes nuevos para él. El hecho de no comprar algo picante para él es doloroso. Yo había armado mi vida de acuerdo a sus horarios de teatro; me está costando desarmar esas costumbres”.
Marín preguntó por Solita Silveyra, a quien consideraba un bastón importante para Brandoni en el escenario. Saula respondió: “Solita fue lo mejor que le pasó en el último tiempo. Fue la compañera ideal porque Beto estaba un poquito débil últimamente y tenés que tener una compañera con esa generosidad. Me acuerdo que un día me llamó y me dijo: ‘Che, no lo vi bien a Beto ayer, pero yo te voy a decir una cosa, Saula: yo con Beto voy hasta el final; la obra se va a hacer mientras Beto quiera hacerla’. Para mí eso es un acto de amor y fidelidad tremendo”.
Al ser consultada sobre si tiene cerrado el corazón para el amor, Saula fue clara: “Creo que el corazón ni se cierra ni se abre; uno va por la vida y los amores aparecen. Beto apareció en mi vida de manera absurda, en una fiesta a la que no quería ir. Fui a acompañar a mi mamá y a Solita al cumpleaños de 80 de Claudio Segovia. Por un problema de ubicación terminé sentada al lado de Beto. Mis amigos me cargan y me dicen que después de Beto me toca un jovencito”. Reveló que nunca se había fijado en hombres mayores, venía del palo del rock —el padre de su hijo era percusionista de los Fabulosos Cadillacs— y del cine independiente. Pero enfrentó un desafío inesperado: “enfrentarme al prejuicio que yo misma tenía y no sabía que existía”.

Marín indagó si era por los años de diferencia. Saula asintió: “Yo, que siempre me sentí una canchera y una moderna, de repente me descubrí llena de prejuicios. Me daba vergüenza que me tomara de la mano en la calle por el ‘qué dirán’. Pensaba: ‘Van a decir que esta está con un señor mayor’. Nunca creí que me iba a importar. Después me di cuenta de que yo no era una conejita de Playboy con un millonario; ya tenía 40 años, una vida bien encaminada y no necesitaba económicamente de un hombre. Pero una cosa que me enamoró de Beto es que fue la primera vez en mi vida que me involucré en una relación donde sentí que me abrazaban. Alguien que ya tenía la vida hecha y que te daba esa seguridad era maravilloso”.
Marín preguntó si lo celaba. Saula bromeó: “Era pícaro, muy pícaro. Yo siempre le decía en broma: ‘Mirá, si me vas a dejar por alguien, me dejás por la Borges; que sea por una reina’. La quiero mucho a Graciela. Trabajaron juntos, se quisieron muchísimo, se coqueteaban y creo que hubieran sido una gran pareja en otra época”.
El sueño de Saula, si pudiera tocar un botón verde, es una tercera edad llena de animales: “Me encantaría tener un burro, Fernando. Muero por tener un burro y unos pavos reales. Con Beto fantaseábamos mucho con eso. Cuando fuimos a tu casa de campo, al volver pasamos mucho tiempo hablando de tener algo así pero más chico. Yo siempre le decía: ‘Beto, tengamos un burro’. Quedó como un juego. Éramos muy amigos de Marisa Strassera, la viuda del fiscal, que tenía un rancho en Cruz del Eje, y siempre le decíamos que se lo íbamos a comprar”.

Marín contó que vivía en el campo y había tenido una burra, Chita, y prometió: “cuando cumplas los 60: te voy a regalar una burra”. Saula respondió con entusiasmo: “¡Me vuelvo loca! Con Beto nos conformábamos con perros porque teníamos dos casas y dos vidas distintas. En la de él nos levantábamos, desayunábamos y leíamos el diario. En la mía salíamos al jardín a darle de comer a las tortugas, a los gatos y adoptamos dos perros: Emma, una galga, y Sarmiento, un perrito callejero. Nos conformábamos porque era una fantasía; no veía a Beto lejos de los escenarios. Con Beto hicimos mucho de lo que queríamos, y otras cosas quedaron pendientes”.
Sobre la fe, Saula se definió como no creyente: “Soy absolutamente pesimista en relación a la humanidad. Beto no era así, él era mucho más optimista que yo”. Y cree que después de la muerte “terminamos en polvo”.

Marín, que ya pidió un entierro tradicional con misa y asado, preguntó cómo recuerda a Beto hoy. Saula respondió: “Es muy reciente, apenas dos meses de su muerte. Pero lo vivo con gran tranquilidad porque el último año y medio con él fue espectacular en el sentido del acompañamiento. Tuvimos el proyecto juntos de la película, que fue lo que más nos unió en estos trece años. Hay un lugar en mí de satisfacción, de saber que no pude haber hecho más por él”.
Para cerrar, Marín pidió dos cosas: la historia con Robert De Niro y el anillo que Saula lleva en la mano. Saula explicó que el anillo perteneció a Marcelo Mastroianni, usado en la película De eso no se habla, rescatado de la casa de su madre. “Una vez vino Robert De Niro a la Argentina y comimos en lo de Beto. Se armó una discusión entre Lito Cruz, Beto y De Niro sobre quién era el mejor actor de todos los tiempos. Lito decía que Marlon Brando; De Niro decía que no, que el mejor era Mastroianni porque podía hacer comedia y drama perfecto, y Brando no podía hacer comedia”, relató.
La otra anécdota pinta a Brandoni de cuerpo entero: “Cuando De Niro vino a filmar una serie, llegó un domingo a la mañana. Los directores Gastón Duprat y Mariano Cohn llaman a Beto y le dicen: ‘Beto, llegó De Niro y te quiere ver, venite al hotel y almorzamos’. ¿Y sabés qué les dijo Beto? ‘No, yo no puedo, me tengo que ir a comer a lo de Vittorio’. Vittorio era su mejor amigo de toda la vida y todos los domingos comía pasta con él. ¡Le dijo que no a Robert De Niro por ir a comer los fideos con su amigo de siempre! Esa cosa de Beto lo describe entero: era el mismo tipo accesible que daba su teléfono a todo el mundo. Para él, Vittorio estaba primero que De Niro”, concluyó Saula.
Fernando Marín agradeció el tiempo compartido con una mujer que estuvo al lado de una leyenda en sus últimos trece años. “Hemos pasado un momento hermoso. La gente lo va a disfrutar muchísimo. Gracias, querida Saula”.
Fuente: Infobae